¡Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras!

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El regreso de las vacaciones, el inicio del curso, trae consigo la consiguiente configuración de la agenda de actos, conferencias, ponencias, cursos que a uno le proponen desde diferentes asociaciones, colegios o fundaciones. Supongo que es el resultado de llevar una vida un tanto agitada en lo que se refiere a este tipo de eventos. La cuestión es que cuando he comenzado a repasar con detalle las propuestas, he sufrido una suerte de “deja vú” de lo social, que me ha hecho pensar en el contenido de las mismas, sus ponentes y, por ende, he dejado que mi mente navegara por el océano del recuerdo y he rememorado muchos de los post en redes sociales y “Youtubes” o “TiK-Tok” del verano realizados por algunos de estos autoproclamados y autoconvencidos personajes, supuestos influencers que dominan desde la transversalidad todo aquello que rodea a la educación, y a lo educativo. Y, “porca miseria”, algunos de ellos están, como lapas a la piedra de los Acantilados del Infierno, también en muchas de esas futuras citas que me proponen. Ya en algunos casos he tenido cierta dificultad para soportar a estos compañeros de viaje durante mis vacaciones, y ahora me encuentro que, a modo de pena impuesta por quien sabe, he de sufrir a estos cilicios mediáticos de nuevo, y a sus intensas vacuidades. No es fácil decir que no a muchos de tus atentos anfitriones, y muchas veces también amigos.

El caso es que las redes sociales se han convertido en un tsunami de información y opinión vertida por multitud de personajes. En muchos casos, además, autoproclamados como expertos en determinadas materias -la educación y todo lo que la rodea es la que me preocupa en particular- y dispuestos a bombardearnos con soflamas más o menos estructuradas. Uno a veces no sabe diferenciar si está oyendo a un Paulo Coello patrio disertar sobre aspectos que relacionan la educación con los más disparatados mensajes, o si el gag es una suerte de escenificación de lo educativo del nuevo programa de “Joaquín, el novato”. Otros muchos son de gran interés y con gran valor divulgativo. Pero es aquí donde hay que ser capaz de separar el grano del trigo. Y sin engordar, que es lo difícil.

Los enormes progresos en el conocimiento de nuestro cerebro y sus funciones dan pábulo a que muchos de estos sujetos elaboren simples preceptos, contados de forma simple y concisa, sin haber estudiado ni psiquiatría, medicina o psicología. Pero, oiga, están tan de moda, y consumimos con tan poco criterio restrictivo, que uno se puede poner delante de una pantalla, y venderte que la dopamina o la serotonina afectan de una u otra forma a los procesos de aprendizaje, y al día siguiente plantear teorías sobre el uso adecuado del wasap de familias o las cuestiones más relevantes de la nutrición infantil; y todo ello, en ocasiones, sin haber pisado un colegio en su vida, si no ha sido ejerciendo sus responsabilidades como padre o madre de familia.

A esta suerte de monologuistas de sector, divertidos en ocasiones, para que vamos a engañarnos, los hemos convertido en una suerte de látigo de la conciencia sobre la que incluso pensamos en tomar decisiones internas en nuestros centros, sin darnos cuenta de que, como diría Buster Keaton, “is just entertainment”. Y así deberíamos tomarlos.

A ello habríamos de sumarle otra cuestión relevante, que no es otra que la repetición pertinaz de algunas de las intervenciones. Que el caviar está muy bien, oiga, pero tomarlo todos los días a todas horas probablemente acabe incluso cansándonos. Así que no estaría de más si al menos exigiéramos que esta parte de entretenimiento fuera variando, y de esta forma, por lo menos, no asistir una y otra vez a disertaciones muy similares, cuando no iguales. Que digo yo que en estos casos, además, por los que se supone que se cobran generosos honorarios, no es demasiado pedir que vayan renovando su propuesta, al menos anualmente.

Es por ello por lo que he querido recuperar la supuesta afirmación de Don Quijote:“¡Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras!”. O ver para creer. Y digo supuesta porque, aunque atribuida a él, difícilmente la encontrarán ustedes escrita en El Quijote. En el fondo es como esas pseudo opiniones o discursos discutiblemente fundamentados, que se convierten en mantras solo a fuerza de repetirlos.

Perdonen el abuso de la metáfora, pero es que me la habían puesto como a Felipe II.
En fin, que uno empieza a pensar que es mejor que se pare el mundo y bajarse, como Mafalda; o, lo que es peor, adoptar esa actitud entre ácida y cínica de los viejecillos del palco de los Muppets. Por la edad, digo.

Jaime García Crespo, CEO del Grupo Base Educación.

 

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