Escuelas de negocios como negocio

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Una escuela de negocios es, en esencia, una entidad académica de formación superior que persigue especializar al potencial estudiante, normalmente poseedor ya de una titulación universitaria. Y no son pocos los directivos de centros educativos que acuden a ellas para fortalecer sus conocimientos en aquellos aspectos de la gestión que son precisos conocer para atender el día a día de su actividad.

Una formación superior, no solo porque así es de acuerdo con su propia definición, sino porque forma parte de su propio adn, lo que explica su existencia. Una academia al uso puede dar clases de refuerzo en Matemáticas a estudiantes de ESO, o preparar a opositores, o ayudar en la superación del acceso a la universidad, por ejemplo, pero una escuela de negocios está llamada a especializar en un ámbito que juega, per se, en la liga de la enseñanza superior, tanto en el ámbito pregrado, como, sobre todo, posgrado.

Por supuesto, también las hay que ofrecen titulaciones propias no regladas, siempre de rango universitario, pero por lo general su predisposición es asociar su formación con la universitaria, bien siendo parte en sí misma de una universidad dada como por medio de acuerdos con ellas que permitan dotar de ese estatus superior a sus formaciones.

Generalmente, las escuelas de negocios deben registrarse y obtener reconocimiento oficial de las autoridades educativas. Esto implica cumplir con ciertos estándares de calidad y requisitos académicos para ofrecer programas de educación superior. Lo primero es requerir autorización específica del Ministerio de Educación o de la comunidad autónoma correspondiente, dependiendo del nivel de estudios.

Es premisa esencial diseñar planes de estudios que cumplan con los estándares establecidos por las autoridades educativas. Obviamente, para otorgar títulos oficiales, deben tener la aprobación correspondiente y ofrecer programas que cumplan con los requisitos establecidos.

Profesorado a pie de empresa

En este orden, la calidad del cuerpo docente es fundamental. Así, los profesores deben cumplir con ciertos requisitos académicos y profesionales para enseñar en programas de educación superior, como también los aspirantes a instituir como escuela de negocios deben contar con instalaciones adecuadas y recursos para el desarrollo de la enseñanza, como bibliotecas, laboratorios y acceso a tecnología.

Desde luego, toda escuela estará siempre sujeta a procesos de seguimiento y evaluación periódicos por parte de las autoridades educativas y los organismos acreditadores para garantizar la calidad continua de los programas. Dependiendo de la comunidad autónoma y la naturaleza de la institución, pueden aplicarse requisitos adicionales. Es importante señalar que las regulaciones pueden variar dependiendo de la ubicación y el tipo de programas que ofrece la Escuela de Negocios, por ejemplo, bien sean programas de grado, postgrado o formación ejecutiva.

Y, como decía antes, tan próxima a la formación superior está una escuela de negocios que en los últimos años no son precisamente pocas las que han dado el salto a la ‘gran pantalla’, como suele decirse en el argot cinematográfico. Partiendo de la base de que ambas, universidades y escuelas de negocios, se enmarcan en lo que certificamos como educación superior, no menos cierto que sí existen diferencias que, lejos de alejarlas entre sí, lo que hacen es complementarse. Casi diría que las escuelas de negocios representan en sí mismas la educación superior más próxima al mercado laboral. Para que se me entienda bien, mientras que la universidad sienta en el alumno las bases fundamentales de aquella disciplina elegida y que profesionalmente ejercerá una vez se gradúe, una escuela de negocios debe entenderse como el revulsivo de especialización necesario para centrar su cometido.

En ese proceso último del camino que emprendió en la universidad, el alumno será formado en todo aquello que le va a ser más familiar una vez ponga el pie en su primer destino laboral. No en vano, si algo distingue la educación superior en la universidad de la de una escuela de negocio, es que la mayor parte del cuadro docente de esta última lo integran profesionales en activo, aquellos que hablan el mismo lenguaje que sus alumnos usarán una vez superen sus estudios. Ese encuentro con sus preparadores, probables compañeros en poco tiempo, creo que define a la perfección el valor de lo que representa la educación superior en una escuela de negocios.

En este entorno, surgen nuevos modelos formativos que necesariamente no implican una dedicación casi plena al estudio. Hay muchos profesionales que precisan de una formación muy específica que bien podría satisfacer lo que se conoce como microcredencial.

Como sabemos, una microcredencial certifica que se le otorga al alumno un conjunto específico de habilidades, conocimientos o competencias en un campo particular. A diferencia de los títulos académicos tradicionales, como grados universitarios, que requieren años de estudio y una amplia gama de cursos, las microcredenciales se centran en habilidades y conocimientos muy específicos y suelen requerir menos tiempo para completarse.

En este sentido, admito que estas credenciales son cada vez más valoradas por los empleadores, ya que pueden ayudar a los individuos a destacarse en un mercado laboral competitivo y a demostrar habilidades prácticas y relevantes para un puesto de trabajo en particular. Estas credenciales pueden ser emitidas por instituciones educativas, organizaciones de capacitación, empresas, o plataformas de aprendizaje en línea. Pueden ser una manera de adquirir habilidades adicionales o actualizar tus conocimientos en un área específica sin tener que dedicar varios años a un programa académico completo. Las microcredenciales, lo recuerdo aquí para quien no haya oído hablar de ellos, pueden incluir cursos cortos, certificaciones técnicas, badges digitales, o cualquier otro tipo de documento que demuestre que el alumno ha adquirido competencias específicas.

