José Antonio Luengo (Colegio de la Psicología de Madrid): “La salud mental de la infancia y de la adolescencia estaba quebrada mucho antes de la pandemia”

José Antonio Luengo, decano del Colegio de la Psicología de Madrid

Están a punto de cumplirse dos años desde que el SARS-CoV-2, el virus del COVID, irrumpiera en la historia de la Humanidad. Se ha hablado mucho y mucho se hablará, se estudiará y se escribirá, sobre los efectos que la pandemia está teniendo en la salud mental, particularmente de los niños y adolescentes. Las cifras al alza de las atenciones de los especialistas en salud mental, indican que algo está pasando con nuestros jóvenes y nuestros niños. Pero para José Antonio Luengo, decano del Colegio de la Psicología de Madrid, no todo es culpa del COVID. Ahí van algunas de sus afirmaciones: la salud mental de la infancia y de la adolescencia estaba quebrada mucho antes del confinamiento y de la pandemia; en la adolescencia siempre ha habido miedos e inseguridades, pero ahora la presión es brutal; los cuatro meses de confinamiento fueron devastadores; no lo estamos haciendo bien, en general, como sociedad, con la infancia y con la adolescencia.

Sin embargo, como podrán leer, en esta entrevista hay espacio también para reconocer muchas cosas positivas, como el papel de docentes, familias y profesionales de la salud mental en la tarea de prevenir, detectar y sanar el malestar psicológico de nuestros menores. O que cuando una familia se pone a pensar qué está haciendo, cuáles son sus ritmos, su modelo educativo, y sus prioridades, las cosas mejoran mucho. Una charla apasionante en la que encontrarán más luces que sombras.

¿Es posible medir el impacto, del COVID, del confinamiento, la pérdida de relaciones, el aislamiento, las mascarillas, en la salud mental de nuestros niños y adolescentes?

Se puede medir si comparamos las tasas de demanda de atención en salud mental, precovid y postcovid. No es un indicador exacto, pero sí nos permite ver cómo el registro histórico se modifica con la introducción de una variable que es el confinamiento y la pandemia. Y hago referencia espresamente al confinamiento, porque ya casi se nos se nos ha olvidado. Hablamos de pandemia y metemos el confinamiento como un elemento más de la pandemia, pero esos cuatro meses fueron devastadores y son especialmente responsables de muchas de las cosas que están pasando.

Lo que se ha podido comprobar es que la demanda de solicitudes de atención de los dispositivos de salud mental se ha incrementado.

¿En las escuelas es posible detectar mejor que en las familias estos problemas?

Creo que sí, que la escuela es un espacio donde los chicos y las chicas comunican con más facilidad la experiencia que tienen cuando viven esa suerte de desajustes o primeros síntomas de un trastorno psicológico. Tiene sentido porque el profesorado puede ser un agente de confianza, pero sin el sello de autoridad que aporta un progenitor. Un profesor es más neutro, y si han conseguido tener confianza con alguno, es más fácil hablar.

¿Los docentes qué pueden hacer, cuando incluso para los profesionales de la salud mental es difícil detectar problemas psicológicos de un adolescente o un niño, que no son evidentes?

Durante el curso 21-22, el inmediato al del confinamiento, el profesorado los equipos directivos, las familias, los alumnos, dieron un ejemplo de comportamiento que sostuvo al país. Hubiera sido incontemplable pensar que en ese septiembre, que parecía que llegaba el apocalipsis, se hubieran tenido que cerrar otra vez las escuelas. En un momento en el que todos estábamos asustados, eso permitió que las escuelas permanciesen abiertas y que este país siguiera hacia adelante. Tambaleándose, pero hacia adelante.

El profesorado en general tiene muchos más habilidades y competencias de carácter personal, humano, de las que la gente se piensa e incluso de las que el mismo colectivo de profesores y profesoras entiende.

