Incertidumbre o caos

Nadie puede negar que estamos viviendo momentos de incertidumbre en la educación, sorprendidos por los efectos derivados del COVID19, que se resiste a abandonar nuestro mundo y que quién sabe, quizás no haga más que amortiguarse, llegando a convivir lo más pacíficamente posible con él, pero acaso no llegue a desaparecer nunca o lo abandone jamás. Ojalá no sea así.

Pero la incertidumbre no es caos. Pues la incertidumbre no está exenta de convivir con cierta lógica o racionalidad, en medio de la cual intentamos poner orden para explicar y comprender nuestro mundo y buscar soluciones que procuren un sentido a lo que hacemos y a lo que queremos alcanzar y que nos permita vivir con cierta tranquilidad.

Puedo decir, que en los colegios que conozco, al menos hasta el día de hoy, pues no sé qué ocurrirá mañana, descubro incertidumbre, pero no caos. Nada más lejos de estar viviendo una situación caótica, los colegios disponen de planes de contingencia y protocolos de actuación, que se han preparado por parte de los equipos directivos de los centros, desde hace meses, para responder a las necesidades del momento, adaptándose en permanencia a la evolución de las circunstancias, llegando a elaborarse varias revisiones o ediciones casi a diario, a medida que los efectos de la pandemia y las investigaciones científicas sobre cómo debemos proceder, van evolucionando. Y ello es un reflejo de racionalidad, no reñida con la incertidumbre pero si con el caos.

Planes de contingencia y protocolos de actuación que buscan en primer lugar la seguridad de quienes conviven dentro del colegio: alumnos, profesores, personal de administración y servicios, etc. Y que pretenden cada día acoger a los niños, trabajar con los alumnos y devolverles a las familias al final de la jornada en las mejores condiciones de seguridad. En todos estos planes y protocolos aparecen instrucciones y orientaciones concretas que por lo general se cumplen con rigor; normas de higiene y convivencia que se basan como ya sabemos en las tan conocidas medidas de lavado de manos, desinfección, distancia interpersonal y protección mutua y que indican cómo proceder para reducir los riesgos y atender los posibles casos que pudieran aparecer, siempre en coordinación con las autoridades sanitarias de cada comunidad autónoma.

En estas circunstancias, en los colegios, se han multiplicado con creatividad y enorme esfuerzo los espacios y el uso de estos, reutilizándolos para funciones que en principio no estaban previstos, me refiero a gimnasios, espacios al aire libre, pasillos, comedores, capillas, etc. Han crecido también las diversas modalidades de enseñanza y atención a los alumnos de las diferentes etapas educativas en numerosos supuestos de presencialidad, semipresencialidad o a distancia, en caso de confinamiento. Se han creado en algunos cursos o etapas grupos de convivencia estable o también denominadas “aulas burbuja”. Ha aparecido la figura de los coordinadores Covid del colegio y de los espacios Covid que permiten aislar y atender los posibles casos que pudieran aparecer. Se han establecido canales de comunicación con las familias, estableciendo programas de gestión de cita previa, para poder atenderlas con seguridad. Incluso en algunos centros, donde aún no existía, se ha implantado un servicio de enfermería para los alumnos y el personal del centro con la ayuda y colaboración de los padres, ofreciendo una atención más especializada.

Todo ha supuesto un enorme esfuerzo para imaginar, crear y diseñar escenarios posibles que garanticen el ejercicio de la actividad docente, al servicio del proyecto educativo de cada centro y con la máxima seguridad. Cuestiones a las que los colegios no están dispuestos a renunciar, pues es su propia vocación.

Nada más admirable estos días que el esfuerzo de tantos profesores, no sólo por el deseo de seguir desempeñando su actividad en estas circunstancias, acompañando a sus alumnos en el proceso de enseñanza-aprendizaje de sus pupilos y de velar al mismo tiempo por la seguridad de estos. Los profesores están desempeñando, con una enorme dedicación, esfuerzos que van más allá de sus propias competencias como meros docentes o educadores, velando por el bienestar de cada niño, sabiendo priorizar lo importante que es la educación en la escuela como espacio de aprendizaje y de socialización y la necesaria seguridad que hay que alcanzar en estos momentos. Son plenamente conscientes de la importancia de cuidar a sus alumnos y cuidarse entre ellos, para garantizar en la medida de lo posible el bienestar y la continuidad de la actividad.

Nada más admirable que la dedicación del personal de administración y servicios en la recepción, en secretaria y en administración, o la de los limpiadores que higienizan los espacios o de los monitores de comedor, … por hacernos la vida lo más segura y agradable posible en estas circunstancias. Unos y otros, todos ellos junto a los profesores y demás educadores, terminan exhaustos su jornada, velando por la seguridad de los demás y por su propia seguridad.

Nada más admirable que la conciencia y responsabilidad que tienen los alumnos desde los más pequeños a los más grandes por las circunstancias que están viviendo. Se nota que han venido a los colegios con la lección aprendida de casa y saben adaptarse, en su gran mayoría a estas circunstancias, incluso mejor que algunos adultos.

Gracias también a las familias. Más necesaria que nunca es la colaboración entre familia y colegio, para hacer del hogar y la escuela dos entornos seguros, en los que cada uno asume su propia responsabilidad. Es cierto que en los colegios, al igual que en otros muchos espacios de la sociedad no existe el “riesgo cero”, pues no son espacios estancos en los que el virus no pueda por desgracia algún día llegar; al igual que por desgracia no lo son ni siquiera nuestros propios hogares, tal y como por desgracia podemos día a día observar, por experiencia propia, de conocidos o de lo que nos transmiten los medios de comunicación. Pero lo que sí puedo afirmar, desde lo que he tenido oportunidad de ver y confirmar, es que los colegios son lugares en los que se hace todo lo posible para ser espacios muy seguros en los que la salud y el bienestar de todos los que en el conviven sea una absoluta prioridad.

Y en estas circunstancias todos estamos aprendiendo, como escuela que somos y como lugar de aprendizaje para la vida que el valor de algunas cosas como la salud y la vida es más importante que el de otras más secundarias que hasta hace unos meses nos parecían imprescindibles. Estamos aprendiendo lo importante que es cuidarnos y cuidar al otro. Estamos aprendiendo que el mundo no es un mundo ignorantemente “happy” sino un mundo en el que hay que luchar juntos momento a momento por vencer las dificultades y disfrutar de lo más valioso, que sólo cuando nos falta, le damos más valor. Me refiero al cariño, la cercanía, el encuentro, a disfrutar del día a día con los compañeros y amigos, a jugar con libertad en el patio del colegio, a una comida juntos en el comedor escolar, a tantas cosas que ahora nos gustaría poder hacer como antes pero que la distancia de seguridad y la protección individual o mutua no nos dejan realizar con la naturalidad del pasado.

La caricia, el abrazo, compartir el bocadillo o el almuerzo en el recreo, tomar un café con los compañeros, charlar con otras familias a la salida del colegio, jugar al balón, la gestión de las emociones y hasta respirar sin mascarilla, son cosas, que hemos puesto en este tiempo en valor, ya que lo ordinario se nos he vuelto o imposible o extraordinario.
En consecuencia, con la ayuda y colaboración de todos, incertidumbre sí, pero caos no.

Manuel Ángel Maestro Martín, miembro del Consejo Editorial de ÉXITO EDUCATIVO

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