Abolir la ESO

Así, tal cual. Ésa es la conclusión a la que he llegado tras unos días de reflexión. Ahora que el Ministerio de Educación se propone destruir la exigencia académica mínima del bachillerato, que será la última víctima del burocratismo desenfrenado global, el ambiente en las redes y entre el profesorado es que, en todo caso, lo que fracasa es la ESO, y también Primaria, y que lo que tendría que cambiar, en todo caso, sería lo que sus diseñadores llamaron, entre 1990 y 2000, la “educación comprensiva” secundaria, es decir, la ESO.

El pacto no escrito estipulaba que toda la cultura y toda la ciencia que fue arrancada por la LOGSE sería trasladada a la etapa del Bachillerato no obligatorio. Como ya es una franca minoría el alumnado que alcanza ese nivel mínimo de cultura general, lo que hará la LOMLOE es, directamente, erradicar cualquier esperanza de construir una auténtica cultura de la secundaria en nuestro país, para anclar a todas las españolas y los españoles (jóvenes y adultos) en la pura y dura menesterosidad mental, para que sea el sector privado luego el encargado de aplicar cataplasmas existenciales y pseudofilosofías de consolación allí donde lo que campa a su aire es la más descarada (y descarnada) desigualdad social.

Soy totalmente consciente de que mi conclusión es ingenua. Sin embargo, resulta también muy ingenuo pensar que sin una secundaria digna, esto es, un bachillerato universal, inclusivo y útil, cultural y moderno, sobrevivirá nuestra democracia muchos años más. Se irá convirtiendo poco a poco en una postdemocracia autoritaria o tutelada, bicolor y polarizada. Sin el escepticismo propio de una comunidad que lee, sabe aburrirse y debatir y autooorganizarse, en un ambiente sereno e ilustrado, estamos abocados al predominio del extremismo político, el reino de los contenedores ardiendo y los fascismos impunes.

En el año 2000, en la reunión de Lisboa, los líderes europeos definieron cuáles debían ser las competencias con que todo europeo debía armarse para afrontar un presente inestable. España abrazó esas doctrinas y obligó a los docentes a aplicar aquellas recetas, de un modo unívoco y, seguramente también, dogmático. El resultado, a la vista está. Se han evaporado los vectores básicos de nuestro sistema de conocimiento, se han puesto en duda los cimientos de nuestra red simbólica y pensante, pero no para sustituirlos por direcciones libertarias o lúdicas, sino para sustituirlos por la pura y dura servidumbre burocrática. Así, más allá de cuatro escaparates y titulares, nos hemos quedado sin ciencia, sin consensos historiográficos, sin una mínima cohesión ética.

Por descontado, no estoy proponiendo una vuelta al viejo sistema de EGB, BUP y COU, aunque tan mal no nos iría si desempolváramos algunas bases de aquella fase auténtica de renovación pedagógica, y sobre todo si recuperáramos aquellos libros de texto insoñables hoy.

De este modo empezaríamos a desterrar el reinado de los brujos, los payasos, los aprovechados, los listillos que van colando decretos deprimentes, los cínicos, para volver a construir talantes científicos, jóvenes interesados en la construcción y desarrollo de innovaciones tecnológicas y auténtica cultura. Lo que hacemos hoy, o mejor dicho lo que dejamos hacer, atenta contra los derechos humanos de nuestra juventud. Nuestro despotismo ilustrado sin ilustración, nuestra tecnocracia paternalista de raigambre tardofranquista, aunque disfrazada de progreso y equidad con pantallas y control digital, ya no puede disimular sus fracasos, su vocación inconfesable de privatizar el derecho público a enseñar y a aprender.

Estos extraños gurús patrocinados que tanto daño hacen al imaginario público relacionado con la educación son los expertos certificadores que toda burocracia neoliberal necesita para invisibilizar los problemas reales del sistema educativo y residualizar a sus protagonistas.

Pensemos cómo ha de ser nuestro nuevo Bachillerato Universal, inclusivo y moderno, literario y científico, en el que, por ejemplo, enseñaríamos a nuestras jóvenes a programar, y no a perder el tiempo con gamificaciones y videojuegos banales, que aburren hasta a las moscas, o analizaríamos a autoras y autores concretos durante meses, o enseñaríamos a prefigurar las ingenieras de mañana, nuestros equipos médicos de mañana, nuestro nuevo arte vanguardista, nuestras pensadoras que cuestionarán con responsabilidad los cuatro tópicos que únicamente acertamos a manejar los adultos.

Con la corrección burocrática aplastando la educación, nada de esto es posible. Enseñemos a contestar y a conocer nuestras propias músicas. Enseñemos a detectar estafas discursivas y entrenemos en la gimnasia filosófica. Exiliemos de nuestros programas a ignorantes y soberbios, recuperemos la dignidad de ser estudiante y de ser docente. Erradiquemos la caspa moral de la LOGSE. Con la neolengua de la LOGSE todavía viva y actualizada por la LOMCE y la LOMLOE, no llegaremos muy lejos.

