Emilio, o la educación

H. Rousseau (graphic designer), E.Thomas (engraver)Augustin Challamel, Desiré Lacroix / Public domain

En este inicio de curso 2020/2021, lleno de incertidumbre ante la segunda ola de la pandemia, nadie sabe el tiempo en que los colegios podrán estar abiertos.
De acuerdo a la información transmitida en las últimas semanas durante las comparecencias del ministerio de Educación y de los responsables de las diferentes comunidades autónomas, las aulas se abren en septiembre con las adaptaciones lógicas para seguir enseñando, a la vez que se trata de proteger del coronavirus a profesores y a alumnos. Con nuevos criterios organizativos de los grupos, el trabajo de los rastreadores y mediante el uso de dispositivos técnicos, como mascarillas y mamparas, se trata de preservar la salud pública.

Y en esta coyuntura viene al recuerdo el que fue el primer tratado sobre filosofía de la educación en Occidente. Lo escribió el pensador ilustrado Jean-Jacques Rousseau en 1762. El título del libro es «Emilio, o de la educación».

Se trata de una novela pedagógica protagonizada por un niño, Emilio, que procede de una familia acomodada pero que, al quedarse huérfano, crece lejos de las convenciones urbanas. Tomando como ejemplo la historia de Robinson Crusoe (el best seller del momento, escrito por Daniel Defoe), aprende una profesión y se percata de que manera espontánea, van surgiendo en él los sentimientos morales.

¿Existe un instinto natural a ser educado? ¿En qué medida la naturaleza alienta la vocación de vivir en un orden social?

El Emilio se divide en cinco “libros”, dispuestos cronológicamente en función de la edad del niño, por lo que los tres primeros están dedicados a la infancia, el cuarto a la adolescencia, y el quinto a la participación civil.

La labor del preceptor se presenta como innovadora para el siglo XVIII, pues el maestro no impondría la teoría sino que intentaría que los hechos despertaran la curiosidad del pupilo. Por este motivo, le formularía preguntas para que reflexionara y encontrara la solución.
Pauta, paciencia y sorpresa son, en el siglo de las Luces y en el del móvil, las claves del itinerario formativo.

En el primer período, de 1 a 5 años de edad, Emilio fortalecería su cuerpo. En el segundo ciclo, de los 5 a los 10 años, el niño viviría siempre en el campo para adquirir la experiencia del mundo externo. En la tercera fase, de los 10 a los 15 años, Emilio sería un observador sagaz, que podría extraer sus propias conclusiones, por lo que iniciaría su preparación intelectual. Al estudio de las ciencias naturales (en las que Rousseau incluía la geografía y las matemáticas) se sumaría el aprendizaje de un arte manual (como la ebanistería).
En la cuarta etapa, de los 15 a los 20 años, Emilio quedaría socializado completamente y perfeccionaría su razón con el sentimiento porque ambas dimensiones son necesarias para alcanzar el equilibrio y encontrar la felicidad. De este modo, Emilio comenzaría a comprender emociones, y podría ser introducido en la religión, no de un modo doctrinal (pues tendría la posibilidad de elegir) sino para meditar en torno a conceptos como “alma”. Además, en el despertar a la juventud, Emilio empezaría a escuchar la voz de la conciencia, y a plantearse dilemas.

La doctora María Lara con un prototipo de robot

No obstante, al llegar a la etapa adulta, Emilio decidiría que su tiempo educativo aún no había finalizado. Viajaría y descubriría otras culturas. De este modo, a su regreso, pondría en práctica la experiencia como ciudadano en una república libre de convencionalismos. “Somos curiosos en proporción con nuestra cultura” sostenía Rousseau, apuntando a que cuanto más conoce el individuo, mayor es el ansia de indagar.

La obra supuso un revulsivo en el momento, en tanto en cuanto agitaba las conciencias en unos súbditos que se preparaban para la caída del Antiguo Régimen, mediante la Revolución. De hecho, nada más ser publicado, el volumen fue quemado en París y en Ginebra aunque, a partir de 1789, volvería a marcar la pauta de la instrucción nacional.

¿En qué naturaleza realizaría su entrenamiento hoy Emilio? ¿Sería el profesor el que le propusiera problemas a resolver, o debería responder una y mil veces a sus interrogantes ante el cambiante escenario exterior?

Durante el confinamiento en la segunda parte del curso 2019/2020, se manifestó la colaboración activa de la comunidad educativa: gestores de centros, profesores y padres hicieron todo lo posible por apaciguar el cambio drástico, transmitir contenidos, potenciar aptitudes y generar diálogo. El seguimiento del estudiante no consistía solo en el manejo de la plataforma virtual o el envío de “deberes”, sino que suponía un acercamiento a la realidad familiar, tristemente vulnerada en bastantes ocasiones por la pandemia.

Más de 250 años después, los niños confinados de la generación de las tabletas y de los patinetes eléctricos, han mirado con asombro, como Emilio, el horario de los mayores, y se han adaptado a los nuevos hábitos, mostrando en la clase-habitación su mejor yo.
En definitiva, lo que se plantea Rousseau es enseñar a su Emilio el oficio de vivir. Y esta misma misión tenemos los docentes hoy. Una asignatura transversal que se presenta harto complicada en cualquier coyuntura histórica, si bien es cierto que en el presente la tecnología ayuda abriendo paredes de cristal entre los edificios.

Nos queda la seguridad de que, a pesar de la “lucha contra los elementos”, la escuela permanecerá abierta con aulas virtuales repartidas por los continentes.

Hace tan solo unas décadas la globalización mediante internet parecía impensable, aunque ya unos hilos invisibles le permitían andar a aquel robot llamado Emilio, que con simpatía manejaba con sus manos tizas y pantallas.

Doctora María Lara
Profesora de la UDIMA
Escritora Premio Algaba
Historiadora de Todo es mentira, en Cuatro

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