Fuera no hace tanto frío

Y es la internacionalización uno de sus objetivos preferentes, de un tiempo a esta parte. No diré nada que casi todo el mundo no sepa, y es que las escuelas de negocios, por su estructura mucho más ligera que las universidades, son más dinámicas y adaptables. Esto es una ventaja inherente a toda escuela de negocios que se precie sobre los campus, potentes maquinarias de formación e investigación, pero carentes de la alta capacidad de adaptabilidad que sí presentan las escuelas de negocios para afrontar los nuevos retos. Una escuela de negocios puede responder las necesidades del mercado laboral a una velocidad que difícilmente alcanzaría una universidad tradicional.

Más allá de los a veces farragosos y burocráticos procedimientos que se exige por parte de las autoridades para crear una formación demandada a gritos por la empresa, lo cierto es que siempre es menos complejo y más ágil el proceso para una escuela de negocios que para una universidad. Precisamente, eso explica en buena parte que las escuelas de negocios logren interaccionar mejor con el mundo exterior que unas universidades que cargan sobre sí unas exigencias, requerimientos y garantías que, lo diré sin tapujos, aburren a unas empresas que ven cómo determinados puestos de trabajo no se cubren porque las universidades siguen ancladas en disciplinas recurrentes, no siempre por voluntad propia; la mayoría de las veces por las trabas administrativas para conseguir tal fin.

En ese ámbito, y resalto que afortunadamente, las escuelas de negocios palian esa deuda con el mercado laboral. Ni qué decir tiene que la internacionalización para una escuela de negocios es mucho más viable que para una universidad, y eso lo saben fuera. A los rankings internacionales me remito, donde nuestras universidades ocupan puestos muy alejados de lo deseable, mientras que nuestras escuelas de negocios gozan de una reputación que solo la presencia de estudiantes de otros países en ellas, y la apertura de centros fuera de España son la prueba más notoria de lo que digo.

Además, las escuelas de negocios mantienen estrechas relaciones con el Gobierno y su estrategia de creación de empleo. Por resumirlo, el éxito de la relación entre las escuelas de negocios, la formación proporcionada por el SEPE y la formación bonificada es que cada uno de ellos atiende a diferentes segmentos y propósitos de formación. Así, las escuelas de negocios se enfocan en proporcionar formación específica en áreas empresariales para estudiantes y profesionales, en tanto que el SEPE ofrece formación principalmente a personas desempleadas para ayudarles a encontrar trabajo.

Por su parte, la formación bonificada permite a las empresas financiar la formación de sus empleados; una formación que puede ser proporcionada por diversas instituciones, incluyendo escuelas de negocios, y que está dirigida a mejorar las habilidades de los trabajadores en el ámbito laboral.

Escuelas más éticas, empresas también

Y sí, las escuelas de negocios también vivieron su propio ‘martirio’ con el confinamiento, aquel periodo de la historia reciente que paralizó todo, o casi todo. Recuerdo, a propósito, la canción convertida casi en himno de aquel momento, la canción ‘Resistiré’ del Dúo Dinámico. Ese verbo, que junto al sustantivo resiliencia adquirió carta de naturaleza para toda actividad, también la formativa, permitió, con el esfuerzo de toda la comunidad educativa implicada en este ámbito llegar a eso que un periódico tituló en su día como la ‘reinvención’ de las escuelas de negocios. Y reinventarse fue, por una parte, estar listos a lo que antes decía, la demanda de la empresa, que supuso y supone la creación de formación ad hoc para dar satisfacción a esas necesidades. Por otra parte, ya que el confinamiento cerró las puertas de los centros educativos, las nuevas tecnologías vinieron para quedarse, y lo que quedó, es, entre otras cosas, los modelos híbridos de enseñanza, algo que agrada a los alumnos.

Porque lejos de desaparecer la formación online, toda vez que se volvió a recuperar la normalidad, qué mejor modo de aprovechar esa inversión que presentarle al alumno la oportunidad de crecer a tres ritmos: el presencial, el telepresencial y el híbrido. Y en esas estamos, creo que, por fortuna para todos, en particular para el estudiante.

Y me permito traer a colación a esta tribuna a algo que leí en palabras de Faraón Llorens, catedrático y experto en IA, quien, para explicar su punto de vista sobre de qué modo repercutiría lo que se conoce como la ‘plataformización’ en la educación, hacía una comparación con plataformas tan conocidas como Netflix, YouTube o Amazon para lanzar un debate sobre si en el mundo educativo “una estricta normalización, cuantificación, previsibilidad y control”, rangos aplicables a dichas plataformas, serían una buena estrategia para el ámbito que nos ocupa.

