Jesús G. Maestro (Catedrático de Universidad): “Impartir clases presenciales en la Universidad es una completa pérdida de tiempo”

Jesús G. Maestro es Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Vigo. Nacido en Gijón, en 1967, se presenta como un profesor de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, que ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es autor de dos obras de referencia: ‘El origen de la literatura: ¿Cómo y por qué nació la Literatura?’ y ‘Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de destrucción de la libertad y del Estado moderno’ (2024), traducida al inglés en el mismo año de su publicación.

Además, es director de la Cátedra Hispánica de Estudios Literarios y del Programa Internacional de Docencia Universitaria Digital en Español (Hispanosfera Académica). Ha desarrollado, lo cuenta en su página personal -donde es muy activo y directo-, una labor docente e investigadora en diferentes universidades de Europa y América, y ha sido traductor, autor y editor de libros y publicaciones académicas sobre Miguel de Cervantes, Literatura Española, Teoría de la Literatura, Literatura Comparada, Teoría del Teatro, Hispanismo y Filosofía contemporánea.

En 1990 se licenció en Filología Hispánica y en 1993 se doctoró, publicando su tesis doctoral unos meses después e iniciando su actividad docente como profesor universitario en 1994. Su magisterio académico no se reduce al aula. Intelectual de su tiempo, comparte públicamente más de mil doscientos vídeos y clases universitarias grabadas en directo, disponibles en internet de forma abierta, libre y gratuita. La semblanza, por intensa y productiva, podría ocupar más que la entrevista, lo que nos obliga a preguntarle ya para conocer qué piensa y que él mismo se presente por lo que dice y piensa, pues no obstante “por sus palabras los conoceréis”.

En una entrada en YouTube, usted explica por qué los universitarios, en general, ya no quieren asistir a clase presencial. Y se responde con un casi incontestable «porque no necesitan hacerlo». ¿Nos ayuda a comprender mejor su perspectiva?

No asisten a las clases presenciales porque no necesitan hacerlo, y de hecho no necesitan hacerlo por muchísimas razones. No es necesario asistir en persona a una clase cuando esa clase puede impartirse y recibirse telemáticamente. Pero es que además no es necesario acudir en persona a un lugar para recopilar apuntes que se pueden descargar de un repositorio de internet, como hace pocos años se podían recoger en una fotocopiadora. A mi juicio, impartir clases presenciales en la Universidad es una completa pérdida de tiempo en muchísimos aspectos, tanto para profesores como para alumnos. Bastaría impartir una lección magistral una vez por semana, y responder a las cuestiones y dudas que plantearan los alumnos, bien por correo electrónico, bien en vídeo, según la necesidad y exigencia de las cuestiones que se tratan. Naturalmente, hablo de las materias que yo imparto, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada.

Quede claro que no tengo ninguna razón para disponer cómo el resto de mis colegas de otras disciplinas, Escuelas o Facultades, han de hacer su trabajo o impartir sus clases. Hablo de mis materias, no del trabajo ajeno, sobre el cual ni tengo, ni deseo tener, ninguna implicación. Sea como fuere, comprendo perfectamente que el alumnado no asista a las clases presencialmente, porque tiempos y espacios pueden ser un enorme obstáculo. Los horarios no siempre coinciden bien para poder asistir a clase, y las distancias son en ocasiones enormes, con problemas de tráfico y circulación. Construir universidades a 20 kilómetros de centros urbanos es un disparate. A mi juicio, las clases presenciales deben reducirse al mínimo imprescindible.

Se me dirá que tal vez algo así desnaturaliza la relación entre el profesor y el alumno. Se puede decir lo que se quiera. Me da igual, me es indiferente. Yo digo lo que yo pienso. La relación entre el profesor y el alumno debe ser estricta y exclusivamente profesional, académica y distante. Fuera del aula y fuera del horario laboral esa relación no tiene sentido. No hay que mezclar el trabajo con nada ajeno al propio trabajo. Esto es lo que yo pienso. Cada cual que haga lo que quiera.

