El error que durante algunos cursos taponó la FP como opción educativa viable

La estigmatización de la FP como una vía educativa de ‘tercera división’ y el nulo o complejo recorrido hacia la universidad retrasó durante años el éxito del que hoy disfruta la Formación Profesional, lo que se pone de relieve en el estudio ‘El Nivel de Habilidades en España: Cómo Resolver el Puzzle con Encuestas Internacionales’, encargado por FEDEA a la profesora e investigadora Montse Gomendio, quien fuera secretaria de Estado de Educación entre 2012 y 2015.

En España, apunta en su análisis, tras la transición a la democracia, la primera reforma que introdujo cambios en la arquitectura del sistema educativo fue emprendida por un gobierno socialista, por medio de la popular LOGSE. Aquello fue en 1990 e imitó lo que habían hecho otros gobiernos, especialmente en los países nórdicos. Sin embargo, aunque la intención fuera la mejor, a juicio de Gomendio “no tuvo en cuenta que el contexto era muy diferente. España todavía no estaba lista”.

Esto se debe a que, en 1990, España seguía rezagada en cuanto a la proporción de población que había terminado la educación secundaria, un elevado porcentaje de estudiantes abandonaba los estudios (40%) y muchos de los que se quedaban (más del 30%) optaban por la FP en el primer ciclo de secundaria, indica en su estudio.

En este sentido, la adopción de un ‘sistema global’ en España supuso la ampliación de la educación obligatoria, pero también “la supresión de toda flexibilidad durante esta fase, el retraso de dos años en el seguimiento entre los itinerarios académicos y de FP y la transformación de la FP en un callejón sin salida, ya que los estudiantes de FP de secundaria superior ya no podían avanzar al siguiente nivel de FP”.

Es decir, subraya Gomendio en su estudio para Fedea: “España copió un sistema concebido para países en los que la población estudiantil había alcanzado niveles más elevados de competencia y se habían reducido al mínimo las diferencias de cualificaciones”.

En consecuencia, se impuso un modelo concebido para poblaciones estudiantiles bastante homogéneas (en términos de rendimiento) a una población estudiantil heterogénea en la que la proporción de estudiantes con bajos niveles de competencia seguía siendo relativamente elevada. “Las consecuencias fueron terribles y el impacto se dejó sentir durante mucho tiempo”.

Y así fue porque la tasa de abandono escolar prematuro, que había venido disminuyendo durante años, comenzó a aumentar de nuevo a medida que “no se ofrecía ninguna opción a los estudiantes de bajo rendimiento y se desmoronaban”.

Las cifras eran elocuentes por entonces: La tasa de abandono escolar se mantuvo en torno al 30 % durante los próximos veinte años, mientras que los responsables políticos calificaron sistemáticamente la FP como “una vía ‘discriminatoria’ que impedía a los estudiantes desfavorecidos asistir a la universidad”. Tal fue el “estigma” que llevó a los estudiantes a abandonar el sistema educativo, en su mayoría sin título, en lugar de optar por la FP.

La reforma del PP, al auxilio de la FP

Poco se hizo para abordar el problema, hasta que la siguiente gran reforma implementada brevemente por un gobierno conservador, la LOMCE de 2013, revirtió la situación modernizando la FP, permitiendo una mayor flexibilidad al final de la secundaria inferior, construyendo puentes entre la EFP secundaria y terciaria, así como la vía académica. Como consecuencia de ello, el abandono escolar prematuro disminuyó drásticamente y sigue disminuyendo en la actualidad.

 

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