Carlos V y sus juguetes

No es preciso andar siempre con justificaciones. Tampoco negar este gesto por sistema. El término medio del «a veces» suele resultar moderado y elegante. En esta coyuntura, no sería preciso contextualizar la elección del tema. Mas, acogiéndonos al margen de probabilidad, por qué no comentar que, hace unos años como profesoras e historiadoras empezamos a pronunciar la frase «La Historia no es un juguete»; se le ocurrió a Laura a propósito de uno de sus artículos en el blog de la UDIMA.

Todo ello junto a la mención de la dichosa crisis que golpeó las economías mundiales y domésticas en los comienzos del tercer milenio; cuando parecía que los personajes del Siglo de Oro volvían a la carga para recordar que «vivimos en una república de hombres encantados«, como aseverara el arbitrista Martín González de Cellorigo.

Dicen los analistas que las aguas han vuelto a su cauce. Mejor. Pero no está demás poner la vista en otros planos de la existencia aparte de la economía, que es como las tormentas, predecible o no y, de cualquier modo, ya venga bonanza o debacle, imparable.

En 1520 Carlos, un joven de 20 años, salía hacia los territorios alemanes pues, gracias al dinero entregado por el banquero Jacobo Függer, hacía unos meses había sido proclamado Emperador con el ordinal de V, para sustituir a su abuelo Maximiliano I de Austria.

Entre 1943 y 1967 el historiador Ramón Carande publicaba los 3 volúmenes sobre las finanzas del hijo de Juana de Castilla y, aunque nunca una veta se halla agotada al máximo, dejaremos ahora en un anaquel a Carlos V y sus banqueros para hablar de Carlos V y sus juguetes.

 En 1557 Carlos V se retiró a Yuste para disfrutar de los últimos meses. En el cenobio extremeño el anciano se dedicó a vivir como lo que era, un emperador sin obligaciones. Se abstuvo del trato íntimo con mujeres, degustó ostras francesas y longanizas de Tordesillas, puso en hora y dio cuerda a su colección de relojes y se entretuvo con los alambiques de destilación.

Siempre se había sentido atraído por la mecánica, seguía de cerca el diseño de astrolabios, molinos y autómatas. Por ello, no resultó extraño que pidiera tener cerca al ingeniero italiano Juanelo Turriano. Había aceptado su carta de viajar a España en 1529. Y acertó porque fue designado relojero de corte. Para el gantés construyó el famoso Cristalino, un reloj que se prestaba a la interpretación astrológica. Se ha especulado con que uno de los estanques construido en Yuste por Turriano aceleró la muerte del soberano, a causa de la proliferación de mosquitos causada por el estancamiento de las aguas. Sea como fuere, no sería justo que pasara a la historia por ese accidente, cuando en la hoja de servicios del Leonardo de Toledo figuran un ingenio para subir el caudal del Tajo hasta el Alcázar y diversas máquinas voladoras.

El problema de Juanelo, que prácticamente lo llevó a la tumba, fue que nadie quería pagar el primero de los artificios: el ayuntamiento porque no recibía las aguas y el ejército puesto que no había firmado ningún contrato. Entre unos y otros, se arruinó y fue enterrado modestamente en el Carmelo en Toledo en 1585.

Uno de sus proyectos más sorprendentes fue el hombre de palo, un modelo antropomórfico con capacidad para mover brazos y piernas. Algunas versiones poco verosímiles de la leyenda dicen que dicho artefacto era capaz de andar buscando la caridad de los viandantes y que, incluso, realizaba una reverencia cuando recibía alguna moneda. No hay muchos documentos históricos acerca de la naturaleza del autómata, ya que fue quemado cuando aún vivía Turriano, pero ha quedado constancia del punto donde se localizaba: la antigua calle de las Asaderías de Toledo, actualmente denominada «Hombre de Palo».

A la muerte de Carlos V, Juan de Cremona, como era también conocido, continuó al servicio de Felipe II, que lo nombró Mathemático Mayor. Colaboró en las observaciones de los eclipses y participó en la reforma del calendario gregoriano, diseñando las campanas del monasterio de El Escorial.

De no haberse registrado la intervención real, su cuerpo habría sido presa del Santo Oficio. Durante la Guerra de la Independencia su tumba fue profanada. Tal vez los franceses no se habrían atrevido a asaltar el nicho de haber ejercido de guardia el valiente muñeco.

 

Doctoras Laura Lara y María Lara, profesoras de la UDIMA, escritoras Premio Algaba y académicas de la Academia de la Televisión.

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