Como analista de la educación, y en particular de la educación superior, ¿Cuál diría que es el estado de la cuestión de la educación universitaria en España a día de hoy?

El estado en el que se encuentra la educación se puede interpretar de tantas formas como personas hay. De hecho, cada persona lo interpreta como quiere, como le da la gana y como más le gusta o le disgusta. Dado que cada uno dice lo que quiere y todos lo que les apetece, la cosas se hacen como disponen los políticos. La gente habla, comenta, interpreta, publica libros y artículos, hace debates, pero en realidad a nadie le importa de verdad la educación científica. Yo observo que hoy, ante la educación científica, y el estado de la cuestión ―por atenerme literalmente a la pregunta―, se dan tres formas de comportamiento. En primer lugar, están los que, a juicio de los unos, destruyen la educación, saturándola de contenidos ideológicos, pedagógicos, políticamente correctos, etc. En segundo lugar, están los que, a juicio de los otros, defienden una educación clásica, tradicional, más conservadora, basada en tendencias del pasado, la memoria, el aprendizaje de conocimientos, etc. Unos y otros, a mi modo de ver, invierten mucho tiempo, tanto publicando libros y artículos como organizando muchos debates. Hacen negocio y publicidad con una u otra cuestión.

Sin embargo, a mi modo de entender, hay una tercera vía, que es la que yo practico, y que consiste en impartir ―al menos ésa es mi intención, otra cosa es que lo consiga― clases de calidad, con contenido académico y utilidad práctica. Yo no pierdo mi tiempo en debates. No debato con nadie, porque no tengo nada que debatir. Cada cual puede tener la idea que quiera, porque a mí todas me resultan igual de indiferentes. Yo hago mi trabajo, y lo que piensen los demás no es asunto mío. Lo único que me importa es impartir clases que considero tienen calidad en relación con la Teoría de la Literatura y la Literatura Comparada, que es mi razón profesional de ser y de ejercer la docencia y la investigación.

Las personas que cada día me hablan de lo mal que está la educación me resultan tan sospechosas como las que me hablan de lo bien que está la educación. No me interesan sus conversaciones. No necesito que me expliquen cómo es la realidad de la que formo parte. Me interesa la libertad y la calidad de la educación científica. No leo libros de filósofos que me dicen cómo tengo que impartir clase. No me interesa. Prefiero leer a Cervantes, a Quevedo o a Homero, por ejemplo. Me preocupa el contenido y la calidad de mis clases. Los debates se los dejo a los demás.

Los más agoreros dicen que a la Universidad llegan mal preparados, que hay un problema no resuelto por las distintas reformas educativas…

El éxito de la educación, de toda educación, universitaria y de todo tipo, es un autodidactismo encubierto. Yo tuve profesores de Universidad pésimos, vagos, mal preparados y también malas personas. Nadie me regaló nada. Ni a mí ni a ―casi― nadie de mi generación. No me educaron con contemplaciones. Lo que se lleva ahora ―fingir preocupación por el prójimo― no se daba en la década de 1980. ¿Que los alumnos llegan mal preparados a la Universidad? ¿Y cuándo no fue así? Sí es cierto que, en otros tiempos, hace 20 o 30 años, los alumnos que llegaban mal preparados a las aulas universitarias, y no estudiaban, suspendían, o abandonaban la carrera. Hoy se evita el fracaso universitario, y se les aprueba, aunque no sepan, para que no haya suspensos ni abandonos. De este modo, se evita hacer público el fracaso del sistema académico, social y democrático. Incluso a través de la denominada «evaluación curricular» se puede aprobar a un alumno con dos asignaturas suspensas para que se gradúe, y de esta manera no figure, ni compute, nunca como un fracaso universitario. Es un autoengaño. Un autoengaño colectivo, institucional y consentido.

