El trabajo en equipo en las organizaciones: la significación de “Los 300”

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España, Madrid, estadio Santiago Bernabéu el 11 de julio de 1982, 16:00 h. (la gran final es a las 20:00 h.). Los asientos se derretían bajo el sol y probablemente S.M. D. Juan Carlos I daba cuentas del chuletón que compartía con el presidente de la República Italiana, D. Sandro Pertini en alguno de los restaurantes de la zona. Todo eran nervios y, para los italianos, la victoria era más que incierta. Tocaba batirse contra la feroz Alemania de los Breiner, Rummenige, Litvarski, Stielike y Schumacher. Ahí es nada. Lo hacían, por cierto, después de haber ganado en las “semis” al Brasil de Toninho Cerezo, Zico, Sócrates, Eder y Falcâo. Harina de otro costal.

La semifinal, absolutamente agónica para cualquier milanés o napolitano, había concluido con un 2-3 favorable a la “escuadra azzurra” en unas circunstancias absolutamente inexplicables habida cuenta del futbol maravilloso que había desplegado Brasil, gracias a sus estrellas, durante todo el campeonato. “O jogo bonito” lo llamaron. Italia, que había recuperado a su máximo estandarte tras una sanción por amaño de partidos, dos meses antes de empezar el mundial, no contaba como favorito en ninguna de las casas de apuestas de todo el mundo. Si no recuerdo mal, más de 30 años sin oler “las mieles del triunfo”. Su juego era feo, pero efectivo. Su delantero, Paolo Rossi, desgarbado, era lo menos estético que había creado la humanidad después de las bodas “a lo Elvis” de Las Vegas. Y, sin embargo, ese equipo tenía una virtud. Era un equipo. Con Zoff (Dino para los amigos) de baluarte y Rossi de “palomero”, Enzo Bearzot (el entrenador), supo crear unas dinámicas que hicieron que el grupo se considerara como tal y que creyeran que la victoria era posible.

Italia ganó el mundial. Y aún recuerdo, con la sonrisa en la boca, los saltos del presidente de la República Italiana en el palco, aún cuando S.M. El Rey trataba de agarrarlo para que no perdiera la compostura, celebrando la victoria sobre los teutones.

Déjenme trasladarme en el tiempo, y háganlo conmigo, unos 25 siglos atrás.

Estamos en el año 480 a c., agosto, en Las Termópilas, Grecia, 14:00 h. El sol abrasador cae a plomo sobre los hoplitas griegos y sus cascos de bronce. Algunos pocos miles de hombres, espartanos y aliados griegos, bloquean un angosto desfiladero situado en algún lugar de esa Grecia que no lo era -las polis eran independientes-. Al frente del mismo se encontraba – tras la vergüenza sufrida por no haber apoyado a la confederación, años antes, en la batalla de Maratón- Leónidas I. Y frente a él, Jerjes I y 250.000 hombres (Heródoto hablaba de 2.000.000 de efectivos, pero debía ser andaluz y aún no lo sabemos y tenemos que reivindicarlo). Solo un objetivo: que los persas no hicieran una “pinza” tierra-mar al resto del ejército griego. No pasarán. Tras tres días de dura batalla, los suficientes para dejar que el resto de los ejércitos de las polis griegas que luchaban contra el invasor pudieran reorganizarse, la batalla concluye con una sonora traición, pero con el éxito de haber retrasado el primer impacto del ejército persa y la irremediable renuncia de estos a conquistar territorio griego.

Estas dos anécdotas, que no lo son tanto, y que tantas veces se han dado a lo largo de la historia, me sirven para ilustrar la importancia de una serie de aspectos esenciales para el éxito de cualquier organización:

  • Un objetivo común perfectamente claro y bien focalizado.
  • Aprovechar las condiciones externas para articular una estrategia que nos guíe al éxito.
  • La importancia de establecer relaciones humanas en el grupo para conseguir alinear los intereses.
  • La preparación física y mental de nuestro equipo para afrontar los retos necesarios.
  • La visión y la necesidad de trabar tácticas internas para lograr la cohesión del grupo, tanto emocionales, como físicas, para afrontar el “combate” en ciernes.

Este artículo trata, claro, de la importancia del trabajo en equipo. Me habrán permitido la licencia de referirme a dos acontecimientos que, por edad y formación, me suscitan gran interés. Nací con Naranjito y la Mirinda y, aunque no sea la época de la historia que más me interesa, la epopeya de la batalla de las Termópilas es un acontecimiento de tal relevancia, que ningún historiador puede dejar de lado.

Todas las organizaciones, los centros educativos, públicos, concertados y privados, deben afrontar su razón de ser siendo conscientes de la importancia que tiene el equipo docente (y no docente) con el que cuentan para llevar a cabo los objetivos que se proponen. Han de tratar de alinear a todo el personal, a través de la comunicación y la convicción, para lograr la consecución de  los objetivos que se hayan marcado. Es necesario que sean conscientes de que se encuentran en un contexto – la mayor parte de las veces hostil- en el que deben saber manejarse y donde es necesario que sepan encontrar el factor diferencial que les otorga una ventaja competitiva. Es necesario, también, que sepan valorar la importancia de crear lazos estrechos entre la comunidad (incluyendo a las familias y alumnos) para que conviertan el éxito en un logro comunitario. Aunque sea una quimera.

Todos quisiéramos tener un Zico, Rummenigge, Viriato, Jerjes I, por qué no decirlo, hasta Hitchcock (no ganó un solo Oscar) o Napoléon… pero la realidad es que a todos ellos los batieron equipos bien engrasados, concienciados, comprometidos y trabajados.

Lo ideal, por supuesto, es contar con un conjunto de grandes y comprometidos miembros que complementen al resto de grandes individualidades que conforman el equipo, para hacer de ello un gran grupo que haga comunidad. Si no es posible, me quedo con el equipo frente al “estrella” de turno.

El hombre que olvida su historia, está condenado a repetirla.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistema

 

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Author: Redacción

Redacción de Éxito Educativo, información sobre la actualidad educativa, especialmente toda la relacionada con la gestión lo centros.

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