Deja que te cuente una historia (parte III)

el encuentro

Fue impresionante, teníamos una hora para hablar de temas concretos. Entré en su despacho, lo miré (sí, sí, de esa manera que os he contado en los dos capítulos anteriores) y me di cuenta de que algo sucedía. En esos momentos, activé mi “oreja”, pero no la de fuera, no. La de dentro… Y le hice una pregunta:

-“¿Cómo estás?”.- Pregunta básica donde las haya… Lo sorprendente fue su respuesta:

-“¿Quieres que te lo cuente?”

Entonces sucedió… Visualicé a mi mentora cuando se ponía delante de mí, me miraba y silenciaba para que el propio susurro de mi historia me empujará a hablar. Y así sucedió.

Como podéis suponer no tenía nada que ver con lo que teníamos que trabajar, pero así se dio, y así lo recogí. A medida que lo escuchaba tomaba conciencia de los obstáculos que me impiden escuchar como son la atención dividida, mis “ruidos interiores” y esas “evasiones furtivas de pensamiento”.

-“Concéntrate”, pensé.

Y ahí estaba: en escucha plena. Recordé la importancia del silencio, ese momento necesario para dar espacio a la realidad, receptivo.

A medida que hablaba, en ciertos momentos, procuraba hacerle preguntas que le requirieran reflexión, y seguía. Era increíble.

Entonces apareció… El Encuentro, la experiencia de acompañar y de mi emoción brotó un poema. Una oda a la escucha, al encuentro y a la experiencia que dice así…

Oh, ESCUCHA, compañera del silencio,

cómo lo maltratas, cómo lo mal usas.

¿Por qué no entiendes que en él

puedes SER y que otros SEAN?

Oh, ENCUENTRO, amigo del don.

¿Sabes cuál es tu cometido?

Dile a la escucha que te lo cuente

y entrega tu regalo al otro.

Oh, EXPERIENCIA, qué bonita eres.

Hermosa cuando te envuelves de humildad,

bella en lo más profundo de lo que eres

y verdaderamente plena en la fusión con el otro.

Tres partes de un solo ser,

de un solo estar,

de un solo hacer,

de un solo amar.

Escucha, encuentro, experiencia,

regaladme vuestra alma

y empapadme de vuestra sabiduría

para poder ser en mí y para el otro…

 

En lo más profundo de mi raíz, de mi ser, experimenté que realmente dejarse acompañar, dejarse querer, era el único camino para sentir el acompañamiento y acompañar adecuadamente. Y eso redundaba en todo lo que vivo dentro y fuera de mí.

Pero resulta que aquí no acaba la historia. A lo mejor ya estás cansado de leerme o de escucharme… ¿Paro? ¿Termino? ¡Vale! Termino. Y prometo ser breve.

El equipo… ¡Menuda sorpresa! No sé si os habréis percatado, pero al inicio de esta breve historia mi alrededor estaba repleto de vacíos. Y no porque no tuviera personas maravillosas a mi lado, sino porque ni miraba, ni escuchaba, ni acompañaba, ni…, efectivamente, ni me dejaba acompañar.

Y resulta que me empiezan a hablar de un entramado de relaciones en el que nos reclaman algo y en el que tú también reclamas algo. Cierto, pero… ¡cómo hacerlo! Mi experiencia pasaba por la comunidad más cercana que había tenido siempre: mi mujer y mis hijos, pero no tomé conciencia de ello hasta ese momento.

Al oír eso de que en la comunidad, en un equipo con un mismo fin, se acoge la diferencia dándole al otro la capacidad de ser, me doy cuenta de que es justo lo que había hecho mi mentora. Y eso es justo lo que muchas veces provocaba que yo mismo rompiera la comunión en la comunidad profesional y familiar.

Y llegamos al punto álgido de la historia… Aquel en el que todo se une para cobrar más fuerza que nunca y empujarme hacia el infinito. Escucho hablar de algo fundamental para mi ser y por mi forma de ser: el corazón. Además, lo enuncian como la sede más profunda de lo que realmente uno es…

Y ahí estoy yo…, atónito ante la aplastante realidad que me grita que sea yo mismo y que despliegue lo mejor de mí para los demás. Y ahí que voy yo… Como siempre, la vida te pone situaciones en las que desplegar lo que llevas dentro.

Atento…, que esta historia se acaba…, de momento…

Llaman a la puerta…

-“¡Pase!”- digo.

Entra una chica que no había visto en mi vida.

-“Hola, ¿en qué puedo ayudarte?”-, comento.

Ella…, tímida y enrojecida me dice:

-“Buenos días, soy alumna suya, pero nunca he ido a sus clases y me gustaría saber cómo aprobar su asignatura”.

-“Pasa”-, respondo perplejo.

Todo lo aprendido a lo largo del curso, todas las mentorías recibidas y dadas se concentraban cual samurái invadido por las fuerzas de la naturaleza.

Sin darme apenas cuenta, se empiezan a activar distintos artilugios abstractos pero imprescindibles.

¿Misión? Acompañar…”, afirmo.

Doy paso a la activación de modos:

¿Modo mirada?

Activado… Descubro a una chica nerviosa, extremadamente tímida e intuyo un problema más allá de la asignatura…

¿Modo escucha?

Tenemos problemas de activación. En mi cabeza aparecen mil ideas y comentarios. Es difícil mantener orden ahí dentro… Pasados unos minutos en los que la alumna estaba hablando, consigo estabilizar mi interior. ¡¡¡Modo escucha plena activo!!!

Empiezo a descubrir a una persona con una serie de dificultades que van más allá de lo que yo puedo hacer, pero…, sé que algo puedo empujar.

¿Modo encuentro?

¡¡¡Se ha activado solo!!! De forma casi natural, ha sucedido ese entreverar el ámbito de mi vida y cuanto implica con la realidad de esa chica que pueden ofrecerme posibilidades y recibir las que yo le otorgo.

¿Modo corazón?

Activadísimo. Todo mi ser, todo lo que realmente yo soy se puso en juego a disposición de esa persona. Sin exigencia, sin consejos, sin más que su ser y mi ser.

Y sucedió…

Como habéis podido comprobar, esta historia no tiene fin…, pero sí un principio, un instante, incluso un origen. Pero ninguno de estos momentos los descubrí cuando sucedían. El tiempo, las circunstancias…, y el otro… fue lo que realmente me hizo mirar hacia atrás y descubrir algo que cambiaría mi vida para siempre.

Y esto es lo que implica acompañar a un equipo… No te olvides que liderar empieza por dejarse acompañar…

Puedes leer aquí la parte I y la parte II

Por Javier Luna Calveradirector académico, consultor y coach educativo.

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