Los mismos profesores que en unos lugares y circunstancias se lamentan de lo mal que está la educación, en otros momentos y contextos votan a favor de graduar a un alumno con dos materias suspensas. Y tan felices. ¿De qué quiere que me sorprenda? Las reformas educativas resuelven el problema perfectamente: no hay fracaso académico. Todos aprueban. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Qué los alumnos no saben leer ni escribir? ¿Y qué? ¿Cuántas personas hay que no saben leer ni escribir correctamente y gestionan la vida de millones de ciudadanos supuestamente inteligentes, trabajadores y honrados? ¿O acaso la democracia actual no está diseñada para dar opciones a todo el mundo, al margen de sus méritos, esfuerzos o merecimientos? La vida humana nunca ha sido justa. ¿Por qué gracia insólita y gratuita tendría que serlo en el siglo XXI? Otra cuestión es que estos criterios no gusten a algunas personas, pero de su éxito no se puede dudar, porque permiten que el fracaso resulte invisible a todos los efectos. Y los fracasos invisibles no computan. Pero que no se registren en un acta no significa que no existan. La democracia posmoderna está organizada para invisibilizar el fracaso, y conseguir que la gente se sienta feliz, aunque su vida personal y profesional sea una ruina irreversible, una miseria sin dinero ni trabajo o una incapacidad crónica y absoluta para superar las más básicas limitaciones.

¿Qué se busca a su juicio con ello?

Se busca la felicidad, no la inteligencia. Se busca la apariencia, no la libertad. Se vive en el autoengaño, y no en el secreto de la educación: superar el desengaño para abrirse camino en la vida. Pero la ignorancia, como la pobreza, no se puede disimular. La inteligencia no se puede fingir. Las consecuencias de la ignorancia entre los jóvenes son, hoy, la principal causa de enfermedades mentales. Una pandemia que en el siglo XXI se multiplica exponencialmente. La solución no está en la psiquiatría, sino en la prevención que sólo se puede llevar a cabo desde una educación basada en el desengaño ante las exigencias de la vida. La locura es el resultado de una vida personal que no sabe hacerse compatible con la realidad.

En 2023 conocimos los resultados del I Estudio Nacional sobre el Estado de Ánimo de los Docentes, y el principal de ellos es que uno de cada tres presentaba depresión o síntomas de ella. ¿Cómo podemos proteger a los docentes, con carácter general, en cualquier etapa educativa?

Yo no puedo responder a esa pregunta, porque no soy psiquiatra ni psicólogo. Lo que sí sé es que muchas personas tienen que trabajar en condiciones muy adversas, en la docencia y fuera de la docencia. Hay trabajos que requieren un vigor físico y psicológico que, si no se posee, no pueden ejercerse. Sé que quien no trabaja, no madura. Sé que el trabajo es imprescindible para abrirse camino en la vida y que es una de las medidas más precisas del grado de madurez de una persona. Si alguien es vulnerable a determinados hechos que le impiden ejercer su trabajo, tiene esencialmente dos alternativas: superarlos o sucumbir. Trabajo es aquello que se hace sólo por dinero. La docencia es un trabajo mucho más duro de lo que la gente cree. Hay que enfrentarse a muchas situaciones, y todas ellas adversas. La gente idealiza la docencia hablando de muchas tonterías: la formación del alumno, la dignidad del trabajo, el cultivo del espíritu, el valor de las Humanidades, la importancia de la Filosofía, y otras monsergas por el estilo, muy ajenas a la realidad de la docencia.

