Andreu Navarra: «No hay nada más fascista que imponer el pensamiento único en una ley educativa»

Andreu Navarra

Andreu Navarra es profesor, lo que le permite desde esta incuestionable posición, analizar el sector educativo. Y lo hace con la lupa de su experiencia propia, pero, lo que es más importante, sobre todo, se nutre de la de los demás y de lo que observa a su alrededor. Eso, entre otras cosas, le ha convertido en España es uno de los referentes intelectuales a través de los que conocer cómo va la cosa de la educación.

En ÉXITO EDUCATIVO colabora de manera habitual con su firma, pero esta vez hemos dado un paso más y le hemos pedido que reflexione sobre los modelos educativos españoles, tantos desde la restauración de la democracia como gobiernos ha habido. Esto dice en esta entrevista concedida a propósito del lanzamiento este mes de junio de su último libro, ‘Prohibido aprender: Un recorrido por las leyes de educación de la democracia‘, de Editorial Anagrama.

¿Qué balance hace del recorrido legislativo que la educación ha vivido en tiempo de democracia?

No me parece muy alentador. El fracaso escolar sigue rondando el 17%; las administraciones parecen preocupadas únicamente de mantener escolarizada a la población hasta cada vez más tarde, pero sin interesarse por los aprendizajes en sí. Y parecen empeñadas en repetir mantras: que “no bajan el nivel”, que el modelo competencial traerá soluciones… Mejoran las cifras que tienen que ver con la obligatoriedad, pero no los indicadores académicos.

Desde la LOGSE (1990) los docentes han sido sometidos a un duro disciplinamiento burocrático que los sitúa en un sistema binario de acusaciones cruzadas. Resistirse a la homogeneización metodológica implica que te llamen “obsoleto”, o “fascista”, cuando no hay nada más fascista que imponer el pensamiento único desde las leyes. Algunas pedagogías han sido demasiado invasivas, se ha caído en un excesivo dogmatismo, porque hay datos que no conviene que se sepan mucho.

Una autora claramente progresista, Marina Garcés, ha llegado a escribir que el profesorado ha sido “residualizado”, mientras que otro autor, José Sánchez Tortosa, que forma parte de otro espectro ideológico, ha llegado a escribir que el sistema se ha “desprofesorizado”. Ambos tienen razón: tanto la izquierda como la derecha inteligentes han percibido que se viene creando un “estándar digital” dogmático claramente autoritario, que desplaza o desactiva las dinámicas de aprendizaje y las sustituye por mero entretenimiento o mero marketing digital. Es la famosa guardería para siempre o “aparcamiento” para jóvenes donde lo que espera el sistema es que nadie aprenda nada. De ahí el título de mi libro: “Prohibido aprender”.

También se acercan recortes masivos que agravarán los que vienen de la crisis de 2008. Estos recortes tendrán una faz sonriente, llegarán disfrazados de retos humanitarios u ocultos en proyectos biensonantes: la ideología neoliberal ha sabido camuflarse perfectamente con tópicos poéticos y un discurso redentorista semirreligioso que a mí, personalmente, me repele, porque está adquiriendo tintes de auténtica Inquisición civil.

La sensación a pie de calle es que la ley educativa se modificaba, y se modifica, en función del gobierno de turno. ¿Qué piensa de ello?

Pienso que se trata de modificaciones cosméticas, y que básicamente continuamos en el marco logsiano, psicologizante y hostil al profesorado. Hasta que no aprendamos que las reformas democráticas no se pueden imponer verticalmente, causado fatiga y sufrimiento al sistema, no iremos bien. Cada nueva ley añade escepticismo y desapego, la LOMLOE carece ya de todo crédito, igual que la LOMCE. Son leyes declarativas, trufadas de tópicos vacíos que ocultan muy mal la desorientación general. Que se echara mano de los mismos artífices de la LOGSE no dice mucho en su favor.

