Elogio de la verdad

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Una ensoñación es una distorsión de la realidad. Una mentira es la utilización interesada de la realidad distorsionada. Suenan parecido, pero no son lo mismo. En un caso se presupone una carencia de análisis adecuado de la realidad. Y, en el otro, la incorporación “inteligente” de factores que sirven para la ocultación o el engaño.

Esta sociedad se está acostumbrando con demasiada facilidad y pasmosa celeridad a admitir la treta, la mentira, como una herramienta lógica y aceptable en las relaciones humanas. No hablo solo de política, también del mundo empresarial, de las relaciones laborales y, como no, de las personales. No solo se admite, sino que, en muchos casos, se premia y celebra.

Hace unos meses, a raíz de distintos casos relacionados con personajes públicos que habían “sido cazados” manipulando sus currículums vitae, ya fuera atribuyéndose titulaciones que no eran tales, o haciendo evidente que los méritos académicos de los que presumían no se debían a su esfuerzo o trabajo, se puso de moda hablar de herramientas de control de copia. Para el lego en la materia es preciso señalar que actualmente en el mercado hay distintas aplicaciones que permiten identificar si un texto ha sido copiado literalmente sin que se cite al autor de éste, o que nos señalan incluso que porcentaje de un libro o una tesis doctoral ha sido extraído directamente de una fuente primigenia e incorporado, sin tratamiento ni rubor, a la nueva producción. Es evidente que si se ha desarrollado este tipo de herramientas es porque el mercado ha detectado que se producían con demasiada frecuencia este tipo de situaciones. Lo que en sí mismo ya es bastante significativo. De la misma manera que es conveniente recordar que hay espacios web, como el Rincón del Vago (significativo nombre, por cierto) que llevan operativos más de dos décadas donde nuestros alumnos pueden ir a descargarse textos para incorporar a sus trabajos; cuando no, directamente, presentarlos como suyos.

¿En qué estamos fallando? ¿Por qué una dinámica tan poco satisfactoria y satisfaciente se ha extendido en nuestra sociedad? ¿Puede hacer algo la escuela? ¿Este tipo de valores no debería inculcarse intensamente en todos los órdenes de nuestra sociedad?
La verdad, como arquetipo de valor del Ser Humano, debería ser algo muy arraigado, apreciado y protegido en nuestras sociedades, pero se antoja como algo difícil de conseguir si lo que nuestros hijos ven en la televisión es a un Presidente de EEUU saliente, acusando al futuro Presidente, de engaño, timo, chalaneo. Y viceversa. O si, como mencionaba anteriormente, uno miente impúdicamente a sus ciudadanos y no se produce una dimisión inmediata. De igual manera ocurre cuando los videojuegos de nuestros hijos banalizan, si no premian, la mentira. O, finalmente, si se permite que, sin importar la seguridad del resto de los ciudadanos, uno intente buscarse “la excusa perfecta” para asistir a una fiesta tumultuosa en plena pandemia.

Debe ser la escuela, sí, pero también la familia, los amigos, nuestras relaciones habituales, quienes establezcamos y reforcemos formas básicas de relación en las que la verdad sustituya al “arte de engañar”. Debemos ser exigentes con cuestiones que luego configuran una sociedad y que moldean las relaciones del “Todo”.

En los procesos de enseñanza-aprendizaje, asumir el error implica construir y consolidar ese aprendizaje. Además, si el carácter de la corrección no es punitivo, sino constructivo, lejos de dañar nuestra autoestima, servirá para fortalecer nuestro sentimiento de que nos convertimos en verdaderos arquitectos de nuestro saber. Configuramos nuestro conocimiento de forma gratificante. Pero todo ello pasa por ser conscientes de que, sobre ese error, construiremos. Es necesario trasladar a nuestros niños, jóvenes, que en nada ayuda a su desarrollo cimentar su “conocimiento” sobre la mentira o el engaño. Ni ellos se sentirán satisfechos; ni ese conocimiento se habrá consolidado para poder abordar etapas posteriores más exigentes. Peor aún, se corre el riesgo, además, de convertirlo en un “modus vivendi” poco deseable.

No lo tenemos fácil, pero no debemos ser nosotros quienes desistamos.

Terminaré diciendo, que aun siendo Rinconete y Cortadillo culpables como los que más, el problema viene, a lo que parece, porque hay demasiados Monipodio que con su ejemplo no ayudan en nada.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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