Siempre recuerdo un hecho que viví directamente como estudiante universitario. Uno de nuestros profesores de entonces tenía la costumbre de formar un corrillo con alumnos a la puerta del aula una vez terminada la clase. El tema del corral era siempre el mismo, la arenga del docente idealista: «seréis un día profesores, educaréis las almas de los más jóvenes, la pureza espera vuestras palabras…». Y varias ridiculeces por el estilo. Un día, en el corro, estaba presente una alumna singular, que miraba a aquel infeliz parlante de forma disidente y casi amenazante. El profesor, con modales de clérigo, y aflautando la voz, le preguntó, focalizándola: «¿Y tú, por qué dudas? ¿No quieres ser profesora el día de mañana, y educar a jóvenes necesitados de sabiduría? ―No―, respondió ella. A lo que él, más infeliz que nunca, preguntó: ―¿Entonces, qué quieres ser?… ―Puta», concluyó ella. Aquel día el corro se disolvió antes de lo previsto. Desconozco si mi compañera cumplió su palabra.

¿Y cómo podemos inculcarles a nuestros estudiantes que, si no se esfuerzan, los títulos, por más que los consigan porque una u otra ley sea más permisiva o flexible que otra, les servirán de poco cuando se enfrenten al mercado laboral?

No lo sé. Pero sé que ésa no es mi labor. Mi trabajo no consiste en inculcar lo que deben hacer o no con su vida, su esfuerzo o su voluntad. Eso es una cuestión personal, y responsabilidad de cada individuo, no mía. Mi trabajo consiste en impartir clases de calidad ―insisto en que otra cosa es que lo consiga― sobre Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y desarrollar una labor investigadora que sirva a quienes me sucedan en el desarrollo del conocimiento. Las citas con la realidad son inexcusables. Y entre ellas, hay tres citas imposibles de eludir: la salud, el trabajo y el dinero. Dicho en una sola palabra: la necesidad. Éste es el más potente y crudo magisterio. Con la necesidad no sirven los idealismos, ni la pedagogía roussoniana, ni las filosofías de autoayuda, ni el narcisismo arácnido ―no hay tela sin araña― de las redes sociales. Cuando el trabajo es improductivo, el dinero falta y la salud falla, ¿qué queda del ser humano? Pues eso es lo que se va a encontrar la mayor parte de la gente a lo largo del siglo XXI: un fracaso personal y profesional al que le resultará imposible sobrevivir. El idealismo no resuelve los problemas reales, los intensifica, al ignorarlos. La educación no puede basarse en el idealismo, sino en todo lo contrario: en un enfrentamiento crudo con la realidad.

Jugando con el título de aquella canción de Golpes Bajos, ¿son estos malos tiempos para los clásicos, su especialista, para la Historia, para la filosofía…?

Yo nunca he conocido buenos tiempos para nada ni para nadie. He conocido tiempos en los que era posible hacer ciertas cosas y tiempos en los que no. Lo que sí sé es que desde que entré en la Universidad, primero como estudiante y luego como profesor, todos los cambios que he conocido han sido siempre a peor en todo. Todo cambio suponía la introducción de un nuevo obstáculo, superior a cualquiera de los anteriores. Llevo ya 30 años ejerciendo la docencia universitaria, en España y fuera de España. En el extranjero las cosas no son mejores. Cuando la gente dice, narcisistamente y de modo despechado, que se va de España a trabajar en el extranjero, pienso… «al plato vendrás, y entonces verás». No he visto que nada de cuanto se ha introducido, ni legislativamente ni de otro modo, haya servido para mejorar nada. Ni en España ni tampoco fuera de España. En Estados Unidos la libertad en la Universidad es una absoluta ficción. La Universidad es hoy, allí, en la anglosfera, en el país en el que la libertad es, ante todo, una estatua, como diría Pablo Neruda, un lugar peligrosísimo e inseguro. Las cosas han cambiado, pero no para mejor. Incluso las cosas cambian a mitad de juego: cambian las normas del juego en medio de la partida. Se nos dan unas instrucciones para desarrollar nuestro currículum académico, y cuando llevamos unos años formándonos conforme a estos criterios, surgen nuevas normas, que ningún profesor ha votado ni consensuado jamás, en nombre de las cuales normas los criterios antes vigentes cambian de forma radical. La democracia funciona así. Unos cambian las normas que afectan a todos, sin que la mayoría pueda hacer nada por evitarlo.