La realidad es que el sistema está atomizado y crece la inquietud entre las familias: muchas de ellas empiezan a estar hartas de experimentos antiacadémicos. Ven que el alumnado no avanza como debería, se sienten estafados, y también el alunado. Todo debería ser mucho más sencillo, deberíamos comprender que la burocracia pone muros entre la escuela, la realidad y las familias. En lugar de facilitar aprendizajes, nuestro sistema garantiza distorsiones, interrupciones y fragmentación.

¿Es posible señalar que una reforma educativa fue mejor que las otras?

Es claramente positivo dignificar e impulsar la Formación Profesional. Sin embargo, también tiene su parte vistosa o aparente esta parte del trabajo legislativo: siguen faltando plazas de FP públicas en todo el país.

La educación es un proceso vivo, desde luego, pero ¿Siempre ha sido necesario reformar la educación en tan breves periodos de tiempo?

Lo que tenemos delante no es una reforma educativa en el sentido de que no se propone introducir medidas pedagógicas eficaces. La LOMCE o la LOMLOE en realidad son experimentos de ingeniería social. Su objetivo no es que en España se sepa más y mejor, sino evitar la conflictividad social inmediata a través del diseño emocional happycrático. Es decir, mantener los actuales niveles de desigualdad social (piensen ustedes que estamos hablando de una sociedad que mantiene a un tercio de su población en riesgo de exclusión social) sin invertir en políticas realmente democráticas.

Estas leyes son frisos de modernidad biensonante, pero su función es cosmética: fingir que somos civilizados, cuando en realidad lo que hacemos es ocultar nuestras deficiencias estructurales y culpar a los docentes de ellas. Docentes a quienes se pide una cantidad inasumible de gestiones burocráticas. El objetivo, lógicamente, es que el sistema colapse y sea popular privatizarlo.  Lo que se pretende hoy, además, es imponer el estándar digital que sofoque cualquier creatividad, cualquier disidencia de pensamiento. Lo que sea antes de estudiar, leer, utilizar libros críticos o fomentar la autonomía racional.

La historia nos recuerda casos parecidos. La lucidez mínima de 1875 explica el florecimiento de 1931. Es posible que una reacción liberadora hoy pueda empezar a fructificar de aquí tres o cuatro décadas. Lo que no puede ser es que nuestra sociedad continúe instalada en la ficción o la mitología durante treinta años más. Los destrozos del pedagogismo son irreversibles, pero no podemos conformarnos con esa deserción del Estado: pienso que nuestra obligación consiste en empezar a volver al camino humanístico desde ya. Hemos caído en la trampa de creer que el tecnofeudalismo era una oferta democrática. La cultura es un escudo lento, pero no podemos perder la batalla por la cultura para todos: de lo contrario, nuestra convivencia pacífica tiene los días contados.

En todos los debates sobre la educación en España uno de los más enconados es el referido a si escuela pública o concertada y privada. ¿Es este un debate sano?

Pienso que ese debate está mal planteado. Lo que hay de fondo es una especie de “apartheid” implícito. La población que nadie quiere mirar, por aporofobia, se concentra en ciertos barrios y ciertos centros públicos: se la concentra allí y se la somete al tratamiento emocional happycrático. Es una lógica autocolonial: nadie está pensando en ofrecer a los jóvenes pobres de España las herramientas necesarias para llevar una vida de emancipación económica y mayoría de edad mental.

Los ideales ilustrados inherentes a una sociedad democrática han naufragado: estamos obsesionados únicamente en que la realidad no aflore, una realidad nada agradable. Hay que pensar que las dos cabezas del Estado, Barcelona y Madrid, son agujeros negros de desigualdad. Pienso que allí donde las comunidades han sufrido un colapso civilizatorio, la educación es peor y más homogénea. En cambio, en lugares donde la comunidad ha aguantado y ha apostado por la integración, las cosas van mejor: es el famoso caso de Soria.

Mientras se nos entretiene con polémicas artificiales, la enseñanza se degrada por todas partes porque se sustituye por el estándar digital neoliberal. Pienso que la juventud pobre tiene que ser repartida por toda la red, y que la verdadera política igualitaria pasa por bajar las ratios inmediatamente.

