¿Y si el siglo XXI nos acerca al S. XIX?

Pedro Carreras

Puede que estemos ante una paradoja y que, en algunos aspectos, el presente siglo XXI pareciera llevarnos más cerca del siglo XIX de lo que suponemos.

En estos días estamos viendo, leyendo y escuchando diferentes opciones y alternativas para arrancar el curso 2020/2021 y cumplir con las recomendaciones sanitarias y el concepto de prudencia que se ha instalado en nuestras vidas cotidianas. Son pocos los meses que quedan para tomar decisiones y, el escenario, lejos de aclararse, cada vez se enturbia más.

Son muchos los elementos e intereses que hay en liza a la hora de evaluar y decidir la forma de arrancar el curso. En nuestro caso, nos centraremos en aquellos que afectan a la educación superior y a la movilidad estudiantil.

Hasta el día de hoy, parecen mayoría las señales que muestran que uno de los caminos posibles -como garantía de mantener la que hasta ahora se ha mostrado como la medida más eficaz para reducir el ritmo de expansión de la pandemia- es la de optar por un modelo virtual.

En su opción más pura implicaría, entre otras cuestiones, una profunda revisión de la metodología docente. Aun sin tener en cuenta las más que seguras reticencias de los actores involucrados (docentes, PAS y personal laboral) para que el proceso tenga una cierta garantía de éxito, necesitaría más tiempo de los apenas cuatro meses que quedan para el inicio del curso.

Ahora bien, y de ahí el título, un importante número de alumnos verían reducidas sus posibilidades de acceder a la experiencia de vivir en una gran ciudad. Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más relevantes del S. XX arrancaba uno de los volúmenes de su trilogía con la afirmación de que la inmensa mayoría de la población del siglo XIX nacía en su pueblo y moría en su pueblo. A lo largo de su vida no conocía otro ámbito geográfico en el que desarrollarse.

Al contrario que el mercado laboral, la Universidad, especialmente tras la adopción de la política de distrito único, ha funcionado como evidente motor de la movilidad nacional interna. A pesar de la “descentralización” universitaria, la Comunidad Autónoma de Madrid y la Comunidad Autónoma de Catalunya siguen ejerciendo un importante efecto llamada sobre la población estudiantil nacional.

En el curso 2017/2018 las universidades madrileñas acogían a 61.249 estudiantes (grado) no madrileños de los que 26,37% procedían de Castilla la Mancha, 13,98% de Andalucía y un 13,22% de Castilla y León. Más lejos aparecen Canarias, Galicia y Extremadura con un 6,73%, 6,56% y 6,17% respectivamente.

Para el curso 2018/2019 se incorporaron 11.891 nuevos alumnos de fuera de Madrid al sistema público universitario madrileño. Un 18,9% tenían la Comunidad de Castilla la Mancha como origen, un 11,2% la Comunidad Autónoma de Andalucía y un 9,9% la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Algo parecido ocurre con la Comunidad Autónoma de Catalunya, aunque, en este caso, su área de influencia viene condicionada, entre otras cuestiones, por el idioma.

No es casual que, para el curso 2017/2018, de los 13.287 estudiantes (grado) con origen diferente a la comunidad, el núcleo más importante fuera el de los procedentes de la Comunidad Autónoma de les Illes Baleares (35.43%) seguidos por los de la Comunidad Autónoma de Valencia (17.71%) y, en menor medida, la Comunidad Autónoma de Aragón (11,57%).

Eliminado el servicio militar obligatorio que implicaba un movimiento/mezcla interprovincial, interclasista e intercultural, la Universidad es uno de los pocos elementos que incitan a la movilidad interna en España; al intercambio de visiones (rural/urbana); a la convivencia de perspectivas y modelos socio económicos diferentes (clases populares/medias/altas).

Esta movilidad, sin duda coadyuva y favorece a una mayor vertebración de una entidad nacional colectiva y genera un sentimiento de pertenencia más allá del localismo.

En un país con una fuerte tradición histórica de tensiones centrífugas, la Universidad ha servido, con mayor o menor acierto, como un elemento de distensión de las mismas.
Tampoco debemos olvidar que la movilidad universitaria produce un trasvase de renta del campo a la ciudad a cambio de una transferencia de conocimiento que puede, o no, quedarse en el campo. Sectores como el inmobiliario, especialmente entre los pequeños tenedores de viviendas -la opción preferida por los estudiantes-, la hostelería, el transporte, el ocio y la cultura, entre otros, son receptores netos de esa transferencia.
Ciudades en las que la presencia de una Universidad o de un Campus (por ejemplo, Salamanca, Zaragoza, Plasencia, Mérida, Almadén, etc.) son claves para su desarrollo económico, pueden ver muy afectado el mismo dependiendo del modelo adoptado (presencial/on-line/blended).

Son muchos los planos que se deben tener en cuenta a la hora de tomar decisiones. Las prisas no suelen ser buenas consejeras.

Pedro Carreras, Coordinador de Relaciones Institucionales de Madrideasy

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