Yo no voté el Plan de Bolonia. Ni yo ni nadie. Se nos impuso, y punto. A nadie se le preguntó si estaba de acuerdo o no. La Aneca cambia sus normas cuando quiere. A nadie se le pregunta si está de acuerdo o no. Se imponen y punto. La democracia es una mayoría de votantes que elige a una minoría de gobernantes que gestiona la democracia a su gusto. Emitido el voto, los votantes son simples peones sin libertad ni poder. Si te gusta, bien, y si no, también, porque no hay otra cosa. Ni la habrá. Por el momento… Por otro lado, habla usted de la Filosofía. Mire: la filosofía es un mito. Está mitificada. La filosofía es, en realidad, una forma excéntrica de ejercer la sofística. Platón es tan tramposo como Gorgias y Sócrates tan gualdrapero como Protágoras. La filosofía es un nido donde sólo ponen sus huevos los que hablan de religión, de política o ideología y de autoayuda o autoengaño. En el mundo antiguo la filosofía era religión, como en la Edad Contemporánea la filosofía es política e ideología, y como en el siglo XXI la filosofía son frases de autoayuda. No hay más. En realidad, la filosofía es un modo de relacionar y organizar las ideas de que disponemos y con las que actuamos. Nada más. Nada menos. Hay muchas personas que no han estudiado nunca filosofía y organizan su vida y sus ideas mucho mejor que Platón, Nietzsche, Heidegger o Fukuyama. La filosofía es un cuento sin sentido del humor. Y en realidad es un cuento bastante siniestro. Los sueños de los filósofos provocan insomnio.

¿Qué le dice usted a un alumno que le confiesa que, a mediados de carrera, incluso ya graduado, en realidad, aunque estaba entre las materias, aún no ha leído en serio el Quijote?

Yo no hablo con alumnos fuera de mi ámbito laboral. Y desde luego no escucho ninguna de sus confesiones, ni dentro ni fuera del aula. Los alumnos forman parte de mi trabajo, no de mi vida. Soy profesor, no confesor. No soy cura, ni psiquiatra, ni «hermano mayor» de nadie. En mi trabajo explico el Quijote, entre muchas otras obras literarias. Examino al alumnado conforme a la legalidad vigente y de acuerdo con la guía docente de la materia, y lo que ocurra fuera de mi horario y calendario laborales no es asunto mío y no debe ser asunto mío. Dedico mi vida personal y profesional a explicar literatura, he grabado más de mil doscientos vídeos sobre interpretación de autores y obras literarias, y he puesto gratuitamente a disposición de todo el mundo, en internet, contenidos críticos y académicos propios de un nivel universitario, de forma abierta, libre y gratuita, así como toda mi obra, la Crítica de la razón literaria. Soy responsable de lo que he escrito, y me deberán el favor ―que no cobraré― de haberlo regalado. Lo que la gente haga con ello es algo que no puede importarme. Cada año se gradúan cientos o miles de estudiantes en materia literaria y en Hispanismo que no han leído nada, ni el Quijote ni nada. Y el hecho de que muchos de sus profesores lo hayan leído ―y estoy seguro de que muchos no lo han hecho― no nos asegura nada tampoco. La mayor parte de los lectores, intérpretes o parlanchines del Quijote leen esta obra como un libro de autoayuda, de afirmación del idealismo y muchas tonterías. No han comprendido nada, porque no leen la obra, sino que proyectan sobre un texto que no comprenden ansiedades personales o prejuicios inconscientes. No hacen interpretación literaria, sino proyección personal de emociones e ideales. Para ellos la literatura es una sesión emocional o terapéutica, y no un desafío a la inteligencia humana. Prefieren lo sensible a lo inteligible. Para eso vale más que lean a Harry Potter, a Mark Twain o a Edgar Allan Poe.