Otro de los enfrentamientos gira en torno a la titularidad de la Iglesia Católica de un notorio porcentaje de centros educativos. ¿Cree que la libertad de elección está en peligro?

Pienso que hay algo mucho más importante en peligro: la democracia misma, en tanto que sistema que debe garantizar la igualdad social. La libertad en sí está más en peligro que la libertad de elección. No sé si me explico. Pienso que la función de las leyes educativas ha sido maquillar los problemas reales de la sociedad en lugar de afrontarlos. Como decía Bertrand Russell, no puede haber democracia sin ciencia. España expulsa a sus científicos jóvenes, e impide que se formen adecuadamente a través de versiones extremistas de la Nueva Pedagogía, canonizada e impulsada por multinacionales y bancos, nunca por docentes. Y lo más triste es que piensa que con las programaciones happycráticas evitarán que estas vergüenzas afloren.

El objetivo es que nos conformemos con un horizonte preestablecido de turismo y ladrillo. En realidad, no nos hemos apartado mucho de la tecnocracia populista de 1960, la del tardofranquismo. ¿A usted no le extraña que las propuestas pedagógicas se parezcan tanto a la propaganda bancaria? Cada día pienso en ello: sospecho de las promesas de felicidad, me pregunto qué encubren. Me pregunto por el sentido actual de la ficción social como factor de manipulación.

La libertad de elección no existe para las gigantescas bolsas de clases bajas lumpenizadas para las que el Estado sólo tiene previstos tópicos acusatorios, consumismo y happycracia.

En su análisis, ¿Qué diferencias sustanciales ha encontrado en las que fueron leyes de la izquierda política y leyes promovidas por la derecha?

Hay matices entre ambas pero coinciden en la esencial: el diseño competencial que procede de la reunión europea de Lisboa de hace 20 años. En eso se demuestra que no se trata de ordenamientos educativos, sino de ingeniería social. El origen de esas competencias reside en los Estaos Unidos de la Guerra Fría, concretamente del año 1957, momento en que fueron formuladas para tratar de regenerar la sociedad norteamericana y moldearla en un sentido nacionalista y conservador.

Pienso que hay que empezar a mostrar la relación directa que hay entre las competencias y las tecnocracias de derecha neoliberal. De lo que se trata cuando hablamos de “competencias” es de moldear la sociedad conformista y desinformada, menesterosa, menor de edad, incapaz de pensar por sí misma, a la que solo hemos proporcionado una visión del mundo laminada y anecdótica. Lo extraño es que la izquierda haya comprado esta moto con tanta ceguera, una ceguera propia de falsa izquierda.

En este sentido, los gabinetes socialistas acentúan los tópicos antiintelectualistas y extreman las propuestas buenistas, emotivistas y happycráticas (César Coll, Alejandro Tiana), mientras que la derecha es más sincera y habla directamente de “empleabilidad” y sintonía con la patronal (Marcial Marín). Nadie parece muy interesado en lo que debería ser primordial: la plena alfabetización, el desarrollo de mentes expertas, la creación y conservación de bienestar económico para los españoles. Pero, en el fondo, derecha e izquierda practican un populismo desmovilizador idéntico. Se ha impuesto la neolengua happycrática para crear una religión civil muy difícil de desactivar, porque los discursos redentores son realmente muy seductores y prometedores.

De ahí que mi propuesta pase por la creación de una corriente crítica de escuela autónoma: libre de burocratismo, tecnoutopía infantilizante y donde la transmisión de saber ocupe el centro junto a los intereses del alumnado y el profesorado. Pienso que nuestro momento se parece bastante a 1750, cuando se vio que era necesario construir una alternativa ilustrada y antidogmática.

En este marco, e hilando con la pregunta anterior ¿ha encontrado nexos de unión, aspectos sobre la educación en los que coinciden ambas visiones políticas?

