José Luis, o la autocrítica

enfado electoral
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¡Ultra!, ¡berberechero!, ¡indocumentado!, ¡alienado!…

Pero oiga…

No tengo ninguna intención de entrar en las polémicas propias de una campaña que ya ha pasado y cuyos resultados, como buen demócrata, he de asumir. No me voy a pronunciar sobre preferencias políticas que, por otra parte, vienen bien definidas en mi perfil de esta sección. Ni siquiera voy a manifestar mi placer o disgusto con dichos resultados. No es esta una columna política sino educativa y, por ello, voy a centrar mi análisis en aquello que entiendo tiene que ver con la educación, con los valores y las competencias, que deberíamos esperar de todo adulto -más aún si tiene responsabilidades públicas- y que son las que trabajamos y exigimos a nuestros alumnos.

Si debemos pensar y sacar conclusiones educativas de lo que ha pasado en la campaña (que ha pasado mucho, pero no voy a entrar en ello), permítanme centrarme en el epílogo de la misma. Son las 23.30 de la noche y los líderes políticos comienzan a hacer sus primeras valoraciones. Normal que no todos estén satisfechos por los resultados, porque en una campaña política, en una carrera de fondo, en un partido de fútbol, en la vida misma, cuando uno no gana o no obtiene el resultado que persigue, suele decepcionarse y ofuscarse con la realidad. Hasta ahí, normal.

No es tan normal, sin embargo, que varios de los portavoces de los partidos políticos arremetan contra los votantes que en su legítimo derecho y ejerciendo sus responsabilidades cívicas y constitucionales, han ejercido su derecho al voto eligiendo a la candidata o al candidato que más satisface sus expectativas. Creo que es la primera vez desde el 78 que asisto a un espectáculo tan deleznable.

¡Simple!, ¡tabernario!, ¡sinsustancia!, ¡cayetano!…

Madre del amor hermoso…

El desarrollo del pensamiento crítico en nuestros alumnos que, como ya hemos señalado en artículos anteriores, consideramos una de las competencias clave esenciales que se deben trabajar, comienza con un análisis objetivo y realista de la realidad. Es indudable que soslayar la subjetividad entraña una gran dificultad, más aún cuando se realiza un análisis introspectivo. No es fácil, y por eso se ha de trabajar intensamente, eliminar los factores que pueden distorsionar nuestro juicio; pero es fundamental para lograr que el resultado de la reflexión adquiera valor. Si no somos capaces de eliminar nuestra carga emocional en el examen de la situación lo más probable es que lleguemos a conclusiones erróneas. Si esas conclusiones, además, deben servirnos para fundamentar actuaciones futuras, es más que probable que los planteamientos que hagamos a partir de ellas deriven en líneas de actuación equivocadas y, por tanto, en resultados desacertados.

Nuestra función como escuela es, entre otras cosas, preparar a nuestro alumnado para enfrentar una sociedad cambiante e incierta con la mayor solvencia posible. Trabajar con nuestros alumnos competencias que les permitan discernir y elegir su propio destino es una de las mayores responsabilidades y, por otro lado, satisfacciones que los educadores nos echamos sobre nuestros hombros.

El destino de uno se hilvana sobre la constante elección de opciones vitales, personales, profesionales… y es por ello por lo que debemos ser conscientes de la importancia de educar en mejorar esa capacidad de elegir. La crítica, o la autocrítica (cuando se trata de valorar las acciones de uno mismo), son fundamentales para mejorar cualquier ámbito. Nuestros alumnos, los ciudadanos de pleno derecho del futuro, que van a formar parte de una sociedad cuya mayor aspiración debería ser la de acogerlos y permitir que desarrollen sus intereses vitales, sus conocimientos y sus facultades, en el campo o disciplina que consideren más adecuado, debe exigirles, por el contrario, que su aportación a ella sea fructífera y colabore a su desarrollo como sociedad. Un “do ut des” en toda regla, sin olvidar que las sociedades evolucionan desde la crítica y las tensiones internas que se generan en su ser.

¡Zoquete!, ¡barista!, ¡correveidile!, ¡lametraserillos!…

¿Está seguro de que se refiere a mí?…

Han pasado ya varios días desde ese 4 de mayo y aún colean las descalificaciones e insultos a ese más de un millón seiscientos mil madrileños que decidieron elegir una opción política concreta. Por cierto, muchos de los cuales no lo hicieron en el mismo sentido dos años antes. Tanto la vicepresidenta primera del gobierno, Dª Carmen Calvo, como el ministro D. Jose Luis Ábalos (en una comparecencia vergonzante y vergonzosa a los pocos minutos de haberse cerrado el recuento), el exvicepresidente y candidato de Unidas Podemos D. Pablo Iglesias, o el Sr. Monedero han vertido las críticas y descalificaciones más furibundas que yo haya escuchado nunca tras unos resultados electorales. Pero lo increíble de todo ello, es que en ningún caso se han tomado la molestia de mirar hacia abajo, hacia su ombligo, y pensar que han hecho mal para que se hayan dado esos resultados. Por cierto ¿de verdad creen que con estos insultos van a recuperar a parte del electorado al que desacreditan con tanta saña? Puede que sí. Al fin y al cabo, la memoria es frágil y los intereses volubles.

¡Trumpista!, ¡facineroso!, ¡manso!, ¡mileurista “descerebrao”!

Por favor, pare ya…

Entre todos los análisis me van a permitir que destaque -escuchado en una entrevista en Esradio- el que ha realizado Íñigo Errejón. Más Madrid, para que se sitúen ustedes. Izquierda, vamos. Señalaba el señor Errejón su incredulidad ante tanta descalificación y manifestaba su profundo rechazo a la misma. Ponía encima de la mesa ideas para articular una campaña en el futuro que fuera capaz de atraer a unos votantes a los que no han sabido seducir en esta ocasión. No solo su tono, calmo y sosegado, sino su análisis con ánimo constructivo, le auguran éxitos de futuro. También García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, ofrecía una visión bien distinta de los resultados e instaba a sus compañeros -del PSOE- a profundizar en la raíz del problema que ha provocado esta debacle electoral para los suyos. A lo mejor hay esperanza. A lo mejor el sueño mediático de algunos nos permite recuperar un ambiente menos tenso y agresivo.

Respiración profunda…

Permítanme concluir adaptando la famosa frase del filósofo estadounidense de origen español, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana, y sentenciar aquello de que “la persona, o la organización, que no aprende de sus errores, está condenada a repetirlos”.

De nada.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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