¿Cree que, como entrevistador, le estoy dibujando un panorama que, en verdad, no es real, y que la educación y los educandos gozan de mejor salud de lo que creemos?

Gozan de una excelente salud para ser idealistas, para ser felices, para ser narcisistas, es decir, para ser ignorantes. No hace mucho circulaba por internet, precisamente por una red social que se jacta de estar destinada a profesionales de sectores especializados, un vídeo en el que se exponía lo siguiente. Una profesora dice a sus alumnos, niños todavía, que les va a mostrar lo que hay en una caja que tiene sobre la mesa. Dice la profesora que la caja contiene la foto del alumno al que ella considera su «alumno preferido». Cada alumno pasa individualmente por la mesa de la profesora para abrir la caja y ver la foto del favorito. En realidad, la foto es un espejo, de modo que cada alumno, al mirar la supuesta foto, sólo ve su propio rostro, su propia imagen, su cara. La profesora está feliz. Los alumnos están felices. Los espectadores del vídeo están felices. Pero acaso todos ignoran que se trata de un autoengaño. De un autoengaño muy peligroso. ¿Por qué? Porque un procedimiento de ese tipo puede inducir a un trastorno narcisista de personalidad. No hay por qué hacer creer a nadie que es preferido o favorito de nada. A clase se va a trabajar, a impartir conocimientos y a desengañar al ser humano para hacerle hábil ante los problemas de la vida y capaz ante las exigencias de la realidad. Inducir o perpetuar el engaño es la forma más potente de conducir a una persona al fracaso.

Usted ha escrito en su blog esto: «Huir de la inteligencia significa ante todo huir de la imaginación, pues la imaginación más seductora es siempre la imaginación más racionalista». El último informe PISA medio suspendía a los jóvenes españoles en comprensión lectora ¿Cree que le entenderían a la primera eso que dijo?

Ni lo sé ni me importa, francamente, y perdone la sinceridad de mi respuesta. Yo no hablo ni escribo para los jóvenes, ni para los viejos, ni para nadie en particular. Escribo y hablo para expresar un sistema de ideas. Lo que digo o escribo no es resultado de una espontaneidad o de una ocurrencia, sino que se trata de afirmaciones que forman parte de textos más amplios, de los que se extraen como una cita, y que pueden leerse como aforismos o paremias. Ni yo ni nadie puede pretender que se entienda lo que se dice o se escribe. Cada texto selecciona a sus propios lectores e intérpretes. Por otro lado, hoy, con las redes sociales, la confusión y la destrucción de la comunicación está asegurada. Hay personas que viven en las redes sociales, y que comentan todo lo que leen, sin entender nada de lo que leen. Mi obra, que se ha difundido mucho a través de redes sociales, ha sido objeto de muchos comentarios, vídeos, réplicas, etc. La mayor parte de estos comentarios proceden de personas que no tienen conocimientos de nada, pero que, bajo la ilusión de usar internet, creen que saben algo. Le pongo un ejemplo. Yo siempre he dicho que la literatura no es una ciencia. Es la tesis número 4 de la Crítica de la razón literaria: «la literatura no es una ciencia». Bien, pues son incontables las personas que, comentado tonterías en internet, me objetan ―jugando a ser sabios― que yo haya dicho que «la literatura es una ciencia». Es decir: entienden todo al revés. Otro lo lee, y sigue el hilo. Y así sucesivamente. Las redes sociales son el magisterio de la ignorancia, la metátesis de necedades infinitas. Y a la vez son también medios de difusión de conocimientos y saberes de primera categoría, para quien sabe interpretarlos. La realidad es dialéctica y conflictiva. Saber sobrevivir a esos contrastes es fundamental. Y la educación debe ser el principal instrumento para conseguirlo, y no el medio más insistente para provocar en niños y jóvenes todo tipo de patologías trastornos de personalidad.

