El arte de cautivar con palabras

Susana Fuster: "las palabras influyen en los pensamientos y la memoria y son capaces de generar una determinada realidad".

La comunicación es como una bicicleta de marchas. Igual que la educación o la enseñanza. Para sacarle el máximo rendimiento  y conseguir una mayor eficacia hay que prestar atención al contexto y amoldar el pedaleo y el cambio de velocidades a las características del terreno, en este caso del alumno o del interlocutor. Parece de Perogrullo pero a veces se nos olvida. Al igual que el poder del lenguaje, capaz por si solo de motivar, influir y generar una huella positiva o negativa en los demás.

Si en cualquier escenario comunicativo esta es una máxima que no podemos descuidar, menos aún en el educativo, donde el profesor o el director del centro deben de preguntarse si las palabras que emplean a la hora de relacionarse con los alumnos, el claustro docente o los padres facilitan la conexión o por el contrario generan, inconscientemente, bloqueo y rechazo. No es solo el cómo comunicas sino también qué comunicas, porque dichas palabras crean realidades en la mente de quienes te escuchan.

Tan importante es el lenguaje no verbal como el verbal

 Lo comprobó la psicóloga Elizabeth Loftus y su colega John Palmer con 45 estudiantes de la Universidad de Washington, a los que dividió en cinco grupos. A todos ellos los sometió al mismo experimento. Les mostró un vídeo en el que aparecía un accidente frontal entre dos vehículos y les preguntó a que velocidad calculaban que había tenido lugar el impacto. Por supuesto, tenía truco. El verbo empleado en la pregunta fue diferente para cada grupo: ¿a qué velocidad se estrellaron, chocaron colisionaron, se golpearon, contactaron? Curiosamente, dependiendo de si el verbo  utilizado transmitía mayor o menor  sensación de gravedad, la velocidad que estimaron los alumnos fue diferente.  A los que se les preguntó por los coches estrellados calcularon una velocidad mucho más alta que, por ejemplo, a los que se les dijo que habían contactado.

La investigación pone de relieve como las palabras influyen en los pensamientos y la memoria y son capaces de generar una determinada realidad. Y no solo eso, también nos demuestra el cuidado con el que debemos elegir el vocabulario que empleamos cuando nos dirigimos a los demás.

Ya en el siglo XVIII Voltaire lo resumió de la siguiente manera: «Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento».

Los «pero», ese borrador universal, y otros desaciertos

Piensa en todos los momentos del día en los que tienes la necesidad de comunicarte ya sea con un estudiante, un compañero, un  miembro del centro escolar, un padre o una madre. Trata de recordar qué tipo de vocablos dominan en tu repertorio lingüístico, cuales utilizas con ellos y hasta que punto influyen en cómo reaccionan ante tus comentarios.

Ya sabes que, como si se tratara de un anuncio de publicidad subliminar, lo que dices está afectando de forma irracional a como probablemente se comporta. ¿Eres consciente de las palabras que empleas? ¿Sueles formular tus peticiones y comentarios en positivo o en negativo? ¿La forma en la que te expresas puede estar afectando a los resultados que estás obteniendo?

Llegados a este punto, vale la pena recordar que a la hora de cuidar la comunicación verbal, es importante:

Hablar sin recriminar. El objetivo es buscar soluciones y no  poner al descubierto los puntos débiles del otro ya que de ser así se sentirá juzgado y menospreciado, lo que dificultará el acercamiento. En este sentido, comunicarse desde la empatía y fomentando la escucha activa en el entorno escolar favorece un clima de mayor entendimiento y respeto entre las partes.

Diferenciar entre los verbos «ser» y «estar».  El primero (ser) etiqueta y propicia además la consabida Profecía Auto cumplida: «eres un desastre», «eres un vago», «eres incorregible», «soy un descuidado», «esta clase es la peor que he tenido en años». El segundo verbo (estar) describe una actitud y por tanto no es tan taxativo ni limitante. Conviene tenerlo en cuenta. A la hora de reforzar comportamientos positivos en el aula está bien utilizar el  verbo ser pero no si éstos son negativos.

Construir frases en positivo. O lo que es lo mismo, desterrar en la manera de lo posible el uso del «NO».  Ya conoces la famosa frase que da título al libro de George Lakoff : «No pienses en un elefante» y que inmediatamente hace que tu mente evoque con toda nitidez dicho animal. Por lo tanto, en lugar de expresar lo que NO queremos que suceda («no habléis tanto», «no dejéis los estudios para el último día», «no te comportes así», «no puedo más»), es hora de poner el foco en lo que Sí queremos. Es la manera más eficaz de orientarse hacia el resultado deseado

Prescindir de los «pero» . En PNL (Programación neurolingüística) se le conoce como el borrador universal. Tan pronto aparece en la frase, anula lo que inmediatamente le precede. «Habéis estudiado pero los resultados no son los deseados», «el informe escolar es correcto pero deberías poder explicarlo mejor», «tus alumnos han mejorado este trimestre pero siguen alborotando mucho». Con esta manera de hablar restamos importancia a los logros  de la otra persona (alumno, compañero, etc.) y evidentemente así lo interpreta nuestro interlocutor. Un consejo: es preferible cambiar el orden de la frase o  sustituir el «pero» por la conjunción «y».

Reformular, preguntar y validar. Un tres en uno. Cerciorarse de que se ha comprendido el mensaje que nos han transmitido, preguntar para evitar malos entendidos y por último,  poner en valor lo que el alumno, el compañero o la otra persona ha manifestado.

Evitar dar órdenes. En ocasiones, la manera en la que nos expresamos es extremadamente directiva, imponiendo nuestro criterio y mermando la capacidad de los demás de decidir por sí mismos, sobre todo en el caso de que hayan varias opciones posibles o no importe el orden de ejecución de las mismas.

En definitiva, es precisamente nuestra capacidad lingüística la que nos diferencia de otras especies y nos permite transmitir conocimientos, motivar e incluso emocionar.

Como herramienta de comunicación, las palabras tienen una fuerza enorme. Pueden doler, hundir, herir. O calmar, reconfortar, animar, inspirar. Y en un entorno educativo cobran, además, una especial relevancia. De ahí que sea importante tomar un tiempo para elaborar ese mensaje que como profesor o director del centro quieres comunicar en cada momento y situación concreta.

Probablemente, con el paso del tiempo, ni los alumnos, ni los compañeros, ni el resto de la comunidad educativa será capaz de recordar al pie de la letra lo que les dijiste pero como decía la escritora y activista norteamericana, Maya Angelou, sí cómo los hiciste sentir. Y ahí reside el poder mágico y cautivador del lenguaje.

Susana Fuster. Periodista, Máster en comportamiento no verbal y detección del engaño y miembro del Consejo Editorial de ÉXITO EDUCATIVO.

Autora del libro: “Hijos que callan, gestos que hablan” (ed. Espasa).

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