Deja que te cuente una historia (parte II)

la mirada

Antes de empezar, quiero darte un consejo… Refresca la primera parte de este artículo, recuerda que es una historia en la que quiero contarte algo que empezó hace ya un artículo…

Segunda parte…

Gracias a esa formación y, sobre todo, a mi mentora, una persona que te acompaña en tu crecimiento personal, empecé a entender que debía cambiar la mirada, que realmente una mirada auténtica tenía el poder de transformar. Pero debía mirar, en primer lugar, donde todo nace, en mí mismo.

Y así lo hice… Además, ¡¡¡iba a ser mentor!!! Menos mal que viví la mentoría antes de hacerla yo. Descubrí que era el camino adecuado para que trascendiera más allá de mis banales intenciones. Tener experiencia de ser acompañado antes de acompañar. Parece evidente, ¿verdad?

¿Sabéis lo que me sorprendió? Que donde yo creía que miraba bien (a mis hijos, a mis alumnos, a mi equipo…), no era cierto. ¿Y sabéis cómo lo descubrí? El primer día que entré en una reunión después de recibir esa “palabra” sobre la mirada. Sí…, lo veía todo borroso y me pusieron unas gafas con una graduación especial: de asombro, de verdad y de belleza.

Y de esa manera empecé a acompañar. Eran viajes paralelos, me acompañaban y acompañaba. ¡¡¡Impresionante!!! Nunca hubiera imaginado que fuera así y era infinitamente mejor. ¿Sabéis qué? Me había olvidado de mí. Esa era la raíz de mi tristeza.

Me di cuenta de que me había olvidado de la misión más importante que tengo en esta vida: conocerme, aceptarme y superarme. Si no, ¿cómo acompañar?

Y eso sólo era el principio. A mitad de camino, me tropecé con un curso de expertos en acompañamiento educativo… Tenía buena pinta y tuve la gran suerte de empezarlo. ¿Sabéis lo gracioso? Que también era obligatorio dejarse acompañar y me tocó la misma mentora. El plan no podría ser mejor… Y me encaminé hacia lo desconocido: sólo yo…, pero no solo.

Encuentro tras encuentro con mi mentora íbamos hablando y reflexionando sobre distintos temas: el conocimiento de uno mismo, el don, la vocación, la escucha, el encuentro, la comunidad, la comunión… Y con cada uno de ellos, me animaba a que hiciera prueba de ello. Y eso sólo hacía que corroborar en mis propias carnes lo que tanto anhelaba, ese sueño que os contaba al principio que nunca se cumplía. No…, aún no lo voy a desvelar, lo siento.

Y ahí estaba yo, escuchando a infinidad de personas contando misterios sin resolver durante años y que ahora se abrían a mi corazón con una facilidad pasmosa.

Un día, una persona muy cercana me dijo que me había cambiado la mirada. ¿Os lo podéis creer? Y en seguida me di cuenta del porqué de ese cambio. Ese descubrimiento de mirada transformadora hizo que me transformara yo por dentro. ¿Y sabéis cuál fue la consecuencia inmediata de mirarme adecuadamente?  Mirar de forma distinta hacia fuera… Todo cambió, porque cambié la forma de quererme.

Dejadme retroceder un poquito. No, no, no os preocupéis que no es tan atrás. Sólo a ese momento en que me sorprendí que me obligaran a vivir el acompañamiento. ¿Lo veis? No es tan lejos. Ser acompañado me hizo descubrir cuál es el método para acompañar: uno mismo. ¡¡¡Por eso tenía que hacer un viaje al interior de mi corazón!!!

¿Y qué pasó entonces? Que me pregunte qué significa acompañar y para qué acompañamos. Bueno, si os soy sincero, me hicieron la pregunta. ¿Quién? Pues quién va a ser, “mi acompañadora”, mi mentora. ¿Sabéis lo que más me gustaba de mi mentora? Que no respondía por mí, que no pensaba por mí, solo se dedicaba a mostrarme momentos y a hacerme preguntas de las que sólo yo tenía la respuesta.

Y eso es lo que hice desde ese momento con mis equipos, mis alumnos… Hablarles de la mirada, escucharles en silencio, plantearles preguntas existenciales, ¡y funcionaba! Para ser justos, no con todos, pero veías cómo abrían el corazón como tú lo habías hecho antes. Cuando sucedía eso, tenía el privilegio de sentir lo que sentía mi mentora cuando se me quedaba esa cara de idiota descubriendo la evidencia de la vida (tan misteriosa y escondida, la puñetera).

Pasado el tiempo, resonaron tres palabras en mi corazón: escucha, encuentro, experiencia. Oootra vez mi mentora me llevaba a experimentar en mis carnes lo que eran palabras bonitas y teóricas. Pero esta vez, lo experimentaba acompañando yo a otros: profesores, alumnos. Recuerdo una reunión con un profesor…

Pero esto, te lo cuento en el siguiente artículo… Ahí nos vemos.

Por Javier Luna Calveradirector académico, consultor y coach educativo

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