Él mismo subrayaba que si algo define a cada plataforma, y cualquiera nueva, es que basan su desarrollo en un aspecto que las diferencie del resto. Y puede que este sea un buen punto de partida para entender también de qué modo deben acometer las escuelas de negocios el futuro próximo. Algunas de las características de las populares plataformas referidas por Llorens se cumplen por parte de la educación, sobre todo aquellas que priman la cualidad garantista del producto, en este caso, la formación que ofrecen las escuelas de negocios españolas. Pero su apuesta por el debate giraba en torno a si también la educación debe jugar con las mismas herramientas que aquellas con sus clientes. En este entorno, el uso del big data para las plataformas citadas es esencial para ofrecer un mejor servicio, y la cuestión es si un mejor conocimiento de los potenciales estudiantes por esas mismas vías supondrá también una ventaja para el centro formativo y, sobre todo, para aquellos.

Más allá de eso, y de otros tantos parámetros que habría que tener en cuenta para analizar con más precisión esta cuestión, me quedaría con lo que dije al principio: es probable que aquello que distinga a unas escuelas de otras tenga como punto de partida una mayor especialización, por no obsesionarse con el cuánto ofrece cada una como con el qué, y que eso sea lo que dé respuesta a los objetivos que cada uno se proponga.

Con todo, no puede negarse que la crisis financiera global de 2008, que tuvo un impacto significativo en la economía mundial, llevó a una revisión crítica de muchas prácticas en el mundo empresarial y, en cierta medida, también en la formación empresarial. Si bien no se puede culpar exclusivamente a las escuelas de negocios por la crisis, hubo una creciente conciencia de la necesidad de abordar cuestiones éticas y responsabilidad social en la formación empresarial y en la práctica de la gestión.

Como resultado de todo ello, muchas escuelas han incorporado desde entonces cursos y programas dedicados a la ética empresarial y la RSC en su currículo, de modo que ahora se enfatiza la importancia de tomar decisiones éticas y sostenibles en la gestión empresarial. También se ha reconocido que las habilidades de liderazgo, la comunicación efectiva y la gestión de equipos son tan importantes como las habilidades técnicas. Por esta razón, las escuelas vienen ajustando sus programas para desarrollar estas habilidades en los estudiantes, promoviendo una cultura empresarial más colaborativa y orientada a las personas.

Ni qué decir tiene que la sostenibilidad ambiental y la responsabilidad social corporativa se han convertido en aspectos clave en la formación empresarial. Así, ya se ofrecen programas que abordan cómo las empresas pueden operar de manera más sostenible y contribuir a la sociedad de manera positiva, por no hablar de la rapidez de los avances tecnológicos, que ha llevado a estas escuelas a un mayor énfasis en la innovación y la adopción de tecnología en la formación empresarial. En este marco, están actualizando permanentemente sus programas para incluir temas relacionados con la transformación digital, la inteligencia artificial y la gestión de datos.

Y déjenme que añada otros aspectos igualmente descriptivos del nuevo escenario en el que se mueven las escuelas de negocios. Como bien sabemos, se ha producido un mayor reconocimiento de la importancia de la diversidad y la inclusión en el entorno empresarial y por eso desde la formación también se promueve la diversidad en las aulas y se enfatiza la importancia de la inclusión en la cultura empresarial.

Por último, si algo se aprendió de 2008, y muy en particular de 2019, es que la formación empresarial no se limita solo a los programas académicos tradicionales. Las escuelas están ofreciendo educación continua y desarrollo profesional a lo largo de toda la carrera, lo que permite a los profesionales mantenerse actualizados en un entorno empresarial en constante evolución.

Los rankings, donde todos quieren estar ¿aunque sea mal?

Y no puedo dejar de mencionar un aspecto que revuelve a muchas escuelas de negocios, su presencia o no en los rankings. Debo, en este punto señalar que, a excepción de algunos rankings que operan a nivel mundial, que todos conocemos, a partir de parámetros que permiten acudir en igualdad de condiciones a cualquier entidad académica, bien sea con carácter general o en ámbitos concretos, mi opinión personal como analista educativo es que estar o no estar presente en uno de ellos no debería ser condición sine qua non para que el alumno se decante por formarse en esa o en aquella escuela.

Creo que existen otros modos de cotejar y de medir la reputación de unos y de otros, al alcance también de los potenciales estudiantes. Tampoco está demostrado que aparecer en un ranking sea garantía de que en esa escuela la formación que se imparta sea la que se ajuste a lo que demanda un estudiante en momento determinado.

Por señalar a las grandes universidades que todos conocemos, graduarse en Harvard o en Cambridge es garantía de una gran formación que todos reconocemos en el tiempo, no necesariamente porque encabecen año tras año un determinado ranking. Sé, creo que sabemos todos, de grandes universidades en el mundo, sin tanto renombre y sin que aparezcan entre los primeros puestos de los rankings, cuya formación académica es de una calidad incuestionable. Y eso sería aplicable a las escuelas de negocios. No me atreveré a decir que la mayoría de rankings, en realidad, podrían responder a objetivos más próximos al marketing que al resultado de una evaluación rigurosa y equitativa.

Luis Miguel Belda es periodista, director de Comunicación del Grupo Educativo CEF.- UDIMA y analista en ÉXITO EDUCATIVO

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