Ahíto de tanto liderazgo

liderazgo educativo

¡Cómo se nos llena la boca con esa palabra: liderazgo! ¡Qué bien suena! ¡Qué hermosa expresión de una sociedad necesitada de figuras que nos inspiren y nos guíen por los caminos de la certeza y del buen hacer! Los rebaños necesitan a su pastor, tanto como la manada de lobos a su alfa. Y no digo yo que no sea del todo necesario este tipo de figuras, más aún en un momento tan ávido de clarificación de ideas y tan necesitado de personas clarividentes que nos muestren el camino, pero también advierto de la necesidad de su contrapeso.

Tan empeñados estamos en esta teoría de la dependencia, que a veces olvidamos que educamos para que nuestras futuras generaciones sean capaces de desarrollar una autonomía crítica, tan necesaria en nuestra sociedad. Que entiendan el principio del cuestionamiento como un derecho, pero también como un deber cívico altamente necesario.

Es frecuente ver publicados ingentes artículos versando sobre la materia del liderazgo. Yo mismo los he escrito, incluso he co-escrito un libro reflexionando sobre el tema. Y no nos damos cuenta de que a fuerza de incidir en una idea de forma machacona, lo que hacemos es fijar preceptos en el imaginario de los lectores, que pueden incitar a que se precise cada vez más de un soporte mesiánico que nos facilite el pensar poco y ejecutar menos.

Se me viene a la cabeza, y no sé por qué, una anécdota que viví hace años con un amigo cubano. Vivía aún por entonces Fidel Castro. Era la época de la gran diáspora de muchos cubanos hacia Florida huyendo de la opresión de las libertades y del sofoco económico. Este cubano recaló en Madrid, y tuve el gusto de compartir charlas con él mientras tomábamos cervezas en Santa Ana. En una de esas conversaciones abordamos la cuestión económica, y conversamos sobre cómo era posible vivir con los exiguos salarios que recibía siendo funcionario público. Recuerdo que le dije algo así como “lo increíble que me parecía que hubiera gente que moviera un dedo por el dinero que recibían”, a lo que él, muy socarrón, contestó: “Bueno en Cuba ellos hacen como que te pagan, y tu haces como que trabajas, y todos contentos.” Aparte de la anécdota cómica, me parece significativo el efecto adormidera de algunos sociedades frente a determinados regímenes sustentados en liderazgo perniciosos. Y da un poquito de respeto, dicho sea de paso, que de tanto enfatizar la necesidad de contar con liderazgos fuertes, lo que acabemos es consiguiendo sociedades, empresas, grupos humanos obedientes y dependientes y no críticos y autónomos.

El ejercicio del liderazgo no es cosa baladí. Ni todo el mundo vale, ni desde luego el liderazgo se debe entender como el acto de señalar mesiánicamente un camino que ha de seguir todo el mundo. Ya sé que hay distintos estilos de liderazgo, diferentes formas de ejercerlo y de desplegarlo -¿Les he dicho ya que escribí un libro sobre ello, y que también suelo impartir este módulo en los posgrados en los que participo?-, pero me parece que es más interesante, no solo trabajarlo bien de cara a quienes lo deben ejercer, sino también a quienes los deben ”soportar”, no vaya a ser que les ocurra como a este amigo cubano que les he mencionado, que se acaban asumiendo cuestiones que, por contra, deberían haber sido muy cuestionadas.

Pues lo dicho, no solo deberíamos reflexionar sobre el liderazgo, o los distintos estilos de liderazgo, sino también en cómo estos se despliegan y son asumidos. Formar adecuadamente a quienes los “soportan”, para que desarrollen su capacidad de discutirlos, enriquecerlos y discrepar desde un sentido crítico y desde la honestidad, siendo conscientes de que las organizaciones evolucionan en base a ese feedback y contraste de ideas que son las que cimentan su progreso. Si no, podrían estar abocadas a su desaparición por la inanición.

Jaime García Crespo, CEO del Grupo Base Educación

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