El proceso de detección no siempre es sencillo. Requiere de una mirada especial. Hay muchas ocasiones en las que simplemente esta actitud de dar, de darse que tienen los docentes, habilita que los chicos cuenten cosas, como decíamos antes, que no cuentan en otros espacios. A veces casi no tienes que hacer nada más, sino simplemente portarte como un ser humano.

Hay una frase que se atribuye Carl Jüng, qué decía: “Conoce todas las teorías, desarrolla todos los procedimientos, sé un buen profesional, pero cuando te enfrentes a un alma humana, sé también un alma humana”. Esto es de una belleza inconmensurable. Para detectar, a veces basta con mirar de una determinada manera y que los demás sepan que tú estás mirando con afecto, con cariño, con ternura. Basta para propiciar un espacio de confianza que permite que te puedan contar cosas que tú no ves.

Pero lo cierto es que las personas que trabajamos en estos temas llevamos mucho tiempo alertando de estas circunstancias, de que la salud mental de la infancia y de la adolescencia estaba quebrada mucho antes del confinamiento y de la pandemia. El sistema educativo en general, no ha contemplado estos elementos como prioritarios.

Tenemos que reforzar dos elementos básicos en el sistema educativo: la formación del profesorado, para detectar y atender las primeras demandas y para prevenir, con actividades en las tutorías que permitan a un chico reflexionar sobre lo que es el sufrimiento, el dolor psicológico.

Otro elemento indispensable que las administraciones tienen que mejorar son los sistemas de asesoramiento a los centros. Que haya especialistas dentro del sistema educativo, psicólogos educativos, que puedan apoyar a los centros cuando tienen estas dificultades.

En un artículo que firmaba recientemente en el blog del Colegio de la Psicología de Madrid defendía que la educación emocional, no debería ser una moda, sino que es una necesidad imperiosa. De nuevo, ¿los docentes están formados para eso?

El profesorado lleva mucho tiempo desarrollando prácticas de innovación que le permite trabajar con sus alumnos y alumnas en el marco de proyectos, de trabajo conjunto, utilizando las tecnologías de la información, mejorando los sistemas que permiten trabajar las asignaturas con nuevas metodologías, la experimentación basada en proyectos, el aprendizaje cooperativo… es decir que llevan mucho tiempo trabajando esta línea.

En esos contextos de nuevas metodologías, el profesor pone en marcha muchos mecanismos de trabajo desde lo emocional que casi ni te das cuenta de que los estás poniendo en marcha. Cuando tú estás enseñando a tus alumnos a que desarrollen un proyecto por grupos, lo expongan, debatan y elaboren unas conclusiones sobre un tema, ahí también hay educación emocional. Porque en el trabajo del grupo hay gestión de emociones, de responsabilidades, de egos, de convivencia, etc. Es decir que el profesorado sabe mucho más de la gestión de las emociones y el trabajo con las emociones de lo que se puede pensar.

Pero sí es verdad que faltan tiempos específicos para hacer una inmersión más directa en este trabajo sobre las emociones en los centros educativos. Hay que plantearlo, planificarlo y desarrollar un buen programa con objetivos, contenidos, con la colaboración con la familia, y evaluando al final lo que hemos hecho. Y eso no se hace siempre. Es una de las cosas que entre el Colegio y la Comunidad de Madrid vamos a intentar hacer a través de un proyecto de investigación.

En los últimos tiempos se está rompiendo el tabú de no hablar del suicidio y de algo que a la sociedad le da mucho más miedo como son los suicidios de niños y adolescentes. ¿Es bueno que se rompa el tabú y por qué es bueno?

Lo viene diciendo la Organización Mundial de la Salud, lo venimos diciendo desde sociedades científicas y lo dice la investigación. Donde se ha visibilizado el fenómeno del suicidio hablando de él, pero hablando bien, se han reducido las tasas de suicidio. Hablar del suicidio no es utilizar el morbo, o dedicar titulares a cómo se ha producido, o a la historia trágica que vivía una persona. Ahí está el quid de la cuestión.

