¿Centros de ‘educación especial’ o respuestas personalizadas al alumno en la escuela ordinaria?

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No pocos especialistas, y países que han adoptado iniciativas contra esta distinción, consideran que la educación especial, como concepto, no es lo mejor para el alumno. Es el caso de la doctora en Educación Alba García-Barrera, quien sostiene que siempre será mejor focalizar la atención y respuesta educativa en lo que cada niño y niña necesita para desarrollar al máximo su potencial individual” que encuadrarlos en lo que se conoce como educación especial.

Frente a esta realidad conceptual, aún presente en los sistemas educativos de países como España, García-Barrera habla de una educación adaptada y personalizada, pero en el marco de la educación ordinaria, “evitando”, de este modo, “caer en reduccionismos de la diversidad” que, en su opinión, “perpetúen las prácticas capacitistas y segregadoras sobre los colectivos más vulnerables”.

Sobre esta cuestión, la doctora García-Barrera acaba de publicar el artículo ‘Cambiando el Paradigma Inclusivo: las Necesidades Educativas Personales’ en el número 29 de la Revista Brasileira de Educação Especial, en el que pone de relieve que el paradigma inclusivo, si bien ha supuesto “grandes avances” en la educación de los estudiantes con necesidades educativas especiales, no obstante “ha mantenido su etiquetaje, interpretándolos como quienes deben ser incluidos frente al resto que incluye”.

En este contexto, esta especialista apuesta desde hace años por un cambio hacia un paradigma personalizado en el que no se etiquete a ningún estudiante, “sino que cada alumno se considere especial y diferente al resto y pueda recibir una educación adaptada a lo que gusta definir como sus Necesidades Educativas Personales (NEP).

Por ello, García-Barrera, que, además de investigadora, atesora experiencia sobre este tema en su calidad de directora del Máster en Educación Inclusiva y Personalizada de la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA, considera “imprescindible” apostar por un paradigma personalizado que reconozca “las diferencias entre los estudiantes en su forma de aprender, en su forma de percibir y procesar la información, de relacionarse con la información y el entorno, en sus intereses y preferencias, sentimientos, habilidades sociales, etcétera”. En definitiva, subraya, abandonar la idea de que “la diversidad afecta solamente a aquellos niños con alguna deficiencia”.

En la línea de pensamiento de otros especialistas como ella, el alumno, cualquier alumno “tiene derecho a recibir una educación de calidad basada en los principios de igualdad, equidad y justicia social”, como señala el doctor Andrés Escarbajal, profesor de la Universidad de Murcia. Una educación, en suma, que se ajuste a sus necesidades educativas personales y le ayude a desarrollar al máximo su potencial individual. Esa es la idea. Ese es el fin.

Es en este punto, en el que Alba García-Barrera pone el acento en la oportunidad que representa el paradigma personalizado y el concepto de NEP (necesidades educativas personales) como un avance hacia un modelo educativo que abandone definitivamente el “etiquetaje segregador”, apunta, de nociones como ‘necesidades educativas especiales’ o ‘necesidades específicas de apoyo educativo’, que, hasta ahora, en su opinión, “han lastrado la plena normalización de las diferencias del alumnado”.

Así, este concepto, que, según asegura, presenta, además, una “muy buena acogida” entre el profesorado y los expertos a quienes se les ha trasladado, “contribuye a poner el foco en las necesidades de la persona en vez de en sus dificultades y ayuda a entender que todos formamos parte de la diversidad humana”.

Recuerda la autora de este artículo académico que de este asunto se viene hablando desde la década de los 70, y muy en particular desde la publicación en 1978, en el Reino Unido, del informe Warnock, bautizado en honor a Mary Warnock, quien presidía el Comité Británico para las Necesidades Educativas Especiales (NEE). Este informe marcó un hito al revolucionar la educación brindada hasta entonces a los estudiantes con diversas capacidades.

El documento fue concebido por el Comité de Investigación sobre la Educación de Niños y Jóvenes con Discapacidades del Reino Unido, el cual examinó detalladamente la situación de la Educación Especial y propuso una transformación en la manera en que se atendía a este grupo.

El nuevo paradigma que plantea García-Barrera ya es una realidad en países como Italia, Grecia, Portugal, Islandia, Chipre y Noruega, que han reconvertido los Centros Específicos en Centros de Recursos, ubicando Centros de Conocimiento o de Expertos en zonas cercanas a los centros ordinarios, los cuales proveen de recursos personales y materiales adaptados a las necesidades de los alumnos.

Un paso más allá lo da Islandia, donde la normalización es tal que no se contempla legislación específica sobre educación especial en ningún nivel de su sistema educativo. “Es más”, celebra la autora, “ni siquiera utiliza dicho término, educación especial, en su enseñanza obligatoria”. “Se tiene claro”, apostilla, “que la escuela (en tanto centro ordinario) debe ser para todos y lograr proporcionar una atención educativa adecuada a todas las necesidades que pueda presentar cualquiera de sus alumnos”.

Para ello, el currículo ordinario en este país cuenta con toda la flexibilidad necesaria, se implementan los recursos que sean precisos y los centros tienen autonomía para organizar la enseñanza como estimen oportuno: proporcionando apoyo adicional de especialistas, materiales específicos, apoyo terapéutico y rehabilitador, etcétera.

En conclusión, el cambio de paradigma que se plantea es “factible y resulta prioritario iniciarlo”, a juicio de García-Barrera, quien destaca que “no se puede seguir cayendo en el error de pensar que solamente unos pocos estudiantes tienen ‘necesidades educativas especiales’, o que únicamente algunos enfrentan ‘barreras para el juego, el aprendizaje y la participación’”.

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