Karmele o el rigor

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Esta suerte de circo nacional patrio viene ocupándose en las últimas semanas con dos grandes acontecimientos. Por un lado, las elecciones madrileñas y la sucesión de envíos amenazantes a diferentes políticos de distintas tendencias. Por otro la “docuserie” de Rocío Carrasco. No sé, honestamente, cuál de las dos tiene más abstraídos a nuestros compatriotas ante el televisor, ni cual ocupa más tiempo en las discusiones vecinales o tertulias mediáticas.

Siendo dos acontecimientos que podrían estar en las antípodas el uno del otro, sin embargo, guardan rasgos comunes que nos deberían hacer pensar en cómo nos desenvolvemos diariamente y en cuáles son los intereses que nos generan interés.

Permítanme pasar de puntillas por ambos, en cuanto a manifestar mi opinión se refiere. Y, permítanme hacerlo, además, por el sentido más hondo que quiero trasladar en este artículo, que no es otra cosa que el señalar la necesidad de contar con una batería de datos o indicios suficientes como para poder manifestar una opinión fundada y rigurosa. Por ahora en esto va ganando de calle Rocío Carrasco puesto que se está esforzando en justificar muchas de sus aseveraciones con papeles, documentos y sentencias, que soportan su tesis de haber sido una mujer maltratada y de haber sufrido violencia filio-materna. Lo verdaderamente curioso de este caso es ver a toda esa pléyade de indocumentados parlanchines cuya diarrea mental sobre este tema (en realidad sobre casi todos ellos) vomitaron su bilis y condenaron a la susodicha durante toda la década previa a la “docuserie”. Es innegable que a uno le produce cierta satisfacción asistir a sus pucheritos compungidos, a sus golpes de pecho entonando el “mea culpa” por no haber contrastado los datos que les servía en bandeja la otra parte interesada.

¿Pero es serio que ahora estas piltrafas intelectuales puedan reconocer abiertamente que han linchado durante 10 años a una mujer con la única información de una parte interesada en el caso (interesada en hundirla)? ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza? ¿No queda señalada parte importante de la profesión mediática (me niego a llamar a esto periodismo)? ¿Esas supuestas superestrellas de presentadores y presentadoras tienen la desvergüenza de no haber dimitido ante este escándalo humano? ¿Nadie comprobó el relato de un sujeto que era bien conocido por todos como chanchullero, farfullero, macarra?

Patético y lamentable.

Curiosamente, muchas y muchos de esos que lincharon a esta mujer, aparecen ahora como corderitos degollados pidiendo disculpas con los “morritos apretaos” y proclamando a los 4 vientos ¡Yo sí la creo! ¡Ahora no tengo dudas! ¡Nos han engañado durante años! Y lo hacen, increíblemente, cayendo en un error similar al anterior, porque, aunque Rocío Carrasco ha soportado muchas de aseveraciones con datos suficientes, sin embargo, hay partes del relato que son vivencias subjetivas y que no tienen un respaldo documental ¿Volvemos a caer en el mismo error, pero en sentido contrario? (no me estoy refiriendo con esto a dudar sobre el fondo de la cuestión, sino sobre cada una y de forma particular de las acusaciones que se están trasladando contra este espécimen, pero también contra su actual mujer y su hija).

Algunos lo único que pueden estar esperando respecto del rigor es su propio “rigor mortis” profesional, porque nada se puede esperar de estas mentes escleróticas y de estos rígidos de intelecto, más allá de que alguien ilustrado de su entorno más cercano, les escriba un epitafio adecuado al desempeño demostrado durante su carrera profesional.

El rigor siempre y, ante todo. No hay rigor a medias.

Vayamos al análisis de la segunda situación, la que nos ocupa respecto de las elecciones a la comunidad madrileña y muy especialmente a los episodios relacionados con el envío de balas, navajas o demás suerte de artilugios amenazantes contra algunos de nuestros servidores públicos.

Vaya por delante que me genera profunda repulsa esta circunstancia y cualquiera otra que suponga una amenaza velada o real, contra nadie, por el mero hecho de soportar unas ideas diferentes a las de uno. Sigo creyendo, como Churchill, que el gran valor de la democracia occidental es su capacidad para acoger las ideas de todos, incluso de aquellos a los que les gustaría demoler los cimientos de esta. En todo caso, y dicho lo cual, es lamentable que se haya fundamentado en la suposición toda una campaña que ha acabado por cercenar a todos los madrileños la discusión de los problemas que realmente nos preocupan. Los de nuestro día a día.

Comprenderán que no me he “caído del guindo” hace unos días y que soy perfectamente consciente de que todo ello se utilizado para polarizar una campaña que languidecía para los intereses de algunos. Sin embargo, y esto es lo que más sorprendente me resulta, he oído a pocas personas criticar el escaso, por no decir nulo, rigor con el que se ha argumentado políticamente el uso de la circunstancia antes señalada.

Parece, desde luego, y a la luz de los acontecimientos, que el rigor es un valor a la baja en nuestro país. Es por ello por lo que creo absolutamente necesario que en la escuela se trabaje este particular como un factor esencial para el futuro desarrollo académico o profesional de nuestro alumnado. El rigor en la investigación, por ejemplo, es un aspecto indispensable para el desarrollo de la ciencia o la tecnología. El rigor intelectual está obligatoriamente vinculado al pensamiento crítico y, por tanto, indefectiblemente relacionado con la evolución humanista del Ser humano. El rigor, como principio irrenunciable, debe ser un factor para trabajar y exigir en toda actividad planteada del colegio. Un valor de cada institución o colegio que deberá perseguir un cambio social, incluso en la percepción y exigencia del mismo, en todos los órdenes de nuestra vida.

Quizá así, nos evitaríamos asistir a las dos bochornosas circunstancias ya relatadas. Si es que interesa, claro…

 

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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