Hablar del suicidio es hablar de la cantidad de programas de prevención que existen y que tienen una efectividad suficientemente probada. Hablar del suicidio es escuchar a los supervivientes, a las víctimas silenciosas de este proceso, a los que quedan. Escuchar su sufrimiento.

Hablar del suicidio significa dedicar tiempo a la formación de profesionales de la atención primaria, de los centros educativos para lo que antes hablábamos, para detectar mejor el sufrimiento psicológico. Y hablar de suicidio en un centro educativo se debe hacer hablando de lo que nos lleva a pensar en quitarnos la vida, que es el sufrimiento psicológico.

Podemos pensar que esto puede generar un efecto llamada, pero lo que sabemos es que cuando los chicos oyen que se normaliza hablar de este sufrimiento psicológico, muchas personas lo que hacen es pedir ayuda. Si eso no ocurre, no la piden y acaban entrando en una suerte de captura de dolor existencial que les lleva en muchas ocasiones a no encontrar salida.

Han sucedido un par de casos violentos muy llamativos con niños como protagonistas, ese chaval de Elche que asesina a tiros a toda la familia, y en Murcia un niño de 13 años que apuñala por la espalda a su profesor en plena clase. ¿Son casos anecdóticos o la punta del iceberg de un problema más grande que no vemos?

Estos casos inflaman mucho la preocupación de la sociedad, porque están ligadas a la infancia, a la adolescencia, que debería ser un espacio y un tiempo en el que los críos deberían pasar desapercibidos. También hay enfermedad mental y comportamientos inesperados, la impredicibilidad del comportamiento es una evidencia.

Para saber qué pasa por la mente de un niño para hacer lo que hace en alguna ocasión, tenemos que hacer un buen trabajo pericial, del que luego no se habla, y ver qué explicación podemos encontrar a estas circunstancias. Y casi siempre la encontramos. Pero cuando se encuentra o no es noticia o es tan compleja desde el punto de vista del marco teórico que no sale a la luz.

En casi todos estos contextos hay una o varias causas que se confabulan para generar un comportamiento impredecible y muy agresivo, muy dramático.

Lo que quiero decir es que yo no creo que sea la punta del iceberg de un problema que está ahí por aparecer. Lo que creo es que son elementos muy preocupantes que nos hablan de cómo, en ocasiones, cuando se viven determinadas experiencias personales muy desestabilizantes en la infancia y en la adolescencia, al final, en algún caso, aparece un pico de estos.

Pero dicho esto, que puede ser una visión positiva, que estas cosas pasan porque la violencia está ahí, porque va a aparecer y porque lo queramos o no, lo mismo que pasa con la enfermedad, pues acabará tocando en algún sitio, dicho esto, lo que sí entiendo es que no lo estamos haciendo bien como sociedad en general con la infancia y con la adolescencia. No creo que estemos facilitándoles un mundo en el que ellos sean más felices, se sientan más seguros y construyan mejor su identidad.

De eso tiene mucha responsabilidad el consumo abusivo, voraz y muy desasosegante de contenidos inadecuados en Internet. Es una forma de relacionarnos gracias a las tecnologías que no ayudan en absoluto a generar un aprendizaje del comportamiento empático, de la adecuada interpretación de que cada uno tiene su vida y tenemos que respetarla. Yo creo que no lo estamos haciendo bien y buena prueba de ello es que las tasas de problemas y desajustes emocionales de nuestros chicos y nuestras chicas se incrementan día a día.

Pero hay una distancia entre esto que estoy diciendo, que es la salud mental, el balance entre malestar y bienestar, y estos picos que son tremendamente llamativos por lo inflamados que son, pero que yo creo que obedecen a situaciones muy extraordinarias. No se debe exactamente a que los chicos estén tan mal, tan mal, tan mal, que cada vez vamos a ver más estas cosas. Yo no lo creo.

