Hay que cambiar, para que nada cambie

Isabel Celaá
La ministra, en una imagen de archivo

Sostenía el Gatopardo que la mejor forma de asegurarse un futuro de estabilidad era apoyar cambios que en realidad hicieran que nada cambiara. Me atrevo a aventurar que hay alguien más de este gobierno que ha leído a G. de Lampedusa y, por supuesto, a Maquiavelo y a su “Príncipe”. No todos, pero sí alguno está siguiendo a rajatabla algunas de sus enseñanzas. Las de ambos Príncipes.

La máxima de generar cortinas de humo para despistar al adversario no es nueva. Una buena estrategia se fundamenta siempre en desarrollar tácticas de despiste que hagan que tu adversario confunda tus intenciones.

Vengo visualizando en las últimas semanas una serie televisiva en Netflix, que recomiendo sin duda alguna: “Gambito de Dama”. Déjenme que les ponga en situación. Trata de cómo una niña, huérfana, americana, en los años 60 y genio ajedrecista, se convierte en gran maestra y derrota a los más grandes de su época, incluidos los rusos– no olvidemos que nos encontramos en plena Guerra Fría (ficción)-. Lo relevante de la misma es que rememora como se planifican, desarrollan y ejecutan las grandes estrategias a largo plazo desarrollando movimientos que despistan al contrario. Que confunden con su estrategia última, para hacerle caer en jugadas-trampa infructuosas.

Las primeras impresiones de la nueva “Ley Celaá” han generado toda una suerte de animadversión lógica en aquellos a quienes se quería levantar y hostigar. Factores como la “subordinación” de la escuela concertada a la pública en aquello que tiene que ver con la distribución de los puestos escolares, no solo son una quimera, un brindis al sol ideológico, sino algo inmaterializable desde el punto de vista de la perspectiva del derecho constitucional; o el hecho de soslayar el artículo 27 de nuestra Constitución en todo apartado de la nueva propuesta de ley educativa, no es más que un guiño imposible de cumplir de cara a unos socios de gobierno que piden de éste que demuestre constantemente que está al borde de lo legal y en permanente estado de ruptura con el régimen del 78.

Son trampas dilatorias, que nadie se lleve a engaño. Sirven, para lo que sirven: titulares efectistas en los medios de comunicación. Son, por ahora, un juego en el que unos parecen querer realizar cambios abruptos que trasladen una imagen de radicalización y de situarse al borde del abismo radical, para que otros se crean que esto es así; pero, en definitiva, para que nada cambie. Todos saben que hay factores inamovibles que tienen que ver con el “status quo” de la sociedad española y su confort.

En todo caso, nada va a cambiar respecto de lo que es verdaderamente sustancial y lesivo de nuestro sistema educativo. No nos van a dejar la libertad suficiente para que desde los centros educativos, ya sean éstos de Educación Infantil, Colegios, Universidades o Centros de posgrado -en estos dos últimos casos hay mayor libertad curricular y pedagógica- podamos configurar nuestra propuesta educativa y metodológica. Seguiremos hablando de una ley que más allá de haber provocado la polémica ideológica pertinente, no va a generar una nueva dinámica para nuestros alumnos, pero que habrá conseguido, a base de explotar titulares en medios de comunicación, trasladar la idea política y el deseo permanente de algo que nunca va a ocurrir.

Por desgracia el cambio efectivo que de verdad revolucione nuestro sistema educativo y prepare a nuestros jóvenes para una sociedad que demanda cosas muy distintas, tampoco se va a dar esta vez.

Y así seguimos. Que haya cambio, para que nada cambie.

¡Que triste! Espero, al menos, que ninguno de mis hijos me achaque en años venideros que no intentara hacer nada por ellos y su futuro.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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