Formar honrados ciudadanos

Visto el lamentable espectáculo que hemos vivido estos últimos días a cuenta de las algaradas callejeras, aparentemente provocadas por el encarcelamiento de Pablo Hasél, cabe preguntarse qué clase de educación reciben algunos jóvenes. Más allá de las motivaciones por defender la excarcelación de un pobre diablo -pobre porque solo una persona muy desgraciada puede albergar tanto odio y resentimiento dentro- que ya de por sí son cuestionables, mucho más preocupantes son las posibles causas de semejantes reacciones y de su inusitada violencia gratuita que hemos podido ver a través de los medios.

Siempre me ha gustado el lema salesiano que ilumina su ideario educativo “formar buenos cristianos y honrados ciudadanos”. Pueden quitar cristiano si no comulgan con la fe y dejar solo el concepto de honrado y nos quedará un objetivo tan sencillo de entender como complejo de conseguir: formar honrados ciudadanos. La pregunta ahora es saber quién o quiénes son o somos los responsables de alcanzar ese objetivo.

Estoy convencido de que en los centros educativos, en todos, se ofrece una formación en valores cívicos y, la escuela ocupa muchas veces el único punto de referencia educativa para muchos chicos y chicas que encuentran en las aulas lo que no podrán ver en sus casas por distintos motivos. Echar la culpa a la escuela se ha convertido en el deporte nacional. La escuela, además de enseñar todas las materias y competencias que les exige el currículo académico, es también la responsable de difundir buenos hábitos alimenticios, la sostenibilidad del planeta, la encargada de la educación sexual y, ahora, también como si ya fueran pocas responsabilidades, la encargada de velar por la salud pública a cuenta de los estrictos protocolos y responsabilidades que le han caído durante la pandemia.

En alguna ocasión he escuchado quien dice que “la escuela enseña y la familia educa”. No estoy del todo de acuerdo pues, aunque los centros no sean los últimos responsables de la educación moral de los hijos por mucho que algunos se empeñen, sí es un agente socializador y, por tanto, también tiene una responsabilidad en que los futuros ciudadanos sepan convivir cívicamente y con honradez. En cualquier caso, lo que estamos viviendo en estos últimos días por parte de una parte muy minoritaria de la juventud, no debemos atribuírselo al sistema educativo. Si queremos encontrar culpables probablemente debamos señalar a unos políticos que promueven permanentemente la crispación, el insulto y la zafiedad desde las instituciones democráticas. A unos gestores del dinero público incapaces e ineficientes, cuando no corruptos, que condenan a la juventud a tasas de paro inaceptables en cualquier sociedad y que hipotecan el futuro de nuestros jóvenes con una deuda bestial que no podrán pagar ni sus nietos.

Por último, y para que cada palo sujete su vela, no quiero olvidar también la responsabilidad de los medios de comunicación, especialmente los más masivos, por convertirse en altavoz de la cochambre moral, de promover valores muy alejados de la cultura del esfuerzo, por encumbrar como ídolos a mamarrachos semianalfabetos y por no dar cabida a la educación si no es para embarrarla como parte de los debates partidistas y sectarios.

Por todo esto, dejemos de señalar con el dedo a pobres diablos que merecen más bien un psiquiátrico a una cárcel, y miremos a la enorme luna de problemas que están ahí como un turbio mar de fondo abocando a gran parte de la juventud al odio y el resentimiento ante la falta de expectativas y la ausencia de unos valores propios de una sociedad sana y civilizada. Dejemos de ensalzar las causas y evitaremos lamentar las consecuencias.

Víctor Núñez Fernández, director general de ÉXITO EDUCATIVO y profesor universitario.

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