¿El líder nace o se hace?

¿El líder nace o se hace? He escuchado muchísimas veces esta pregunta y hasta hace un tiempo mi respuesta era inmediata: el líder nace. Me venían a la mente figuras que refrendaban mi respuesta: Santa Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Steve Jobs.

Y es que en el ideario colectivo existe la idea de que el líder es esa persona carismática, que arrastra con su don de gentes, su poderío y con una seguridad arrolladora que va desprendiendo a su paso.

Y es entonces cuando recuerdo, siendo niña en el colegio, a las “populares”: aquellas niñas con las que todas queríamos jugar, ser invitadas a sus fiestas y sentarnos con ellas en el autocar (al final de todo, por supuesto) cuando íbamos de excursión.

Así que, como muchas personas, crecí pensando que ser popular, líder o la “más guay” de la clase, venía dado por una determinada forma de ser otorgada de forma natural.

Pero al igual que se ha demostrado que el coeficiente intelectual y unos excelentes resultados académicos obtenidos en la escuela no determinan el éxito en la vida (como ya Daniel Goleman nos recordaba), el ser líder tampoco tiene una relación directa con nuestra carga genética.

Es evidente e innegable que existen personas que tienen un imán particular. Pero no olvidemos que nuestra personalidad se moldea, se va tallando a lo largo de la vida. Nuestras vivencias, éxitos, caídas, las personas que nos rodean y las relaciones humanas que tejemos, van dejando una huella indeleble en nosotros. Y es que el ser humano tiene una plasticidad maravillosa.

Aun así, el que la vida te moldee en positivo, que saque lo mejor de ti mismo, no depende de lo que te pasa, sino de cómo lo vives, es decir, hay una parte de actitud y de toma de decisiones importantísima. Si lo queremos es sacar provecho a la vida, exprimirla y tener “una buena vida”, es importante que podamos extraer el máximo partido a lo que nos sucede.

¿Y eso cómo se hace? Te señalo algunas ideas que te pueden ayudar a convertirte en un LÍDER, pese a que quizá sientas que no seas o no hayas sentido ser nunca una persona carismática en tu niñez o adolescencia.

  1. Autoconocimiento: somos los protagonistas de nuestra vida, la única persona que nos acompañará a lo largo de nuestro recorrido vital hasta llegar a la muerte. ¿No merecerá esto conocerla a fondo? ¿No es algo digno de un compromiso con anillo de pedida y pedrusco incluido? Fuera bromas… No negaré que es mucho más sencillo y liviano conocer a los demás que a nosotros mismos. Ya lo dice el evangelista San Lucas, 6, 37-42: ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? El proceso de autoconocimiento dura toda la vida, es un camino que se recorre dando pequeños pasitos: cada día, cada reto que nos plantea la vida es una oportunidad maravillosa para escudriñarnos, estudiar nuestras reacciones, las emociones que nos ha generado y cómo las hemos gestionado, la huella que ese suceso ha dejado impresa en nuestro cerebro límbico y racional… En muchas ocasiones podremos necesitar ayuda profesional para hacer esta inmersión en nuestro interior, alguien que nos ayude a profundizar en nuestro yo. Es una tarea ardua pero que vale la pena. Rodéate de personas que te digan, no lo que quieres oír, sino lo que necesitas oír para ser tu mejor versión.
  2. Aceptación: esta parte no es sencilla. Aceptar aquello que no te gusta de ti mismo y asumir que te va a acompañar el resto de tu vida, supone realizar un proceso de aceptación importante. Hace falta una gran dosis de humildad. Pero la aceptación no debe confundirse con el conformismo. Me genera mucha impotencia escuchar la frase “yo soy así, a quien no le guste…”. Cada día es una nueva oportunidad para trabajar en tus defectos, en tus áreas de mejora, en todo aquello que te limita el crecimiento. Al igual que para potenciar tus talentos.
  3. Autoestima: hemos de ser el amor de nuestra vida. Y no hablo de egolatría. Conocernos y aceptarnos son los pasos previos para amarnos. Puede establecerse una similitud con la relación de pareja: el amor verdadero es un acto de voluntad que se da tras haber superado el efecto “enamoramiento” y esa persona empieza a ver a su pareja tal cual es, sin hormonas que nublen el juicio. Somos maravillosas “naranjas enteras” (nada de buscar medias naranjas, otra idea que hemos metido a nuestros jóvenes en sus mentes, lo que supone que establezcan relaciones de dependencia y sumisión). No necesitamos a otra persona para ser nosotros mismos. Podemos encontrar personas que nos acompañen en algunos tramos de nuestra vida y que nos empujen a ser mejores, estableciendo relaciones enriquecedoras, pero siempre basadas en la libertad personal, nunca en la dependencia. Así que, querámonos, comprometámonos con nosotros mismos, siendo compasivos y comprensivos ante nuestra vulnerabilidad pero también autoexigentes.
  4. Metacognición: tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestros pensamientos, de las emociones que nos genera lo que nos sucede (poniéndoles nombre y ubicándolas en nuestro cuerpo), de nuestros sesgos cognitivos, de las creencias limitantes que nos impiden avanzar y crecer… es fundamental para transformar las situaciones que nos toca vivir en oportunidades de crecimiento personal. Hacernos preguntas cómo: ¿qué hubiera podido hacer mejor? ¿si volviera a vivir esta situación, qué me gustaría cambiar? ¿de qué me siento orgulloso? ¿qué impacto ha tenido lo que ha sucedido en mí? ¿quién puede ayudarme?

A estos puntos, le sumaría otros muchos que vinculo a las Funciones Ejecutivas, que tanto Pellicer como Marina abordan en su libro “La Inteligencia que Aprende”: la atención, la activación, la motivación, la gestión emocional, el control de la impulsividad, la elección de metas, el inicio de la acción y la organización, el mantenimiento de la acción, la flexibilidad o la memoria. Porque de la METACOGNICIÓN ya hemos hablado. Ya abordaré otro día el tema del Liderazgo partiendo de la idea de la Funciones Ejecutivas.

Pero hoy quería compartir contigo, querido lector, que tú, buceando en ti mismo, haciendo un trabajo personal, puedes ser un líder que arrastre a los demás, dando ejemplo de lucha personal, de inconformismo vital. Porque el líder SE HACE, y se hace cada día. Porque aquel que haya nacido con esas virtudes que asociamos al liderazgo de serie, sin este trabajo de pico y pala personal, no conseguirá ser un buen líder.

Anabel Valera Ibáñez, directora de Colegio Lleó XIII y directora ejecutiva de la Red de Directivos de Instituciones Educativas en España REDIE

 

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