Carta a un Maestro de vida

Jiaime García Crespo

La columna de esta semana no es una columna fácil de escribir. Pido humildemente permiso para hacer de ella un recuerdo hacia alguien cuyas enseñanzas aún ni siquiera he sido capaz de asimilar en toda su profundidad.

Esta es una columna que trata de una persona. De un Ser Humano con mayúsculas. También de educación, claro. En el fondo Él siempre representó eso en todos sus sentidos. La educación en persona y la persona educada. A pocos he conocido tan consecuentes con la necesidad de estar permanente formándose para dar lo mejor de sí mismo en su profesión. Y, también, a pocos he conocido con ese autocontrol que le llevaba a ser capaz de aguantar el tipo, imperturbable y elegante, ante la mamarrachada más grande que uno podía aguantar. Él, sí.

Era médico. Era El Médico. Y nunca dejó de serlo. Pero más allá de ese sentimiento, que debe ser hondo para quienes lo tienen, era un tipo “de los pies a la cabeza” que vivía su profesión y lo que ella acarrea desde el punto de vista de servicio al prójimo.

Esto no es un obituario. No es una exaltación gratuita de su trayectoria vital y profesional. Lo hubiera desdeñado. Lo hubiera aborrecido: “Jaime, no. Eso son bobadas…para otros”. Él no necesitaba saberse reconocido, porque él se sentía reconocido. Que preciosa enseñanza vital. Muchos, quizá demasiados, deberíamos saber que lo que uno es, es lo que importa, no lo que los demás ven en nosotros u opinan de nosotros. Y Él sabía lo que era. No necesitaba el halago gratuito ni el reconocimiento formal. Su manera de vivir era a través de sus niños. Su leitmotiv era ver como muchos de esos a quienes tuvo entre sus brazos se convertían en futuros pilotos, en futuros maestros o médicos o abogadas, adultos, en definitiva, habiendo impregnado en ellos su conocimiento de vida y sus valores. Susurrándoselos. Para qué decir una palabra más alta que otra si no necesitaba demostrar que tenía razón. La tenía.

Aprendí de él muchas cosas, que no quiere decir asimilarlas en toda su extensión. En eso tiene uno que rendirse a la evidencia de que, cuando se ha tenido el privilegio de conocer a alguien así, solo cabe tener las orejas y la mente abiertas para el aprendizaje vital. Y no siempre es fácil. Que se la va a hacer. Los espejos a uno le reflejan con capricho y, no siempre se ve en ellos lo que uno es en realidad. Ya nos gustaría.

No voy a hablar de su rectitud, de su firmeza de opiniones, de su talante y comprensión infinita de las acciones de sus amigos, porque, con sus amigos, con sus queridos, era indulgente. Aunque no lo pareciera. Había que interpretarlo, pero, al final, una sonrisa socarrona o un gesto con sus cejas, te hacía saber que estaba ahí. Contigo. Siempre contigo. Y siempre tratando de trasladarte sus valores y su apoyo. Qué bonito sentimiento, la indulgencia, que nos lleva a perdonar errores y corregirlos. Qué valor tan relevante en educación.

No nos dejas. A ninguno. Siempre recordaremos tus enseñanzas y, como esta columna es de educación, termino diciendo que siempre tendremos presente a nuestro maestro de vida.

Gracias, Juan Bertó, maestro, amigo, fue un honor que nos sintieras entre los tuyos y haber disfrutado de tus enseñanzas.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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