Lo que el futuro les depara (I): Una sociedad de basta cultura

jóvenes y cultura

Acometo esta serie de artículos con un fin altruista, que es señalar a nuestros jóvenes cuáles van a ser los condicionantes a los que se van a enfrentar en un futuro laboral cada vez más mediatizado por la tecnología y la robotización de muchos procesos productivos; pero también con un objetivo personal, que es que mis hijos, Jacobo y Henar, sean conscientes de cómo entiendo yo qué van a tener que enfatizar, qué competencias, conocimientos o gestión de sus emociones, han de trabajar de cara a su futuro profesional.

A nadie se nos escapa que la “irrupción” de nueva tecnología, ya sea esta la IA, el metaverso, la robotización, o las incipientes que aún desconocemos, va a influir de forma determinante en el mundo laboral. Son muchos los estudios que señalan que en los próximos años van a desaparecer muchos puestos de trabajo que son comunes en nuestra actualidad, rutinarios o no. También se habla, en la sociedad occidental, de acortar la semana laboral, pasando a ser ésta de cuatro días frente a los cinco o seis actuales, motivada, tanto por la necesidad de redistribuir el trabajo o jornadas “excedentarias” producto de esa automatización o robotización de muchos de esos trabajos, pero también del impacto de la inclusión de algunas prácticas laborables flexibles que permiten una mayor eficiencia en el trabajo y que nos avocan a una flexibilización aún mayor de las jornadas trabajadas. Y cómo no, a las necesidades de una mayor conciliación de dichas jornadas con el objetivo de abordar el problema extraordinario que supone la crisis de natalidad que vive todo el mundo occidental, y en especial la “vieja Europa”. Todo ello, que asusta, también nos abre un abanico de nuevas y potenciales vías de desarrollo profesional en el ámbito del entretenimiento, la cultura, el esparcimiento, el cuidado físico y psíquico personal y cualquier otra disciplina que pueda surgir, o haya surgido, en relación con el mayor tiempo del que vamos a disponer.

En todo caso, y de esto no me cabe la menor duda, todo esto nos tiene que llevar a enfatizar nuestros valores “humanísticos” más intrínsecos. Es decir, nada de esto va a sustituir el hecho de que somos personas que vivimos en sociedad, tanto personal, como profesionalmente hablando. Lo que va a determinar que sean esos, precisamente aquellos que no pueden ser sustituidos por ninguna máquina o tecnología, los que más se van a valorar en esa sociedad. Esta serie de artículos acometerá aspectos relacionados con ello a modo de propuesta.

El primero de ellos tiene que ver con nuestro arraigo cultural. Es decir, con la cultura, en su término más extenso, de la que nos habremos imbuido y que seamos capaces de proyectar a los demás. En una sociedad basta, burda, áspera, fútil, insustancial, como la que podemos estar viviendo en la actualidad, destacan, o deberían hacerlo,  aquellos que se han tomado la molestia de disfrutar de toda manifestación cultural posible: artística, literaria, culinaria, cinematográfica, musical, deportiva, antropológica… Entiendo que en un mundo que premia, por poner un ejemplo, el hecho de que unos cuantos indocumentados se reúnan en una isla, tanto me da cualquiera de ellas, para hacer un ejercicio de desnudo integral -físico y emocional- ante miles de espectadores, luciendo palmito -en eso se quedarán la mayoría de esos mismos telespectadores que siguen el programa-, plagado de conversaciones irrelevantes, cuando no ofensivas a la inteligencia, muchos de ellos con muchas dificultades incluso en la forma de expresarse oralmente -intuyo que por escrito también, lo cual obedece a un enfoque educativo propio de nuestro sistema, y a poca lectura- no parezca que se aprecie demasiado tener conocimientos extensos e intensos de cualquiera de las disciplinas antes referidas. Pero la realidad es que, cuando nos adentramos en el mundo laboral, cuando las relaciones se convierten en algo más serio y trascendente, este particular tiene importancia. Y mucha. No estoy defendiendo con ello que la necesidad de acercarse a la cultura – de nuevo en el sentido más amplio de la palabra- se deba justificar porque ello va a marcar nuestra diferencia en un mundo profesional adulto. A todo ello nos debemos acercar por placer. Disfrutar de cualquiera de esas manifestaciones culturales e interiorizarlas. Amarlas o refutarlas, pero siempre desde el entendimiento de cada una de esas propuestas y desde un plano crítico que nos permita hablar de ellas desde la pasión.

Ya hemos visto textos, obras pictóricas, esculturas, realizadas por tecnología -también por IA autónoma-; incluso es más que probable que la IA sea capaz de explicar el sentido de esa obra de arte desde un plano objetivo y con diferentes visiones de esta; lo que no hemos visto aún es que ésta lo pueda analizar desde la pasión que ello genera a una persona, profundizando en las emociones que le ha despertado su disfrute.

Quizás uno está influido por el espíritu de lo que “ha mamado” desde joven, pero se me vienen a la cabeza los postulados de la ILE, las prácticas que se llevaron a cabo en el Instituto-escuela de la mano de Giner de los Ríos y la importancia que éste siempre dio al profundo conocimiento y a la cultura; y aunque hace más de un siglo de ello, todo su pensamiento y sus palabras florecen con más fuerza que nunca en estos momentos de precariedad.

En fin, no quiero ponerme trascendente, pero sí enfatizar, como a principios de siglo XX hicieron muchas corrientes filosóficas, entre ellas el krausismo de la que bebió D. Francisco, que la importancia de volver al hombre, al humanismo entendido como concepto que refuerza nuestros valores de humanidad va a ser cada vez más pertinente, habida cuenta de que eso es lo que nos va a reforzar, en todos los sentidos, frente a una sociedad tecnificada. Y es por ello por lo que cada vez cobrará más valor y trascendencia, personal y profesional, el alentar y ahondar en esas inquietudes.

Por cierto, con el enorme privilegio de que, mal que me pese en algunos casos, tenemos un acceso gratuito, o prácticamente gratuito, a todo rango de manifestación artística o cultural que queramos disfrutar. Solo hay que querer y analizar posibilidades para acceder a ello: cine, música, arte, teatro, literatura, charlas, coloquios, radio… En eso somos una sociedad privilegiada, que solo ha de aprovechar las oportunidades.

Jaime García Crespo, CEO de Grupo Base Educación

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