Lo que sí vamos a ver cada vez más es que no estamos a gusto con la vida. Y esto muchos chicos y chicas nos lo dicen ya estando razonablemente bien. Van a clase, tienen su vida, tienen sus cosas, pero cuando hablan con nosotros nos dicen, no estoy a gusto, no lo llevo bien, me cuesta trabajo integrarme, tengo miedo a fallar, a no tener éxito, a parecer un pringado ante los demás. Esto en la adolescencia nos ha pasado siempre, pero ahora la presión es brutal.

¿Cómo resolverlo?

La mala noticia para mí es que, como organización social – pero no hablo de España, hablo de la cultura que conocemos, la centroeuropea, anglosajona – yo creo que no lo estamos haciendo bien.

Vivimos un escenario de decrecimiento basado puramente en lo económico que está ahogando a muchas familias, a muchas personas, que deja bolsas de pobreza tremendas y desigualdad y eso tiene sus efectos en los niños y en las niñas que crecen en ese entorno. No solo los entornos desfavorecidos, sino también en los muy favorecidos económicamente, donde a veces lo que nos encontramos es una suerte de “ahí estás, tú lo tienes todo, pero tampoco te presto mucha atención”, ¿no? Para mí esa no es una buena noticia.

Pero la buena noticia es que cuando una familia se pone a pensar qué estamos haciendo, cuáles son nuestros ritmos, cómo estamos educando, a qué estamos dedicando el tiempo libre, cuál es el modelo educativo, cuáles son las prioridades, qué modelo estoy dando yo de comportamiento, cómo puedo buscar fórmulas para que mis hijos estén mejor y tengan más confianza, cuando hacemos eso, las cosas mejoran mucho.

Pero empezar eso supone ceder muchas cosas. Supone perder la pereza, decir vamos a hacer cosas los fines de semana que no estén relacionadas exclusivamente con lo de siempre, con lo rutinario. Porque al final acaba siendo muy cómodo que nuestro hijo esté en su habitación con sus cosas y nosotros con las nuestras. Cuando eso lo hacemos, las cosas cambian de una manera significativa.

Pero socialmente es evidente que no podemos ponerle puertas al campo. Yo ahora puedo decir: oye, pues hay que parar el acceso de los contenidos inadecuados de los chicos y las chicas y por lo tanto esto supone poner medidas que coarten la libertad. Sería una ridiculez que yo planteara esto. Aunque a lo mejor las televisiones tendrían que mirar más, sobre todo algunas, qué emiten, a qué hora lo emiten y qué cosas plantean.

Pero sí es necesario que en los centros educativos el sistema cambie para que haya más tiempo para generar buena convivencia. Que haya más tiempo para hablar de todas estas cuestiones y tratarlas en el contexto del desarrollo de las asignaturas, que lógicamente no hay que abandonarlas, ni mucho menos.

Y luego tenemos cosas que hacer. Los ayuntamientos tienen mucho margen de mejora para ayudar a que nuestros chicos y chicas, y jóvenes, y adolescentes tengan espacios de desarrollo personal a través de actividades. Hay muchos ayuntamientos que hacen cosas fantásticas y que están dando muy buenos resultados.

Incorporar especialistas en psicología en Atención Primaria – aquí en Madrid tenemos un primer elenco, que tenemos que seguir ampliando – es muy importante. Porque hay muchas cosas que pueden tratarse ahí sin necesidad de ir a la atención especializada.

Y luego al final te puedo decir: y crecer en recursos, pero claro, eso lo sabemos todos.

Y por último una cosa que es obvia. Lo mismo que la educación hubiera requerido un pacto simplemente humano para desarrollar una propuesta consensuada, creo que en el ámbito de la salud mental deberíamos estar más cerca de poder llegar a ello porque ahí no hay asuntos ideológicos tan complejos como los hay en educación. Aquí lo que hay es la enfermedad mental, el trastorno, el desajuste y de ahí la exigencia a nuestros políticos para crear un marco consensuado de intervención, de actuación. Yo creo que es imprescindible.

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