Hay dos nexos muy claros: las llamadas “competencias” (una traducción abusiva del término skill, y a la vez una extensión extremista de unas pedagogías pensadas para zonas muy concretas de la geografía norteamericana), y la tecnoutopía infantilizante. Y el otro es el dogma semirreligioso de que la digitalización solucionará todos nuestros problemas; es decir, la consolidación del estándar digital a través del cual se desarrolla la nivelación por debajo de la población española. Como puede ver, todo la mar de democrático.

Voy a poner un ejemplo: ayer me llegó el anuncio, a través de un gran periódico, de un programa general del gobierno catalán para 2022: hablaba de realizar un “Reset” global para la sociedad. Me sorprende que eso pueda proceder de un gabinete republicano, o con una parte republicana. ¿Realmente necesita un “Reset” general la sociedad catalana? ¿O necesita políticas de igualdad, y un plan estratégico serio de economía? Es decir, una reconexión con los objetivos básicos de cualquier democracia: igualdad, ilustración, redistribución de la riqueza.

¿Por qué la democracia y el libre debate son tan impopulares? Cuando alguien propone un debate se le acusa de crispar, parece como si hubiera una gran pereza de pensar o de ser creativos. Eso es típico de sociedades tuteladas. ¿Es posible que continuemos tolerando este lenguaje tutelar y vacío? Las neolenguas futuristas están conformando un ideario parafascista y parece que no queramos darnos cuenta, sólo atentos a nuestros sectarismos de partido. Son tremendamente atractivas, pero ocultan el vacío más absoluto, la burocratización porque sí, porque beneficia a los nuevos privilegiados.

Necesitamos: una evaluación leal y razonable sobre los efectos de nuestras leyes sobre el aprendizaje, diagnósticos sociales responsables y no mera y machacona propaganda partidista; necesitamos realismo y discursos factuales, así como un sistema educativo que se preocupe realmente de formar ciudadanos, y no consumidores devorados por la ansiedad.

Y en cambio: ¿qué tenemos? Imposiciones en todas las autonomías, sin que nadie consulte con los docentes: la pamema del himno nacional o el pin parental en Murcia; los ámbitos por “ordeno y mando” en Valencia; la insistencia en el bilingüismo fracasado en Madrid; el bachillerato competencial y las sustituciones nombradas a dedo en Cataluña… Realmente a veces parece que algunas administraciones sean hostiles a los intereses del alumnado.

Disculpe la osadía al preguntarle esto: como experto. ¿Qué aspectos fundamentales debería presentar cualquier ley educativa?

A mi modo de ver, las leyes de educación son avalanchas de control burocrático. Por lo tanto, más que fomentar el control digital y contribuir a la consolidación del capitalismo cognitivo, el que mercadea con nuestra atención, diría que lo primero sería dejar de legislar para modelar las mentalidades del país. Lo que propongo, precisamente, es una liberación, una emancipación, como las de los Espíritus Fuertes de la Ilustración Radical. Hay que crear una alternativa crítica y humanística, que desenmascare los abusos de la digitalización draconiana y antipedagógica, que vuelva a poner el acento sobre alumnado, profesorado y conocimientos, reconociendo la importancia de los tres factores, abandonando cantos de sirena y engañabobos autoritarios.

Las democracias son plurales, y la única forma de preservar ese pluralismo es permitiendo la variedad metodológica. ¿No se ha fijado en la cantidad de gurús, políticos y anuncios de banca que repiten cada mañana, casi goebbelísticamente, los mismos tópicos tecnocráticos y happycráticos? ¿No es sospechosa esa coincidencia absoluta entre legislación y propaganda idiotizante? ¿Hay algún político, alguna corporación pública que hoy apueste por el Conocimiento Poderoso? Conocimiento que se valga de la tecnología, pero que no sustituya el saber por la mera tecnificación. Me temo que no. Por otra parte, una ley que no se proponga bajar las ratios me parece, a estas alturas, una falta de respeto. El profesorado no es un colectivo residual que deba ser disciplinado. Ese es nuestro reto inmediato: recordar qué ha de ser nuestra escuela para un futuro en democracia. No la distopía homogénea de hoy.

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