¿Dónde están nuestros sabios?

Photo by Nada Habashy on Unsplash

Estos días de asueto, de solaz y descanso, me han servido para poder adentrarme con intensidad en diferentes textos que, aun siendo muy dispares, en ese volar la imaginación que uno tiene interiormente, y esa manía de tratar de interrelacionar las cosas y las ideas que es una suerte de leitmotiv personal, me permito compartir con ustedes.

Por un lado, leí con gusto, no en vano forma parte de mi formación académica, un libro llamado “Desenrollando momias” de Nacho Ares. Un delicioso libro en el que abordaba las biografías de los egiptólogos y orientalistas más relevantes, fundamentalmente británicos, franceses, pero también alemanes e italianos, del S.XIX y postrimerías del XX. El libro, lejos de ser técnico y prolijo en datos o cuestiones “propias” de historiadores, narraba de forma amena y algo novelada el crecimiento y desarrollo personal, y los descubrimientos más relevantes de cada uno de estos personajes A parte de que, como he mencionado anteriormente, no hubo ningún español/a entre estos destacados ejemplos, me llamó la atención, y por eso lo traigo a colación, el vasto conocimiento de cada uno de esos personajes sobre sus respectivas disciplinas. Simplemente, abrumador.

Otro libro que cayó en mis manos y he devorado con gusto ha sido “Crear hoy la escuela del mañana” de Richard Gerver. En él, el autor desgrana las claves de lo que entiende deben ser los pilares fundamentales en los que se fundamente el proyecto educativo, así como las leyes necesarias para permitir desarrollarlo; tanto de cara al presente, como del futuro de nuestros hijos e hijas. He de decir que comparto muchos de los postulados de Gerver, a quien considero no solo un teórico, sino un adelantado que demostró que lo que postula como principios en los que se debe basar la “nueva” pedagogía son alcanzables. No en vano él lo hizo cuando desempeñó las funciones de director de la escuela Primaria Grange, en la que puso en práctica muchas de las cuestiones que aborda en el libro. La fundamental y más relevante: conseguir incrementar la motivación por el aprendizaje de todos sus alumnos, basándose en un principio básico que es el “aprender a aprender”, así como el hecho de poner el foco en el desarrollo de las competencias de sus alumnos y acercar el conocimiento a su realidad particular.

Como no solo de libros vive el hombre y uno no ha abandonado la sana costumbre de leer, en papel, algún que otro periódico diariamente, me sorprendió el editorial de El Mundo del 29 de marzo en el que se hacía una crítica furibunda a las últimas noticias a cuenta de las modificaciones que parece va a arrastrar la LOMLOE en parte de su articulado. En este caso se hacía eco de la intención de “aligerar el currículo” en cuanto al contenido del proyecto educativo. Vaya por delante que ni soy defensor de la señora (perdón, a cada cual el tratamiento que merece), la ministra Celaá; ni aún conozco el desarrollo total de la LOMLOE, pero de ser cierto el planteamiento que recogía El Mundo, me permito “tocar de oídas” y manifestarme al respecto uniendo conceptos extraídos de cada una de esas lecturas a las que he hecho referencia.

En este sentido me manifiesto como un firme defensor de una escuela que base su proyecto educativo centrándolo en el desarrollo de competencias (llamémoslas, al modo anglosajón, soft skills); sobre una base sólida de conocimiento (hard skills); en la que se trabajen aspectos tan básicos para el desarrollo de nuestros hijos e hijas en su futuro profesional tales como: el pensamiento crítico, la creatividad y el desarrollo de la capacidad de análisis e investigación (para todo orden de vida y disciplina, ya sean ciencias o humanidades); y que persiga el sano desarrollo físico y emocional de los niños.

Suena a palabrería ¿no? Pues reconozco que sí. Está tan manido el concepto. Lo usamos tantos centros, que ha perdido su valor. Pero la realidad es que sí es posible. Algunos lo consiguen y lo conseguimos.

Debemos plantear una escuela atractiva para los alumnos, haciendo que sea comprensible para ellos el porqué deben dedicar 8 horas al día y 5 días a la semana a asistir a centros que parecen (todavía muchos de ellos) sacados de la revolución industrial británica. Pero la propuesta debe ser acometida desde un conocimiento bien secuenciado (es lamentable ver cómo nuestros alumnos aprenden año tras año casi los mismos conceptos con un grado mayor de profundidad); adaptado a la realidad de cada alumno (a través de un soporte digital y con el aporte futuro de la IA, que permitirá crear itinerarios de refuerzo o ampliación para aquellos alumnos que lo necesiten o demanden); ofreciendo un apoyo efectivo a los alumnos que lo necesiten adaptando el proceso de enseñanza-aprendizaje; entendiendo que el contexto físico no va a ser el único (ya lo ha demostrado la pandemia); y que ello nos debe servir para enriquecer la propuesta educativa, rompiendo barreras flexibilizando grupos y espacios en función del aprendizaje. Pero sin olvidar la cultura del esfuerzo y fomentando el interés y la curiosidad de nuestros alumnos. Una cosa, no quita a la otra.

De la biografía de los egiptólogos y orientalistas me quedé con el extraordinario esfuerzo, interés y dedicación de cada uno de ellos en favor de lograr su objetivo. De la propuesta de Gerver, con el sentido holístico, vibrante y motivador de lo que debe ser la escuela. Y, en contra de lo expresado en el editorial de El Mundo, sí, “aprender a aprender” es un objetivo loable que muchos colegios y corrientes pedagógicas llevan defendiendo años, incluso siglos (no, no es un concepto nuevo, ni se lo ha inventado la ministra Celaá), y no es contrapuesto a la cultura del esfuerzo o al compendio de conocimiento. Que se lo digan a esos primeros egiptólogos. “Aprender a aprender” es un esfuerzo intelectual ímprobo que supone estar desarrollando en nuestros alumnos, ya desde edades muy tempranas, cuestiones tan relevantes como el pensamiento crítico, la capacidad de investigación o el pensamiento creativo y todo ello, claro, sobre conocimiento.

Hay que tener los conceptos claros.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

 

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