¿Es la universidad española punta de lanza del cambio laboral o al contrario?

En los últimos 35 años el mundo ha vivido la mayor revolución tecnológica de su historia. No es el objetivo de este artículo profundizar sobre dicha revolución; la llamada revolución digital o más actualmente la transformación digital, sino analizar cómo la universidad se ha visto obligada a modificar su oferta académica con el objeto de satisfacer la gran demanda de nuevos profesionales que requieren empresas e instituciones para poder competir internacionalmente en este inédito escenario mundial.

Ante esta transformación, ¿se le puede pedir a la universidad española ser la punta de lanza en el cambio laboral? La respuesta es no, no podemos pedir a la universidad, institución tremendamente regulada, que asuma ese rol ante la revolución que vive la sociedad actual, pero sí que debemos exigirle que sea uno de los principales motores de dicho cambio. En países como Estados Unidos y Reino Unido, las universidades sí que se han constituido en auténticos motores del cambio.

En nuestro país, las dudas surgen cuando vemos que la transformación digital, que lleva ya más de 30 años con nosotros, y la velocidad de cambio de las universidades se mueven en escalas muy diferentes. La universidad española no ha asumido el rol de ser un motor del cambio en la transformación digital. Además, nuestra universidad está reaccionando más tarde que las universidades de otros países de nuestro entorno económico.

Las razones hay que buscarlas en una universidad que es fundamentalmente pública. Si en 1983 el porcentaje de alumnos en universidades privadas representaba el 7% del total de alumnos universitarios, en 2020 el porcentaje de esos estudiantes alcanza algo más del 22%, y lo normal es que siga subiendo a pesar de la pandemia.

Si a la universidad, que vive en un entorno legal muy regulado, le añadimos que en las universidades públicas un alto porcentaje de su personal docente e investigador no tienen incentivos para modificar sus programas y adaptarlos a las demandas de las empresas, que se enfrentan a una revolución digital, llegamos a la conclusión de que nos encontramos con una institución que tiene una natural resistencia a los cambios acelerados como el actual. Las universidades públicas no siempre priorizan la generación de los perfiles que necesitan las empresas para sumarse a la transformación digital que vivimos.

Las privadas tienen el mismo marco regulatorio, pero su gestión las hace ser más flexibles y adaptables al cambio. Es en el entorno privado donde encontramos iniciativas universitarias orientadas a que sus alumnos se conviertan en auténticos profesionales digitales, por ejemplo:

  • El diseño de nuevas titulaciones oficiales especializadas debe flexibilizarse para permitir poner en el mercado a profesionales que cubran las demandas empresariales en nuevos negocios y tecnologías. La velocidad de cambio del sector no permite que egresados con una buena base teórica tengan que ser formados en la empresa, deben poder generar valor añadido desde el principio.
  • Contratación de un alto porcentaje de profesionales digitales como profesores, que desarrollan los conocimientos y capacidades que demandan las empresas.
  • Inversión en infraestructuras y software especializado que facilitan el acceso de los alumnos al mercado laboral. Inversiones que en muchas ocasiones tienen poca vida útil ante un mercado que evoluciona a gran velocidad.

El marco regulatorio debe flexibilizarse para grados y postgrados que estén especializados en el sector digital, se debe permitir un mayor plazo de tiempo para lograr que el número de profesores y de doctores a tiempo completo, fundamentalmente con experiencia en la empresa, cumplan los objetivos estipulados para áreas de conocimiento más tradicionales. Hoy no puede ser lo mismo conseguir a un doctor en Derecho Administrativo que a un doctor en Big Data.

Jorge Calderón es consejero delegado adjunto en el Centro Universitario U-tad, entidad educativa que cumple su décimo aniversario

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