Ahora o nunca: una hoja de ruta completa, clara y consensuada en educación

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Hoy es martes 28 de abril. Este pasado domingo los niños pudieron salir por primera vez de sus casas después de mucho tiempo. Parece que comienza la desescalada del coronavirus, pero la incertidumbre sigue siendo máxima.

Y es precisamente la incertidumbre el principal lastre que tenemos de cara al futuro, porque impide actuar. En educación debemos trabajar en una hoja de ruta consensuada que elimine la incertidumbre. Y es en lo que nos centraremos hoy. Además es precisamente hoy cuando la Mesa del Congreso va a analizar si se extiende el plazo para presentar enmiendas al articulado de la nueva ley de reforma educativa, LOMLOE, que finaliza mañana. Esta nueva ley, como su propio nombre indica (Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación), es una modificación de la ley anterior, y no una ley nueva. Y no es fruto del consenso.

La educación debería ser incluida en los pactos generales de consenso que busca el Gobierno con el resto de grupos políticos para la reconstrucción social y económica tras la pandemia.

En España ha habido varios intentos de alcanzar un gran pacto educativo. Los dos más recientes fueron bajo el ministerio de Ángel Gabilondo, en el año 2010, y con Íñigo Méndez de Vigo, en 2018. En el segundo caso se hizo un gran esfuerzo de escucha a un gran número de intervinientes, que pasaron por la Comisión de Educación del Congreso durante 15 meses, pero apenas hubo tiempo para ir preparando ningún documento para el diálogo, porque el proceso se interrumpió justo en ese momento. Sin embargo, en la primera ocasión, y también después de mucho trabajo, sí se llegó a consensuar un documento que incluía 12 objetivos y 148 medidas, con un presupuesto asignado. El texto completo del documento se puede consultar en esta web.

La manera más rápida y efectiva de conseguir una hoja de ruta para la educación en los próximos años que sea estable y consensuada sería recuperar ahora ese documento del año 2010, y actualizarlo y ampliarlo con algunas medidas nuevas sobre digitalización de la educación, un asunto que la pandemia ha puesto en los primeros lugares de prioridad y que ya se recogía en el quinto objetivo del documento de Gabilondo.

La gran oportunidad: ahora o nunca

La situación que vivimos con el coronavirus es la gran oportunidad que tienen nuestros políticos de dejar a un lado sus diferencias y trabajar por el bien común. Si no lo hacen ahora, no lo van a hacer nunca. Por eso no hay tiempo que perder.

Los documentos del año 2010 podrían ser el punto de partida para crear una hoja de ruta completa, clara y consensuada en educación. Debería ser un plan de estado, no de legislatura. Y la clave para su éxito es que sea un plan de máximos, para que luego cada Comunidad utilice su autonomía para aterrizarlo a su realidad particular. La hoja de ruta establecerá varios bloques de trabajo generales, con sus objetivos y su financiación, para que sean después concretados.

Ya tenemos experiencia en ello. Así por ejemplo se ha trabajado en los últimos años en el Programa de Escuelas Conectadas. Su forma es la de un Convenio Marco de Colaboración entre varios ministerios (Educación, Industria y Economía, en las diferentes denominaciones que han tenido) y la entidad Red.es, al que posteriormente se han ido adhiriendo las CCAA. Con el gran Plan de Educación que proponemos se podría hacer algo parecido.

Una vez alcanzado el acuerdo, el paso siguiente es formar una gran oficina de proyecto para la coordinación técnica. En el caso de Escuelas Conectadas esa tarea se encomendó a Red.es. La oficina de proyecto deberá trabajar a partir de ese plan completo y de su financiación, y ayudar a los diferentes actores participantes para su concreción, desarrollo, implantación y seguimiento. Eso incluirá todas las líneas de política educativa generales y también los objetivos concretos. Nosotros aquí nos centraremos en el terreno en el que nos especializamos.

Identidad digital y educación

En el terreno de la digitalización de la educación, uno de los primeros puntos que se deberá establecer es el de una identidad digital de cada estudiante. Es algo parecido a lo que en Sanidad llamaríamos «historia clínica». En los estudiantes, además de reflejar obviamente la titulación alcanzada, se recogerá sus progresos e hitos alcanzados, competencias adquiridas, etc.

Esta identidad digital estará ligada o relacionada con un identificador único y seguro para cada estudiante y su historia escolar. Igual que sucede con las tarjetas SIM de los teléfonos, donde podemos hacer una portabilidad entre los distintos operadores de telefonía, y podemos utilizarlas en sistemas Android o iOS, en educación la administración deberá facilitar la interoperabilidad de este sistema con los distintos proveedores tecnológicos de plataformas, contenidos y sistemas públicos y privados.

A partir de esa identidad digital, ya se podrá después articular toda la receta para la digitalización de la educación, en sus distintos pasos sucesivos que explicamos recientemente: dispositivos corporativos para los docentes y conectividad garantizada, formación y certificación universal para los docentes, software de gestión educativa, software generalista y contenidos educativos digitales.

La inversión necesaria para la digitalización de la educación puede abaratarse mucho mediante dos sistemas complementarios:

  • Compras centralizadas para números grandes de estudiantes. Cuanto mayor sea el número de estudiantes, mejores precios se podrán obtener por economías de escala.
  • Compras conjuntas creando paquetes integrales que incluyan hardware, software y contenidos, servicios de conectividad, formación docente, acompañamiento, etc. Esto favorecerá los acuerdos entre proveedores para conseguir mejores precios.

En países de nuestro entorno sí ha sido posible articular inversiones rápidas y contundentes para digitalizar la educación, como es el caso de Italia con este decreto dotado con 85 millones de euros del 26 de marzo, más una segunda parte con otros 80 millones más el 17 de abril.

Aunque todo este esfuerzo económico no debe considerarse nunca como un gasto, sino como una inversión. La educación siempre es la mejor inversión para el futuro.

¿Dejaremos pasar la oportunidad única que el coronavirus nos ofrece?

(El autor agradece a Enrique Celma su colaboración en la redacción de este artículo).

Julián Alberto Martín

La tecnología, ¿mejora la educación?

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