En búsqueda de la identidad perdida

Hace poco más de un año empecé a trabajar en el que ya puedo llamar “mi colegio”. Por diferentes circunstancias, no pudieron hacerme un traspaso de información, así que, lejos de verlo como una dificultad, decidí que aquello era la oportunidad de empezar con un “lienzo en blanco”, sin prejuicios o ideas preconcebidas que pudieran empañar mi visión y nublar mi objetividad.

Conocer al equipo, la cultura del centro, empaparme de sus rutinas, sus modos de hacer, de comunicar, de acompañar… ha sido un proceso de cocinado lento, que ha requerido de mucha prudencia (por aquello de no entrar “como elefante en una cacharrería) y en el que mis cinco sentidos han tenido que estar atentos a los mínimos detalles.

Mi primer objetivo, al entrar a principios de septiembre, fue generar confianza, así que lo primero que hice fue dejar la puerta del despacho siempre abierta. Así lo comuniqué en la primera reunión que tuve con el equipo: “Entrad cuando queráis”.

La puerta de un despacho abierta es signo de apertura, es una señal indiscutible del rol que adquiere un directivo. Porque los espacios y su uso también determinan el posicionamiento ante su equipo. El despacho puede entenderse como “un reducto de paz y control” o como “un campo de lucha”, donde se libran las mejoras batallas, las que hacen crecer a las personas que nos rodean y, sobre todo, a nosotros mismos.

Poco a poco, fueron acercándose profesores a contarme cosas. Cuando entraban me levantaba y me sentaba a su lado, para evitar tener la mesa como “separador físico y psicológico”. Y se fueron creando vínculos. Qué proceso tan bonito…

Al cabo de dos meses, ya a inicios de noviembre, empecé a agendar reuniones (de una hora de duración) con cada persona del equipo. Quería conocerlos de cerca, en torno a una mesa redonda, en una reunión “aparentemente” natural, pero con unas preguntas que diseñé estratégicamente y que fueron las mismas para todos:

Imagen 1: Preguntas realizadas al personal del colegio en las asesorías iniciales

Fui recogiendo en una tabla las respuestas de todos los profesores y en la primera reunión de enero, al volver de las vacaciones de Navidad, me reuní con todo el equipo. Quería compartir con ellos los resultados de este primer “diagnóstico”, ese “dónde creemos que estamos”, “quiénes somos” y “dónde queremos estar”.

Imagen 2: Resultado de las entrevistas en cuanto a las fortalezas de la escuela
Imagen 3: Resultado de las entrevistas en cuanto a las fortalezas de la escuela según etapas educativas

Con diferentes gráficos les mostré lo que ellos consideraban las fortalezas y carencias del centro, a nivel general y también en función de las etapas. También lo que deseaban ver hecho realidad, cuál era su escuela soñada.

Esto permitió definir las características diferenciales del centro que, finalmente, convenimos en resumir en cinco: Escuela familiar, Personalización del Aprendizaje, Excelencia del profesorado, Metodología innovadora y Proyecto Singular. Lo que somos y lo que aspiramos a ser es esto.

Actualmente, todo el discurso de la comunidad educativa gira en torno a estos cinco ejes que resumen esa visión compartida. Las reuniones con familias de nuevo ingreso, las de padres, las tutorías, los claustros… todo se estructura partiendo de estas cinco ideas, porque son nuestra identidad.

A partir de aquí, he ido armando la planificación estratégica para cada etapa, pero esto ya es otro capítulo de la historia que otro día os compartiré.

Lo que sí tengo claro, es que, sin este primer curso de “ver, escuchar y callar más que hablar”, no hubiera sido posible tomar buenas decisiones. Porque soñar una escuela y convertir esos sueños en realidad, no es cuestión de unas instalaciones espectaculares y apoteósicas o de un ideario absolutamente deslumbrante y ambicioso.

Una GRAN ESCUELA es aquella en la que su personal va contento a trabajar, da el 100% en su trabajo y se entrega, porque se siente parte de algo grande. Y solo despertaremos esos sentidos de pertenencia y contribución, dejando las puertas de los despachos abiertas, escuchando y dejando hablar, delegando y confiando. Porque sin las personas, no hay nada.

Anabel Valera Ibáñez, directora de Colegio Lleó XXII y directora ejecutiva de la Red de Directivos de Instituciones Educativas en España REDIE

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí