El país más rico del mundo

El país más rico del mundo es el lema de una campaña institucional sobre las delicias de la gastronomía española. Muy bien elegido el mensaje y brillante la campaña protagonizada por uno de los grandes embajadores de nuestra cocina, el asturiano José Andrés. Desgraciadamente, no vengo a hablarles de la cocina española y los deliciosos productos de nuestra agricultura, ganadería y pesca, sino del manejo de los dineros de ese país “tan rico”. A la vista de cualquier extraterrestre, o sin irnos tan lejos de cualquier extranjero, viendo con la alegría que se gasta el dinero público, el de todos nosotros, podríamos llegar a pensar que somos, efectivamente, el país más rico del mundo.

Millones de euros para compañías aéreas ruinosas y desconocidas, sobrecostes en obras públicas, el reguero que se ha ido en las innumerables tramas corruptas, millones de euros en asesores nombrados a dedo, dispendios en caprichos personales de ministros pagados con el dinero de todos…. La lista podría ser interminable y no se trata de culpar a los unos o a los otros, pues aquí quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. No hace falta ser premio Nobel de Economía para saber que en España el dinero de todos, extraído cuando no esquilmado a los sufridos contribuyentes, no se gasta con eficiencia cuando no se dilapida directamente. Cuando alguien cuestiona la política fiscal y los altos impuestos, especialmente para las clases medias (las grandes fortunas ya tienes SICAV y paraísos fiscales), rápidamente los políticos derrochones nos dirán que los impuestos se van principalmente a Sanidad y Educación, su mejor coartada. Si quieren saber a qué se destinan los impuestos pasen y lean, más de uno se llevará una sorpresa y a otros se les verán sus vergüenzas.

Para no perder el foco a nuestro ámbito educativo, nos fijaremos únicamente en los gastos, o mejor dicho inversión, en Educación y por extensión y dada su relación, en Ciencia. Cuentas y no cuentos: solo el 4,21% del PIB español se dedica a la educación, frente a los 7,46% de Islandia, 7,98 € de Noruega, 7,63% de Dinamarca, por no irnos tan lejos, el 5,46% de Francia o 4,88 % de Portugal. Es cierto, que en los últimos Presupuestos Generales del Estado la partida de Educación ha aumentado. Eso es bueno y lo aplaudimos. El problema es que debería destinarse más y mejor dado nuestro secular atraso y nuestros tristes resultados en distintas evaluaciones internacionales. Y dinero hay como demuestran los múltiples despilfarros.

Muy unido a la Educación está la Ciencia. El hecho de separar ambos ministerios (junto al de Universidad), lejos de mejorar cada uno de los apartados, más bien solo parece justificarse desde el reparto de carguitos y sus inseparables paguitas. Durante la pandemia todos hemos podido comprobar la importancia de la Ciencia como la única arma capaz de salvarnos del atolladero de esta enfermedad, pero también del colapso económico. Sin embargo, en España observamos con indignación e impotencia cómo nuestros sufridos y heroicos científicos del CSIC trabajan en su vacuna con un exiguo presupuesto de 700.000 euros, proyecto dirigido por un científico de 76 años, Mariano Esteban, y que dirige a 11 personas sin contrato fijo. Situación similar a la que viven los neurovirólogos de la Universidad Autónoma de Madrid que investigan un tratamiento para combatir el coronavirus y que tienen que recurrir al crowdfunding. Me pregunto qué pensarán cuando vean el despilfarro constante y la desvergüenza con la que se justifica. Parece que el ministro Pedro Duque ha presentado un ambicioso plan para incrementar el gasto en Ciencia, especialmente con el maná que llegará de Europa. Bienvenido sea. Sin embargo, esto no debe desviarnos de exigir con contundencia más dinero para Educación y Ciencia y para ello hay que gestionar mucho mejor el dinero y gastarlo en lo que se tiene que gastar pues como se ha demostrado dinero hay para lo que se quiere.

Mientras tanto seguiremos siendo el país más rico del mundo, pues tras siglos y siglos de saqueo y despilfarro, todavía queda para vino, jamones y gambas.

Víctor Núñez, director general de ÉXITO EDUCATIVO y profesor universitario

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