¿Cómo conseguir en EdTech los logros de la industria farmacéutica?

En nuestros últimos artículos hemos abogado Por una educación informada en las evidencias científicas y hemos explicado por qué La tecnología educativa necesita fundamentación científica y validación. La semana pasada nos fijamos en Lo que el sector EdTech puede aprender de la industria farmacéutica. En esta serie continuamos hoy con nuestros razonamientos. Para ello, expondremos algunas ideas sobre cómo puede conseguirse que la educación digital pueda seguir los pasos de éxito de la industria farmacéutica.

Algunos han llegado a hablar de la «industria edtechcéutica«. No asumiremos ese vocablo acuñado por Baptista Borrell, pero sí la idea general. El sector de la tecnología educativa puede y debe mejorar, en la línea de cómo trabaja la industria farmacéutica. De esa manera podrá conseguir resultados mucho mejores desde todos los puntos de vista. Tanto en la mejora del desempeño de los estudiantes (que es lo fundamental) como también en el aumento de los beneficios económicos del sector, y de su influencia y peso en la realidad.

Mercados de prescripción

Actualmente, la relación que tienen las empresas de la educación digital con los docentes es fundamentalmente la de la prescripción. De la misma manera que los médicos recetan a los pacientes los medicamentos que necesitan, los docentes indican qué recursos deben ser utilizados por los estudiantes. En los dos casos estamos desde un punto de vista de ventas o de marketing en mercados donde funciona la prescripción.

Eso significa que, desde un punto de vista comercial, los esfuerzos de las empresas no se centran en sus usuarios finales (los pacientes o los estudiantes), sino en los prescriptores (médicos o docentes). No hay demasiados mercados de este tipo.

Por supuesto en los dos casos también hay un mercado para el cliente final: los medicamentos que se venden sin receta médica y los contenidos educativos digitales o recursos de tecnología educativa que pueden comprar las familias directamente o los estudiantes en un modelo business-to-consumer (B2C). Pero de momento no nos vamos a ocupar de esta cuestión. La abordaremos más adelante en otro artículo.

De «embajadores» a investigadores

En el campo de la salud, la industria considera a los médicos como prescriptores, pero también como aliados para la investigación. Esto se articula a través de convenios con los hospitales u otros organismos, con el fin de realizar ensayos clínicos. En el campo de la educación, la industria considera a los docentes como prescriptores pero apenas nunca como aliados para la investigación. Y este es un primer punto que debe cambiar.

Además de como prescriptores, la única relación que el sector EdTech suele establecer con los docentes es la de convertirlos en «embajadores» de sus productos o servicios. Este es un sistema que viene funcionando cada vez con más presencia. Sobre todo por el influjo de las multinacionales educativas, que han exportado el modelo desde el mundo anglosajón. Hay algunos estudios críticos interesantes sobre cómo funciona la relación.

Un primer paso en la dirección que indicamos es que los docentes dejen de ser «embajadores» de las marcas para convertirse en aliados para la investigación. Es la mejor manera de que las dos partes cooperen para la mejora educativa.

Un 20% en I+D

Y es que la investigación es fundamental para mejorar. El sector farmacéutico viene invirtiendo sistemáticamente desde hace décadas alrededor de un 20% de su facturación anual en investigación y desarrollo. Es el modelo a seguir.

En educación ojalá alcanzáramos una décima parte de eso. El objetivo debería ser la mejora constante de los productos y servicios partiendo de sus resultados con los estudiantes.

Actualmente, cuando un producto o servicio educativo digital se sustituye por otro, suele ser o bien porque se han modificados las leyes educativas (libros de texto digitales), o bien porque se lanzan «novedades» al mercado. Igual que los modelos de coches se van renovando para seguir las corrientes estéticas imperantes, los productos educativos digitales se remozan para que incorporen las tendencias o las modas educativas: neurociencia, inteligencias múltiples, educación emocional, etc. El camino no debería ser ese.

El camino debería ser lanzar nuevos productos que consigan mejores resultados con los estudiantes. Y para eso la colaboración en investigación con los docentes y las instituciones educativas resulta necesaria.

Congresos de verdad

En los congresos educativos, deberían mostrarse números de tamaño de efecto de tal o cual recurso en un nivel educativo y área curricular particular en vez de las ponencias de docentes con sus «mejores prácticas» con el uso de magia con sus estudiantes, vídeos donde se ve lo contentos que trabajan los estudiantes, lo bien que se lo pasan todos, lo bonito que es tal o cual programa, recurso o dispositivo, etc.

¿Se imaginan un congreso médico en el que las ponencias fueran de este tipo?: «enseñanzas innovadoras del cocinero X», o por ejemplo «motiva a tus pacientes», o bien «¿cómo usar el fármaco X con tus pacientes?» (sin explicar por qué el fármaco X es mejor que otras alternativas), o incluso «mejorar la salud mediante mindfulnes» o «utilizar la teoría de los hígados múltiples» o cualquier otra ocurrencia…

Si miramos la inmensa mayoría de congresos educativos, en realidad se parecen más a las convenciones de pseudociencias o de homeopatía que a los congresos médicos.

Un congreso educativo de verdad debería tener ponencias con títulos como: «mejora de la comprensión lectora de estudiantes de 3º de Primaria. Análisis cuantitativo del método X frente al método Y», «Optimización de la repetición secuenciada de conceptos de biología en 2º de Secundaria», «Almacén de hechos aritméticos en 5º de Primaria y su relación con la memoria de trabajo de los estudiantes», etc.

En estas ponencias, los docentes «estrella» no serían los que tienen más seguidores en redes sociales como sucece ahora, sino los que han colaborado en investigación y desarrollo para conseguir mejores resultados. Y sí que colaborarán con la industria, pero no como «embajadores» de marca, fans o «groupies», como ahora, sino como participantes en validación de productos.

Naturalmente, esta investigación no sería realizada por docentes de manera individual, sino a través de colaboraciones organizadas entre la industria y las instituciones educativas. En sanidad por ejemplo hospitales como el Vall d’Hebron en Barcelona o La Paz en Madrid por poner dos ejemplos son punteros en colaboración de investigación. Sus médicos más afamados no son los que más aparecen en los medios o cuentan con más followers, sino los que más publicaciones científicas tienen o los que presentan ponencias en los congresos especializados más prestigiosos.

Así debería ser la colaboración entre industria e instituciones educativas.

Esto no es algo que se pueda organizar de la noche a la mañana. De momento es más un horizonte hacia el que tender. Poco a poco, pero sin pausa. En próximas entregas intentaremos poner algún ejemplo de buen trabajo. No se lo pierdan.

Julián Alberto Martín

Julián Martín
Author: Julián Martín

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