2023, el año de la ¿Inteligencia? en la Universidad

El año 2023 comenzó con el descubrimiento masivo de la existencia de la Inteligencia Artificial. Un conjunto de protocolos informáticos que ha ido desarrollándose desde hace décadas pero que a finales de 2022 cristalizaba de forma masiva con la apertura al público de ChatGPT, el modelo de inteligencia artificial basada en lenguaje generativo de la empresa OpenAi. De pronto nos sentíamos fascinados ante la posibilidad de establecer un diálogo con el ordenador y que este tuviera mucho más sentido que todos los intentos anteriores. Las primeras semanas de uso mundial de ChatGPT mostraron claramente que el interés por estos sistemas era creciente y durante el año se ha asistido no solo a un mayor desarrollo de la herramienta citada, sino al surgimiento de decenas de aplicaciones similares. Y con ello a la polémica sobre su uso o no en los espacios educativos.

La realidad, guste o no guste, es que estos sistemas han tenido un crecimiento de uso tan vertiginoso como la mejor red social que podamos imaginar y su utilización por parte de profesores y estudiantes se ha ido haciendo masiva durante todo el año. Sin duda estos modelos de Inteligencia Artificial fallan. De hecho no es difícil comprobar cómo la versión Premium de ChatGPT o la última de Bard, la respuesta al reto por parte de Google, se inventan los resultados en muchas ocasiones. Ofreciendo respuestas directamente falsas que, salvo que se realice un proceso de comprobación posterior, pueden pasar por verídicas. No obstante, conociendo y asumiendo esta situación, no cabe duda de que estos modelos de Inteligencia Artificial han llegado para quedarse y, consecuentemente, irán mejorando de forma sustancial según vayan recibiendo más entrenamiento y accediendo a mayores contenidos en la gigantesca base de datos que es Internet.

Ahora afrontemos el problema desde otra perspectiva: desde la puesta en funcionamiento del Proceso de Bolonia, el conjunto de directrices que ha cambiado radicalmente la universidad en los últimos veinte años, venimos asistiendo a la acumulación de actividades, tareas y trabajos que los estudiantes han de realizar a lo largo de un curso escolar, en cada asignatura cursada. El planteamiento de partida, de enfocar el aprendizaje en la consecución de una serie de competencias, ha empujado de manera inapelable a una carrera de fondo de desarrollo de trabajos y más trabajos que poco o ningún valor tienen para el estudiante. Hasta ahora, muchos de ellos se resolvían en un mero “copia-pega” de contenidos de Internet, solventando el problema de forma más o menos agraciada por un, solo en ocasiones hábil, proceso de citación. Y con el apoyo en la corrección al profesorado de los sistemas “anti-plagio”, pingüe negocio por el cual las universidades han de pasar obligatoriamente. Algunos de estos sistemas prometen a día de hoy estar trabajando en modelos que detecten cuando una actividad ha sido desarrollada por Inteligencia Artificial y incluso empiezan a surgir voces, no solo desde la Academia, sino desde el resto de sectores económicos o sociales de que la regulación política, cuyo proceso ya ha comenzado en Europa con la aprobación de la Ley de la Inteligencia Artificial, puedan poner algo de cordura y permitir que se sepa cuándo una pieza de contenido ha sido desarrollada por una herramienta informática.

Así pues, tenemos dos problemas que, si bien parecen ir de la mano, deberían afrontarse de forma diferente. No es el objetivo de este artículo discernir entre las ventajas y desventajas de estos modelos de Inteligencia Artificial ni tampoco indagar acerca de las características de la legislación, apenas esbozada, y cuyo recorrido no será corto. Pero sí hacer hincapié en que el planteamiento de decenas de trabajos a entregar por parte de los alumnos ya, sencillamente, no tiene ningún sentido, si es que alguna vez sirvió para algo. No tiene ninguna validez e indudablemente no ayuda a alcanzar las cacareadas competencias ni, obviamente, a generar un aprendizaje significativo, más allá de la creación de un determinado “prompt” o instrucción para que la herramienta informática ofrezca una respuesta más o menos adecuada a lo que se pide en la clase.

Sin duda habrá voces que insistan en que en la vida real los profesionales lo que necesitan es ser capaces de utilizar herramientas que solventen problemas. Un falso axioma que llevamos escuchando más de dos décadas. ¿A costa de terminar con el sentido crítico? ¿A costa de asumir que un estudiante no deba retener nada en su memoria porque “todo está online”? ¿A costa de que la ortografía quede relegada a un segundo nivel, cuando no último, dado que las máquinas no suelen cometer errores ortográficos?

La universidad española lleva más de veinte años intentando cambiar. Supuestamente para adaptarse a un siglo XXI en el que todo va a ser diferente. Pero a tenor de los resultados, tanto en cuanto a la cantidad y calidad del conocimiento aprendido por parte de los estudiantes, al absurdo incremento de la burocracia o al mantenimiento de sistemas de pseudo-calidad, importados de sistemas industriales presuntamente adaptados para mejorar a base de enfarragar la labor universitaria, tal vez lo mejor sea permitir que la Inteligencia Artificial ocupe completamente la totalidad de los resortes de la universidad. A fin de cuentas, si un ciudadano futuro solo va a manejar máquinas, qué mejor que dejarlo todo ya en manos de estas.

Por Dr. Fernando Checa García, profesor universitario y miembro del Consejo Editorial de ÉXITO EDUCATIVO

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