La creatividad en la escuela del siglo XXI

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Supongo que a nadie le descubro la famosa anécdota en la que un periodista inquirió a Picasso aquello de que

“Como es Ud. una persona extraordinariamente creativa, no le ha debido resultar difícil desarrollar una producción artística tan amplia como la suya”

A lo que Picasso respondió con socarronería:

“Soy de esas personas que piensa que es importante que la inspiración me encuentre trabajando. De forma que cuanto más trabajo, más creativo soy”.

Me sirve esta anécdota para ilustrar, por un lado, un aspecto que se suele tener poco en consideración, y es el trabajo que conlleva ser creativo, por otro, para reflexionar sobre el por qué inevitablemente asociamos la creatividad con el hecho artístico y, finalmente, para especular sobre el hecho de si uno es creativo o tiene creatividad.

A poco que uno haya hecho el intento de desarrollar creativamente una idea, será consciente del esfuerzo que ello puede suponer. La creatividad, que como proceso mental no es sino la capacidad de generar nuevas ideas aplicadas, puede ser algo tan liviano como invocar una forma mental a partir de una nube, o algo tan intenso como idear la teoría de la relatividad, imaginar paradigmas de física cuántica o desarrollar un nuevo teorema matemático. Pero también lo es, qué duda cabe, imaginar un nuevo negocio, inventarse un nuevo logotipo o un lema que identifique a una comunidad. Es, por tanto, una cualidad aplicada al todo y que se desarrolla desde todos los ámbitos del conocimiento humano y, como tal, debe ser trabajada y estimulada desde las edades más tempranas.

La creatividad no se circunscribe, aunque sea nuestro pensamiento más inmediato, a corrientes artísticas, ya sean estas la literatura, las artes plásticas, el cine o la música. También es propia de otros órdenes del conocimiento. Como hemos señalado anteriormente, distintas disciplinas científicas, la ingeniería o la arquitectura, precisan de la creatividad para su evolución desde los orígenes de la humanidad. No es concebible el desarrollo científico-sanitario actual, si no se entiende el proceso creativo de las generaciones anteriores que, a su vez, se sustentaron sobre la base de lo creado por sus anteriores.

La creatividad es consustancial a la naturaleza del ser humano y ha ido de la mano de los homínidos hasta nuestro estadio evolutivo actual, acompañándonos en el proceso de favorecer precisamente eso, nuestra evolución. De hecho, si nos fijamos en cuáles son las primeras muestras de creatividad humana, es probable que rápidamente se nos venga a la cabeza ejemplos de representación gráfica, que desde luego nunca tuvieron un fin meramente estético, sino fenomenológico o ritual, como las pinturas rupestres de Lascaux, Altamira o similares. Es lo normal. Se nos ha asociado desde muy pequeños el concepto de creatividad con la estética. Sin embargo, sería más adecuado buscar ejemplos de creatividad tecnológica y fijarnos en la elaboración de utensilios como las bifaces, hachuelas o punzones. Todos ellos herramientas que utilizábamos para fines diferentes y para los que debíamos realizar procesos de fabricación distintos. Nuestra creatividad, la de aquellos humanos, les llevó a crear técnicas de fabricación y materiales disímiles para el desarrollo de útiles bien distintos, que participaron, sin duda, en nuestro paseo evolutivo hasta la actualidad gracias a que desarrollaron su cerebro en esos conocimientos; gracias a que les dio acceso a una alimentación más rica y variada; gracias a que les permitió adaptar sus vestimentas a unas condiciones climáticas distintas; gracias a que les permitió erguirse y liberar el uso de sus extremidades superiores para acciones distintas del apoyo en el andar (bipedalismo); gracias, en fin, a un monto importante de actividades, en las que si no hubieran intervenido procesos creativos humanos, no se hubiera podido desarrollar nuestra especie. Tan de la mano vamos.

Es también pertinente preguntarse si uno es creativo o tiene creatividad.

Todos nacemos con una serie de cualidades, alguna más desarrollada que otras, pero que evolucionan conforme maduramos y las entrenamos. Podrá haber personas que por su propia naturaleza sean más propensas a ser creativas, pero con toda seguridad es una cualidad, competencia, que se puede y debe trabajar desde la escuela. Durante muchos años hemos asistido a una situación educativo-escolar, en la que casi teníamos que conformarnos con que la escuela no “desgraciase” la capacidad creativa de nuestros alumnos, porque el sistema en sí llamaba a ello.

La escuela actual debería tener claro que preservar y estimular la creatividad del niño, es un factor de la máxima trascendencia y al que tenemos que dedicar esfuerzo e interés. Y no es fácil, porque ¿alguien que no es especialmente creativo “per se”, ni a través de su educación, va a poder trabajar con ese sentido en su aula? Se nos antoja complicado. Es más que probable que busquemos refugio en factores que permitan realizar procesos instructivos y huyamos de una situación incómoda y en la que nos sentimos amenazados: “¡Tráeme pa,cá unas fichas y solucionado el problema!”.

En un contexto futuro cada vez más digitalizado y robotizado, en la que muchos trabajos y profesiones actuales ven amenazada su existencia futura por la interacción tecnológica, es ineludible que busquemos desarrollar precisamente la esencia de nuestras cualidades más humanas. Ellas son las que van a marcar la diferencia entre trabajos rutinarios y procesos automatizados y lo que como personas podemos ofrecer a una empresa, a una investigación, a la educación de futuras generaciones o en el marco de una creación artística. En innumerables rankings sobre competencias profesionales que publican instituciones, universidades, revistas, incluso consultoras, venimos asistiendo al auge paulatino de la creatividad como valor fundamental a aportar por los profesionales en su desempeño. Nosotros estamos de acuerdo y creemos que la escuela debe ser responsable en el proceso de aprendizaje de este entre sus alumnos.

Nací dándole al sonajero como si fuera una maraca; en mi niñez era parte de la tripulación de Sandokán y Yáñez de La Gomera; en la adolescencia me ajustaba el casco para intentar batir a Emilio de Villlota en el Jarama; siempre quise ir a L.A.; en la universidad, Indiana Jones era un flojo a mi lado; Y, por supuesto, siempre vi a un elefante comido por una boa y no un sombrero.

boa y elefante

 

 

 

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

 

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