Deja que te cuente una historia… (Parte I)

ACOMPAÑAR

Sucedió… No sé en qué momento, pero sucedió. Cuando todo estaba perdido y nadie apostaba por un cambio de rumbo…, sucedió. Pero claro…, si quieres entender qué, por qué, dónde, cómo y cuándo, deberás tener un poquito de paciencia.

Todo cambio tiene un origen y un principio. ¿El origen de esto? Hace más tiempo del que recuerdo. El principio…, eso queda un poquito más cerca. Así que, habrá que irse al origen de todo: ese momento lejano en el que no eres consciente de que eso va a tener repercusiones en un futuro y consecuencias inabarcables hasta que las vives y las afrontas.

Bueno…, por dónde empiezo. ¡Ah, claro! Por el principio. ¡Ay, no! Por el origen…, ese momento en el que surge una chispa que enciende algo dentro de ti que flota por las cenizas del recuerdo para aparecer vivas y candentes en esa realidad patente y apabullante.

Ufff, me he puesto demasiado poético. Perdón…

¡¡¡Por cierto!!! Ni siquiera me he presentado. Qué maleducado soy. Mi nombre es… Espera. ¿Para qué voy a nombrarme? No, mi nombre no es importante. Lo importante es la historia que te quiero contar, no yo. Lo que sucedió…

Como toda historia, todo empieza con una vida, con un latido, con un momento vital concreto. Y en este caso, la chispa se produjo un día concreto, de un mes concreto y de un año pensado. Sí, pensado. ¿Raro? Bueeeno, ten paciencia y te darás cuenta de cómo está todo más pensado de lo que nos creemos muchas veces. Verás…

Ese preciso instante surgió de un niño aún pequeño que tenía unas ganas enormes de ser feliz. Y mi querido lector se dirá en sus adentros: “Pues como cualquier niño, ¿no?”. ¡¡¡Pues no!!! Su anhelo por ser feliz era único, auténtico, suyo. Y por eso era tan especial.

Resulta ser que ese niño, inocente y asombrado por lo que veía y experimentaba, vivía al lado de sus padres, sus hermanos, su familia…, y un sueño que no dejaba de serlo. Sin darse cuenta, estaba siendo protagonista de una bonita historia con momentos preciosos y otros no tan bellos.

Son tantos los instantes que podría relatar, tantos… Pero creo que lo mejor será que avance en el tiempo hasta el momento en que experimenté un punto de inflexión vital. Había tenido otros, por supuesto, pero no tan radicales ni trascendentales… Todos tenemos puntos de inflexión vitales que nos marcan un antes y un después.

Hay momentos en tu vida que te cambian el rumbo, pero si no los reflexionas con profundidad, sin interés más que por lo superficial, son cambios prácticamente inocuos, ya que no hacemos aprendizaje de lo vivido.

Llevaba unos años profundamente triste y sin saber por qué estaba así. ¿Reconocéis esos momentos en vuestra vida en los que la tristeza se apodera del sentido de las cosas? Pues ahí estaba, justo ahí: sin sentido, sin latido…, apagado.

Os reconoceré que siempre veía una pequeñita luz que me recordaba que no estaba solo, que no sufría solo y que en algún momento saldría de ese sinsentido. ¿Qué por qué era un sinsentido? Fácil: yo siempre había sido un chico alegre y me chiflaba ayudar a las personas con dificultades. Sentía que mi misión era acompañar a la gente. De ahí que descubriera que mi vocación profesional era la de ser maestro…, no…, profesor…, no…, director…, no…, gestor…, no…, y sí. Porque en todo iba viendo la oportunidad de acompañar.

¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí! Que vivía un sinsentido teniéndolo todo aparentemente de cara. Y en esa situación, sin aún darme cuenta, esa lucecita de la que os hablaba empezó a hacerse cada vez más grande y potente.

El inicio fue lento y muy preciso, pero luego ya no se detuvo. ¿Habéis tenido alguna vez la sensación de que todo está bien hecho? ¿De que todo lo que ha ido sucediendo en vuestra vida estaba escrito para llegar al punto en el que estáis? Ahí me encuentro hoy. En ese punto. Pero… para que lo entendáis tengo que seguir narrando la historia, ¿no? Sí, sí, voy. Perdón. Es que me pueden la palabra y el recuerdo…

Empezó un día de mayo… Estaba sentado en una sala con más personas. Estábamos ahí para recibir un…, cómo se llamaba… ¡Ah, sí! “Curso cero de mentores”. Tenía muchas ganas de hacerlo. Como os he dicho, me encantaba ayudar a las personas en su camino vital y creía que ese curso me iba a ayudar a recuperar mi esencia. ¿Sabéis cuál fue la sorpresa? Bueno, no, mejor os lo cuento después que, si no, destripo la historia…

Empezó el curso… Y, desde el primer momento, empecé a darme cuenta de lo mucho que me quedaba por aprender. Tonto de mí, pensaba que solo sería en lo profesional. Y no fue así…, fue mucho más. Mucho más…

De repente, una persona se pone de pie y dice que nos va a hablar de la mirada… “¿La mirada?”, pensé, “pero si yo ya sé mirar”.

Tras ese curso, nos asignaron a una serie de alumnos para que los acompañáramos a lo largo de su primer año en la universidad. Pero había una condición…, que nosotros también fuéramos acompañados. Que experimentásemos lo que era dejarse ayudar… ¡¡¡Horror!!! No lo entendía, yo quería ayudar, pero no creía que a mí nadie tuviera que ayudarme.

Maaadre mía…, a mis “ta y tantos” años y tan inconsciente. Y yo que pensaba que lo hacía bien… Empecé a intuir por qué mi corazón estaba tan triste y apagado. Lo intuía, pero no quería descubrirlo.

El problema es que, si quería acompañar, tenía que ser acompañado. Así que me decidí y me dije: “¡Venga, que daño no te hará!”. Eso me decía mi madre ante situaciones difíciles e incomprensibles. Y esta lo era para mí. Ser acompañado…

Cuánta teoría se fue cayendo cual ídolo cae del pedestal. Cómo no había caído antes en la necesidad de ser acompañado para acompañar. Bueno…, sé por qué, pero no os lo voy a explicar. Quizá cuando tengamos más confianza…

La cuestión es que me asignaron una mentora que, a día de hoy, se ha convertido en uno de mis últimos ángeles. Mi salvavidas. ¿Qué por qué? Paciencia, pequeño saltamontes, paciencia…

Tras nuestro primer encuentro, donde me vuelve a insistir con la mirada, apareció una historia en mi cabeza que os quiero contar…

Por Javier Luna Calveradirector académico, consultor y coach educativo

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