El discreto encanto de comunicar educando

Comunicar y educar son dos verbos que no siendo sinónimos, bien podrían serlo. La primera acepción de ‘comunicar’, Hacer a una persona partícipe de lo que se tiene, conjuga a la perfección con el fin principal de la educación, que parte de la premisa de todo docente de participar con otros sus conocimientos sobre una materia. Casi es preferible esa primera acepción de ‘comunicar’ para ‘educar’ que la que le corresponde en realidad a este segundo verbo, que es la de Dirigir, encaminar, doctrinar, de aparente menor dulzura y mayor autoritarismo.

Apreciaciones sensoriales al margen, que induce tramposamente el autor de este escrito solo por ligar con el objeto del mismo, la reflexión primera que debemos hacernos cuando nos proponemos comunicar nuestro savoir faire educativo es de qué modo queremos que la sociedad nos reconozca. Y en este punto es preciso distinguir entre reputación y popularidad. La reputación la pueden lograr nuestros hechos, convertidos en noticias que interesen a los medios de comunicación. Para la popularidad solo basta una determinada inversión publicitaria en esos mismos medios.

Pero, por norma general, una campaña de marketing suele ser algo puntual y pasajero. Es como el suflé, lo que bien saben las grandes compañías, que se ven forzadas a hacer publicidad a diario de sus productos, a pesar de su probado éxito; o puede ser que este sea consecuencia de dicho bombardeo comercial. No pocos se preguntan por qué empresas como Coca-Cola, El Corte Inglés o la ONCE, sobradamente integradas, están publicitariamente presentes a diario. La respuesta es muy sencilla: “Queremos que sepas que seguimos aquí”, el mensaje que le trasladan a sus clientes y al conjunto de la sociedad.

Porque, el ciudadano es olvidadizo por naturaleza, y el marketing y la publicidad desempeñan en este contexto el rol de educarle en el conocimiento permanente de una marca. Y hacerlo, además, desde el ingenio, la novedad, la sorpresa… que parezca que el refresco que se anuncia nada tiene que ver con el que el usuario ingería hace 30 años, aunque, lo más, seguro, es que la fórmula sea la misma.

Descrito esto, me pregunto por la fórmula ideal para promocionar las bondades de un centro educativo (mayormente privado) sin que sea necesaria una inversión potente y permanente en el tiempo, que con seguridad la mayoría no podrá soportar. En este terreno, como periodista, me manejo con mayor soltura que como publicista o profesional del marketing a la hora de afirmar que la reputación no se logra solo en un branded content, en un banner o por medio un pop-up. La reputación es contenido; contenido, sí, acompañado de publicidad, pero no solo eso.

Y el contenido tampoco consiste en escribir un bonito post o entrevistar a un personaje popular que nos dé buena imagen: el contenido, entendido como reputación neta, tal y como personalmente lo entiendo, deriva en sí mismo de la diaria actividad educativa, que es el primer menester de cualquier centro educativo.

Si no cuento con los profesores mejor cualificados y adaptados a mi oferta docente, si no dispongo de los medios materiales que favorezcan la práctica de esa docencia, si mis asignaturas no se adaptan a las necesidades reales de un mercado en permanente convulsión, o si mi vinculación con los padres de mis alumnos se reduce al cobro mensual de una cuota, es más que probable que a corto o medio plazo el único contenido que pueda suministrar a los medios de comunicación sea el del cierre de mi proyecto. Lo contrario generará por sí solo esas historias que tanto gustan a los periodistas y más aún leer a los ciudadanos. Parafraseando a Luis Buñuel, lo que podríamos llamar el discreto encanto de comunicar educando.

Luis Miguel Belda es director de comunicación del grupo CEF-UDIMA.

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