Permítame otro juego de palabras, en este caso, tirando del refranero ¿Con la literatura la letra entra? ¿O es la literatura esa asignatura por la que no le van a pedir cuentas al alumno en la empresa donde inicie su andadura como trabajador?

Vida y trabajo son dos cuestiones diferentes. El mundo anglosajón ha subordinado la primera a la segunda, es decir, ha hipotecado la vida en nombre del trabajo, y lo ha hecho como sabe hacerlo siempre la anglosfera: cruelmente. Hoy todo está reducido a trabajo, rendimiento y productividad. No hay margen para nada más. Han desaparecido todo tipo de calidades no rentables. Hay simulacro de pan, el congelado, pero no pan de verdad. Se impondrá la carne artificial, y muy pocos consumirán carne verdadera. No tardará en volver a comercializarse la leche en polvo (algo que ya se hizo en épocas de escasez), y se demonizará el consumo de la leche de verdad. La propaganda hace el resto, y la gente lo aceptará porque el «sistema» sabe cómo hacerlo. La literatura es uno de estos productos de calidad que se ha sustituido por otros sucedáneos más potentes emocionalmente: el cine puede ser más emocionante que la literatura, al igual que el periodismo sensacionalista es más emocionante y rentable que la información crítica y veraz. Hoy todo periodismo es sensacionalista, pues no serlo supone desaparecer de internet. Vamos hacia un mundo sin productos de calidad: ni leche, ni pan, ni carne, ni literatura. Ni información. La gente pasará su vida trabajando. ¿Para qué quiere la literatura alguien que no sabe vivir? Ya he dicho que trabajo es aquello que sólo se hace por dinero. El trabajo consiste en vender tu libertad a cambio de dinero. La esclavitud consiste en vender toda tu vida a cambio de sobrevivir día tras día, es decir, a cambio de nada, porque vivir sin libertad no es vivir. El esclavo reemplaza el dinero por la supervivencia. ¿Para qué quiere dinero alguien que no tiene libertad? El siglo XXI es el siglo de los esclavos. Los ricos no tienen ideología, tienen dinero. La ideología es la emoción de los pobres.

Que si programación, informática, big data, blockchain… Nos dicen que eso es lo que reclama el mercado laboral, y los jóvenes están alerta, claro, ¿usted cómo lo ve?

Lo veo como lo que es: la esclavización posmoderna del ser humano. Es un mundo inhabitable fuera del mercado laboral. Y, dentro de él, absolutamente inhumano. En consecuencia, quienes vivimos en el siglo XXI nos movemos entre lo inhumano y lo inhabitable. Es mejor que la gente no lo sepa. Para eso está la educación, para sumir a la gente en la inconsciencia colectiva, el consumo masivo y el autoengaño feliz.

¿Le teme como educador a la Inteligencia Artificial?

Es muy útil. Yo la uso para responder al 99% de los correos electrónicos que abro (que son menos del uno por ciento de los que recibo). Por otro lado, debo ser sincero, pese a resultar árido en la forma de expresarme: yo no soy educador, soy solamente profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. No educo: explico literatura. No es lo mismo.

Le preguntaría mucho más, pero prefiero darle la opción, retórica, para que lance un mensaje, primero, a ese estudiante de natural insatisfecho, y segundo, a ese director de un centro educativo agobiado porque a final de curso constata que sus alumnos no obtienen los resultados esperados, y, por defecto, le echa la culpa de ello a la última reforma, ¿o ambos, estudiantes insatisfechos y directores agobiados, son también corresponsables de la situación?

Las personas inteligentes no necesitan consejos. Les basta la lectura de los autores clásicos de la tradición cultural hispanogrecolatina y ―sobre todo― vivir cada día la realidad del mundo: enfrentándose a ella laboralmente, es decir, trabajando.

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