El dios de las pequeñas cosas

Photo by Thomas Stephan on Unsplash

Esta es la historia de dos hermanos gemelos que viven en un “paraíso” comunista. Pongamos, en este caso, de un estado cualquiera y en un país cualquiera. En todo caso una ensoñación tan manida en nuestra historia reciente, que casi suena a mantra repetitivo y con toda seguridad, obsoleto y trasnochado.

Lo que nadie puede negar a estos dos gemelos es su capacidad de distraernos con sus “pequeñas” cosas. Su habilidad infinita para hacernos mirar la punta del dedo con el que señalan la luna (ese paraíso) y hacernos olvidar que el dedo lo sostiene una materia llamada Ser. Su capacidad inenarrable de hacernos olvidar que si a esa materia no se la alimenta de forma conveniente, tanto en cuerpo como en espíritu, ésta se degrada; o que si no se la sustenta con los nutrientes básicos (en cuerpo y alma), ésta degenera y muere de inanición. Todos, mientras, seguimos distraídos con sus dedos índice y mirando a una luna que no existe.

Es cierto que ellos podrán decir que nadie les puede acusar de filibusteros o farsantes. Ya nos lo advirtieron. Su objetivo no es otro, nunca ha sido otro, que desmontar el cuerpo para encontrar la luna. Estos visionarios de “tres al cuarto”, se han procurado una cohorte de adláteres que han sabido entender bien sus intenciones y que colaboran gustosamente en procurarles ruido constante para despistar a la opinión pública y publicada, y que todos sigamos mirando obnubilados el dedo lunar. Lógico, en ese paraíso contar con una buena parcelita en el Mar de la Tranquilidad no es cosa que se deba desdeñar. Más aún si en el presente, servirles de poderosa Guardia de Corps te asegura poder alimentar tu “cuerpo personal” a base de mamandurrias y prebendas que siempre podrás vender bien entre los tuyos. ¿Qué ahora hay que cerrar los presupuestos?, saca rápido la Ley Celaá y así desviamos la atención y hacemos que todos estos pobres afortunados, que aún no saben que lo son, pero sí cuando lleguen a la luna que señalamos, se entretienen discutiendo de “naderías” y se olvidan de lo importante.

Para que no quepa duda alguna sobre mi postura, soy de los que creen que una ley educativa, la octava en cuarenta y pocos años (la OCDE recomienda que la vigencia de una Ley Educativa sea, al menos, de entre 15 y 20 años), no debe ser considerada “cosa menor”; debe haber sido consensuada; deben haber participado en su elaboración todos los agentes relevantes de la comunidad educativa; y, por supuesto, debe obviar aquellos aspectos que son superfluos y centrarse en lo verdaderamente importante que son nuestros hijos. Ser, por tanto, una ley que favorezca el desarrollo de la innovación en la propuesta educativa de los centros, en las dinámicas metodológicas y de aula, y entender la irrenunciable necesidad de atender las necesidades específicas de cada alumno en su desarrollo personal. Aspectos, todos ellos, que son los que realmente van a poder acompasar las necesidades de una sociedad en cambio constante. Se resume todo ello, en la necesidad de dotar a los centros (de Infantil, colegios, universidades, posgrado…) de una verdadera autonomía que les permita desarrollarse y aportar a la sociedad.
Pero para ellos no. Para nuestros gemelos, no.

Cada vez es más evidente que la superposición de la aprobación de la LOMLOE con la de los Presupuestos Generales del Estado no es cosa fortuita y solo obedece a la necesidad de cubrir con un tupido velo las cuestiones que verdaderamente les importan. Conseguir su luna. Cerrar los PGE y todo lo que ello conlleva de dilución de la esencia. De deconstrucción de una manera de vivir de la que hemos disfrutado en las últimas décadas.

Los designios del dios de las pequeñas cosas son así. Confundirnos con pequeñeces, conseguir que sigamos mirando su dedo inspirador que nos promete un paraíso lunar y, mientras, supeditar cualquier acción pública al logro del mismo.

No nos despistemos.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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