O, mejor, empecemos desde ya a volver a educar, a volver a creer en la pluralidad metodológica, y dejemos en entredicho tantos años de patrañas, insidias, acusaciones, manipulaciones y trucos. Que se queden los predicadores sectarios sin su público cautivo.

Hay que abolir la ESO y enterrar su penoso legado. Liberemos nuestro país de esta losa y de esta inquisición. Sólo así volverá a haber ilusión y sentido en la tarea imprescindible de construirnos como sistema de comunidades que se autoanalizan. Es posible que esté apelando a una rebelión cívica más que a un nuevo reordenamiento jurídico o legal. Apelo a la necesidad de que los docentes no estén teniendo que pedir perdón cada día por dar clase, por querer construir una pequeña parcela de futuro. El clasismo paternalista que nos rige hoy no puede continuar vigente. Por la sencilla razón de que es un fraude para una sociedad que se llame civilizada.

Andreu Navarra, profesor y autor del libro «Devaluación continúa»

Redacción
Author: Redacción

Redacción de Éxito Educativo, información sobre la actualidad educativa, especialmente toda la relacionada con la gestión lo centros.

7 Comentarios

  1. Lo que hay que abolir no es la ESO, sino el enfoque de la educación, con el paso del tiempo y las nuevas tecnologías hemos podido observar que el ser humano no es una máquina y qué al tener una para prácticamente todo no necesitamos memorizar datos, nos hemos dado cuenta que nuestro cerebro es para pensar y la mejor forma de memorizar conceptos y principios es mediante la práctica y la observación.
    Nos acordamos más del ejercicio que hizo el profesor en la pizarra que la teoría dada.
    La educación actual no necesita enseñar un solo camino hacia el éxito, sino los diferentes caminos que hay para resolver un problema ya que cada alumno tiene una visión distinta, no necesita enseñar sintaxis, sino vocabulario nuevo de autores españoles, no su bibliografía.

    No digo ahora que solo hagamos maquetas y que memorizar datos sea inservible, pero actualmente si nos olvidamos de algo lo tenemos en menos de 1 minuto buscando en Google.

    Por cierto, los videojuegos y la globalización no es algo malo del todo. Los videojuegos nos transportan a una realidad alternativa que sirve tanto para ampliar nuestra imaginación como algunas habilidades, dependiendo de cada juego claramente. La globalización crea la unificación del ser humano, no como se vive ahora en España con tanto separatismo, además de obtener nuevas experiencias y puntos de vista desde otras partes del mundo, si se pierde esencia pero se gana riqueza.

  2. Contenidos, contenidos, contenidos.
    Libro de texto y más conductismo educativo propio de la escuela taylorista-fayolista.
    En un mundo con, cada vez, más y más conocimiento, es absurdo pretender dedicar la educación a los contenidos. La educación para el mundo actual debe basarse en el paradigma conectivista (no confundir con metodologías a través de TRIC, error muy común) basado en la competencia de aprender a aprender y en estrategias metacognitivas.

    Dado el escaneo nivel y la desconexión de este artículo, te recomiendo volver a formarte. La UNED ofrece un excelente Grado en Pedagogía y la UAH un excelente Máster en Psicopedagogía para que suplas tus carencias pedagógicas observadas en este artículo.

    • ¿Cuántas clases das a la semana? ¿En qué niveles? O eres el orientador…

      «Un mundo con, cada vez, más conocimiento». Yo te recomiendo que investigues y entiendas bien esa frase que utilizas en tu comentario.

      Ánimo.

    • Lo mismo es Ud el que debería de formarse de nuevo. Y la UNED, no gracias. Prefiero el casposo BUP que no la ESO que queda disfrazada para bajar niveles de fracaso escolar ante Europa. El BUP, o sabías o no sabías, y por tanto no pasabas de curso y pa’casita.
      Buen día.

  3. Quizás tengas razón y sea una ingenuidad abolir la ESO, porque el problema no afecta sólo a la ESO, sino a primaria, universidades y formación profesional. Nos hallamos ante un problema sistémico con varios frentes abiertos. A saber:

    1) La concepción normalizadora, castrante, reduccionista y mecanicista del sistema de educación.
    2) La concepción del coste en enseñanza como un gasto y no como una inversión.
    3) La baja motivación del profesorado y los sistemas de acceso a la profesión basados en la memorización y constreñidos a lo señalado en el punto 1). La docencia es una de las opciones de trabajo con un mayor nivel vocacional, pero en la práctica no es así.
    4) La ínfima implicación de los tutores legales de los alumnos (en primaria, ESO y formación profesional) en el discurso formativo.
    5) La obsesión de dichos tutores por el aprobado, las notas y todo aquello que genere elementos curriculares que permitan una inserción poco traumática de sus hijos e hijas en el entramado laboral.
    6) El bajísimo nivel cultural de los ya mencionados tutores y de la sociedad española en general.
    7) La enseñanza circunscrita a las aulas y a pautas métricas de relación, relegando la formación en la naturaleza y en el ambiente urbano a las mal llamadas excursiones.

    Por todo lo expuesto a vuelapluma, considero que lo que necesita la educación en este país es una verdadera revolución, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

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