El enigma del cuarto Rey Mago

CARLOS TEIXIDOR CADENAS, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

En 2012 saltó a la opinión pública el debate sobre la relación con Andalucía de alguno de los soberanos que visitaron al Niño Jesús. El punto de partida fue que, en su último libro sobre la trilogía de Jesús de Nazaret, en la obra «La infancia de Jesús», parecía captarse de las palabras de Benedicto XVI que alguno de los sabios provenía de Tartessos, una fecunda región que se situaba entre Huelva, Cádiz, Sevilla, Badajoz y el Algarve portugués.

Aunque históricamente no es así, en este 2021 con cabalgatas desde la ventana, en que los Reyes Magos han hecho el largo viaje de Oriente entre mascarillas y PCR, reflexionaremos sobre el peso de estos soberanos en el devenir de nuestro país.

La Historia Antigua de España comenzó a finales del II milenio a.C. Se trataría propiamente de Protohistoria, pues la información escrita que se posee de esas culturas autóctonas no fue producida en el solar ibérico sino por foráneos.

Si en el año 753 a.C. Rómulo fue el primer rey de Roma, en la Península Ibérica el pionero en ostentar la “corona” fue Argantonio.

Sus dominios quedan agrupados bajo el topónimo de Tartessos que, a veces, se ha querido confundir con el maravilloso espacio descrito en la Biblia como Tarsis. Argantonio es el primer monarca histórico peninsular citado por las fuentes de la Antigüedad.

Los historiadores clásicos fijan su mandato en 630-550 a.C., por lo que se considera el año 670 a.C. como fecha aproximada de su nacimiento. Escritores romanos como Plinio el Viejo y Cicerón también abordarían su semblanza.

Junto con el significado de su patronímico, “hombre de plata”, habría que describir la incontable riqueza, sabiduría y generosidad que este varón atesoraba.

Pero, ¿cómo se desarrolló el primer reino español? Cada tres años, los buques israelitas volvían cargados de oro de un lejano lugar llamado Tarsis: “El rey Salomón tenía en el mar naves de Tarsis con las de Hiram (rey de Tiro), y cada tres años llegaban las naves de Tarsis, trayendo oro, plata, marfil, monos y pavones”. La cita procede del Libro de los Reyes, escrito en el siglo VII a.C., pero nos remite 3 siglos atrás, cuando la opulencia mineral del sur peninsular atraía hasta el otro extremo del Mediterráneo a los primeros navegantes semitas.

Desde esta primera mención, la nebulosa en torno a Tartessos no se ha desvanecido. Viajeros, filólogos y arqueólogos han buscado los restos de una civilización que floreció entre los años 1000 y 500 a.C., para caer luego en un olvido rodeado de conjeturas.

El dominio ha quedado envuelto por un aura enigmática. Y es que esta sociedad rica en minerales tan pronto ha sido identificada con la Tarsis bíblica- similitud fonética que parece llevar a error pues el lugar se hallaría en las inmediaciones del mar Negro-, como con el Jardín de las Hespérides- un rincón poético donde las ninfas vivían, a decir de los griegos, apacibles fiestas vespertinas entre las manzanas de la inmortalidad-.

En la bisagra entre dos épocas, de los Austrias a los Borbones, Tartessos emergió en la Historia de España. Frisando el siglo XVIII, ya de nuestra era, una mujer se enroló en la misión de engrandecimiento de su tierra con argumentos tomados del pasado. La artista sevillana Luisa Roldán, “La Roldana”, impregnó de ternura el Barroco. Lo hizo tallando escenas infantiles de la vida de la Virgen y de Cristo junto a los amargos momentos de la Pasión y de la Muerte. Luisa fue la escultora de cámara del último Habsburgo, Carlos II “El Hechizado”, y del primer Borbón, Felipe V.

Y, con el afán de legitimar el partido andaluz en la corte, incluyó en el cortejo de los Reyes Magos un cuarto emisario, el soberano de Tartessos. Hoy este Belén se encuentra en El Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Según La Roldana, este personaje iba vestido con calzas y gorguera. Atuendo que a su marido, a sus hijos y a ella les faltaba, pues el Alcázar de Madrid pagaba tarde, mal o nunca los encargos.

Habían cambiado mucho las cosas desde la época de Argantonio. Él sí parecía financiar altruistamente las empresas de sus «allegados» y socios. Para protegerlos de los persas, el soberano de Tartessos ayudó económicamente a los focenses en la construcción de su muralla y hasta les regaló un caldero valorado en un talento.

Y, volviendo a la identidad del hipotético cuarto monarca, ¿cuál sería su nombre? En Italia, se encuentran por primera vez escritas las denominaciones de Melchor, Gaspar y Baltasar para los tres dignatarios. Aparecen en el mosaico de San Apolinar el Nuevo, en Rávena. Las teselas datan del siglo VI. Como la estampa se circunscribe en la región de la Emilia-Romagna, evocando la noche de Reyes, en que es obligatorio soñar, al misterioso soberano lo llamaremos Emilio.

DRA. LAURA LARA MARTÍNEZ
DRA. MARÍA LARA MARTÍNEZ
Profesoras de la UDIMA
Escritoras Premio Algaba
Historiadoras de “Todo es mentira” en Cuatro

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