El Maestro Da Vinci

Leonardo da Vinci

Hace 500 años, en 1519, moría Leonardo da Vinci. Pero, lejos de decir adiós, este polifacético ser humano se quedaba para ayudarnos a reflexionar en esta era que empieza a denominarse de la posverdad, término que a se nos antoja una manera fina de denominar a la mentira. Todo historiador, todo profesor, todo periodista, todo individuo en definitiva, debe obediencia a la verdad y, pese al ruido del debate, nos resistimos a pensar que la verdad se haya desterrado de la vida cotidiana. Lo mismo que consideramos que hay que tomar con cautela la excesiva segmentación del saber.

La docencia estuvo muy presente en la vida de Leonardo. Primero fue alumno en las artes plásticas. Desde su primera incursión pública, cuando estaba en el taller de Verrochio y pintó unos dulces ángeles en el Bautismo de Cristo, este muchacho estaba convencido de que solo el arte es capaz de perpetuar la belleza. “La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega”.

Pero también fue maestro de sí mismo, ya que en muchos terrenos fue autodidacta, y quiso mezclar principios procedentes de disciplinas aparentemente inconexas. Leonardo entendía la pintura como una ciencia, no se limitaba a imitar la realidad sino que para él hacer obras implicaba la aplicación de los principios de la filosofía y de la geometría. “Son vanas y están plagadas de errores las ciencias que no han nacido del experimento, madre de toda certidumbre” solía afirmar, mientras buscaba modelos y escenarios reales en los que inspirarse, para que sus lienzos narraran solo la verdad.

Como puede apreciarse en La última cena- mural que tanto ha dado que hablar y que está situado en el refectorio del convento milanés de Santa María de las Gracias- no se conformaba con plasmar estampas. Su objetivo iba más allá, anhelaba representar valores, como los de la denominada triada platónica. Esta alegoría del mundo clásico, rescatada en el Renacimiento, estaba formada por la Verdad, la Bondad y la Belleza. Una terna que nunca debería pasar de moda. Tan interiorizado estaba en sus contemporáneos que Leonardo era una persona que, a través de la erudición, había acentuado su bonhomía, que el semblante de Leonardo es la cara de Platón en La escuela de Atenas, recreada por su colega Rafael Sanzio en El Vaticano.

Leonardo tuvo claro que la biología es lo que permite existir, pero que sin libertad no hay vida. Por eso se ató poco a sus mecenas, aunque trabajó como artista en la Florencia de los Médicis, en el Milán de los Sforza, en la Roma de los papas, en la Francia de Francisco I… Siempre defendió la libertad del autor y, al unísono, la libertad de cátedra, sirviéndose del lenguaje de los pinceles. Fue precoz en la idea de ser un intelectual independiente y se negó a pagar el excesivo precio del vasallaje.

Un personalidad polifacética

Por probar experiencias hasta hizo de espía, cuando se unió al séquito de César Borgia, el hijo de Alejandro VI, el pontífice español. Como César reunió para sus campañas a muchos capitanes de la Península Ibérica, como Hugo de Moncada o Ramiro de Lorca, Da Vinci coincidió con ellos por Siena, Urbino y Arezzo. De aquel entrenamiento el toscano adquirió interesantes informaciones, sobre todo en lo concerniente a las fortalezas hispanas, que eran consideradas como las más avanzadas de Europa. Así pues, también podemos considerar a Leonardo instructor en geoestrategia, misión que cada vez resulta más necesaria en la organización empresarial y en la gestión de centros educativos.

Del mismo modo, Leonardo fue docente también para otros. El sabio creó un semillero de vocaciones, como atestiguan sus fieles discípulos, Andrea Salai, que le sirvió de modelo, y Francesco de Melzi, quien lo acompañó a Francia, ejerciendo como secretario y ayudante suyo pues en la recta final no podía usar la mano derecha.

Y, después de su muerte, acaecida un 2 de mayo en Amboise, a la orilla del Loira, con la escritura a modo de espejo que tanto le divertía trazar, a buen seguro que Leonardo se alegraría cuando en Milán le levantaron una estatua en la Piazza della Scala.

La inauguraron en 1872, cuando Italia se acababa de unificar. Él que no tuvo hijos ni sobrinos, en la efigie aparece pensativo ya maduro, con la cabeza cubierta, túnica y larga barba. Y posa como más le gustaba estar, rodeado de sus alumnos, convertidos pese a su distancia generacional, en compañeros y amigos.

Desde el pedestal, pronuncia su último discurso como aviso al estudiante de todos los tiempos: “Fija tu rumbo a una estrella y podrás navegar a través de cualquier tormenta”.

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