Cartas Marruecas, tras la pista de una aldea y de unos alumnos

Laura Lara y María Lara, Cartas Marruecas.

En la columna anterior ‘Gira por la Infancia, éxito educativo’, dejábamos la tiza en alto hablando de Marruecos y de la «aldea global». Y hoy, inauguraremos 2020 viajando en el espacio, hacia el norte de África, pero también en el tiempo, al siglo de las Luces.

Los ilustrados hispánicos confiaron en que la corona fuera la impulsora de la modernización. Sin embargo, el trono se valió de las propuestas para que su poder fuera incuestionable en la línea del despotismo ilustrado. De esta manera, si en Europa, por muy elevadas que fueran sus aspiraciones de libertad, la corriente de Las Luces no dejó de ser una cultura tutelada, qué no ocurriría en España, donde la Inquisición, con el Índice de Libros prohibidos y el Juzgado de Imprentas, tenía capacidad para censurar la opinión.

Y si un frente contribuyó a la renovación fue el de la literatura didáctica. Este género tuvo como exponentes a Leandro Fernández de Moratín, con El sí de las niñas, que ponía el foco en los matrimonios de conveniencia, y a José Cadalso, con las Cartas marruecas, sobre las causas de la decadencia de España vistas por un foráneo, al estilo de las Cartas persas de Montesquieu en tanto que sátira parisina.

Detengámonos en este artículo en las Cartas marruecas. Fueron publicadas póstumamente en 1789 -casi al unísono de la Revolución Francesa y 7 años después de la muerte de su autor-. Muchas salieron en el periódico Correo de Madrid. En ellas, el escritor y militar español José Cadalso contaba la historia de Gazel, un joven marroquí que llegaba a España en el séquito de un embajador, después de haber recorrido toda Europa. Gazel aprovechó la estancia para conocer las costumbres y comparar la nación con otras.

Los corresponsales que aparecen en la obra son dos marroquíes, de religión musulmana, Gazel y Ben-Beley, y un español, cristiano, Nuño. Unas décadas antes, en 1766, cuando el motín de Esquilache, había pasado por España Sidi Hamet al Ghazzali, embajador de Marruecos conocido como El Gazel. Por ello, Cadalso, emulando a Cervantes en El Quijote, utilizaba como gancho de su ficción novelesca el «hallazgo» de un manuscrito por fallecimiento de un amigo.

En la carta LXIX, dirigida a Nuño, a propósito de una avería que tiene el carro que Gazel sacó de Madrid, el africano narra su conversación con un paisano que lo informa del mal estado de los caminos españoles. Y también del carácter filantrópico de algunos señores que, lejos de sobreexcederse en su autoridad, ejercen el mecenazgo protegiendo a huérfanos y siendo un ángel tutelar para los labradores a quienes arrienda sus campos. Este padre de familia, del que no manifiesta el nombre, había llegado a crear una escuela y solía por su misma mano distribuir un premio cada sábado al niño que ha empleado mejor la semana. Asimismo, había mandado traer de lejanas potencias una serie de libros que él traducía de otras lenguas, además de instrumentos de agricultura que repartía gratis a los labradores.

Y, a diferencia de lo que era habitual en el siglo XVIII, cuando todavía la educación estaba reservada a los que podían costearla, siendo casi el 75% de la población analfabeta, este terrateniente que evoca Cadalso dedicaba mucha atención a la educación de sus hijos:

Diez años tiene el uno y nueve el otro; los he visto nacer y criarse; cada vez que los oigo o veo, me encanta tanta virtud e ingenio en tan pocos años. Éstos sí que heredan de su padre un caudal superior a todos los bienes de fortuna. En éstos sí que se verifica ser la prole hermosa y virtuosa el primer premio de un matrimonio perfecto. ¿Qué no se puede esperar con el tiempo de unos niños que en tan tierna edad manifiestan una alegría inocente, un estudio voluntario, una inclinación a todo lo bueno, un respeto filial a sus padres y un porte benigno y decoroso para con sus criados?

En el siglo XVIII el interés por la educación se concretó en nuevas instituciones de enseñanza secundaria (Reales Estudios de San Isidro), superior (Escuela de Mineralogía, de Ingenieros de Caminos y Colegio de Cirugía) y en la reforma de las universidades. Pero todavía hacía falta mayor fomento de la investigación en tanto que llave del pensamiento crítico.

Consciente de los problemas ibéricos, como la decadencia y la despoblación, el erudito gaditano ponía el acento en las deficiencias subsanables a partir de la educación; una de las medidas que parece sugerir para paliar la «España vaciada» era abrir escuelas. Ofrecía remedios aunque siempre exponiendo con acidez dos problemas, pues si no se ve el obstáculo, imposible resultará rebasarlo. Y, como muestra, dos de los escollos para el libre discurrir del saber: el particularismo extremo en cada rama de conocimiento (eso a nivel general en el planeta dieciochesco) y la dificultad de supervivencia para muchos profesionales de las aulas. He aquí las sentencias cadalsianas.

«En todos los países del mundo las gentes de cada carrera desprecian a las de las otras».

«En España en este siglo no hay quien no sepa que se ha de morir de hambre como se entregue a las ciencias».

Será el eco de las Noches lúgubres, que es otra de las obras periodísticas de Cadalso, porque el caso es que, con el sombrero de tres picos o con la gorra al revés, estas palabras de hace más de 200 años parecen hoy extrapolables a tajantes índices de medición de la producción y a la búsqueda de empleo cualificado en otras latitudes, con los grados y másteres debajo del brazo como pacífica alabarda.

Doctoras Laura Lara y María Lara, Profesoras de la UDIMA, Escritoras Premio Algaba y Académicas de la Academia de la Televisión.

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