La educación después del coronavirus será mejor que antes de él

Este artículo se publica el 21 de abril. Las escuelas españolas llevan unos cuarenta días operando a distancia, y es muy probable que este curso se termine sin que los estudiantes vuelvan a sus aulas. No sabemos cómo se podrá terminar el curso, y esto es ahora mismo lo que está centrando el debate educativo.

Efectivamente, casi toda la conversación educativa durante la pandemia gira alrededor de cómo evaluar el curso 2019-20. Tanto en los medios especializados como en los generalistas. Por ejemplo, se ha discutido mucho la cuestión de si los estudiantes deberían tener una promoción automática (que no es lo mismo que un aprobado general). Y no cabe duda de que este tipo de cuestiones son importantes. Y urgentes de resolver.

Sin embargo, creo que hay que distinguir entre lo urgente y lo necesario: a veces resolver las urgencias nos impide pensar en lo necesario. Y si es cierto que resolver el final del curso es lo urgente, lo necesario en educación es centrarnos en conseguir mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje. Debemos extraer enseñanzas de la situación de confinamiento que estamos viviendo, para poder aplicarlas.

Y con relación a esto creo que sí podemos ir ya sacando algunas conclusiones de la experiencia que estamos viviendo.

El cambio tan brusco que han tenido que vivir todas las escuelas se está viviendo como mejor se ha podido en cada caso. Todos los actores (administración, docentes, estudiantes y familias) están intentando poner de su parte. Pero hay que reconocer que el sistema no estaba preparado. Y por eso estamos cometiendo errores.

Hay cuestiones obvias como es el hecho de que existe una brecha digital y una brecha social y educativa, que se están agravando con la pandemia:

Después de insistir en estas cuestiones, hoy nos centraremos en algunos aspectos metodológicos y pedagógicos que podemos aprender de esta experiencia.

Las aulas virtuales son más que «la moderna reprografía»

Uno de los errores más habituales en la incorporación de la tecnología en la educación es repetir las metodologías y usos tradicionales, pero con los medios actualizados. Donde antes había clases magistrales en vivo de docentes a estudiantes, ahora hay lo mismo pero por videoconferencia o enlatado en vídeos de YouTube. Donde antes había libros en papel, ahora hay libros en pantalla. Y donde antes había fotocopias ahora hay aulas virtuales como «modernas reprografías».

Centrémonos por ejemplo en este último punto. Es algo que se está viendo bastante, sobre todo en algunos centros «innovadores» que no utilizaban libros de texto. ¿Cómo están funcionando ahora? Veamos un proceso muy habitual estos días:

  • Los docentes preparan actividades para sus estudiantes, con todo el esfuerzo y trabajo que eso les supone para adecuarse a la realidad que estamos viviendo.
  • Las actividades que preparan los docentes suelen tener la forma de archivos digitales descargables. Normalmente, y por ser claros, en Word o PDF.
  • Los docentes colocan las actividades en las aulas virtuales.
  • Los estudiantes se descargan los archivos.
  • Los estudiantes que tienen impresora imprimen en papel las actividades. Los que no tienen impresora copian los enunciados en un papel.
  • Los estudiantes resuelven las actividades en papel.
  • Los estudiantes sacan una fotografía a las actividades resueltas en el papel. Los más avanzados quizá puedan escanear el papel.
  • Los estudiantes suben esas fotografías o escaneados al aula virtual.
  • El docente accede al aula virtual y recoge las imágenes que le han enviado sus estudiantes.
  • El docente evalúa los archivos de los estudiantes.
  • El docente finalmente pone en el aula virtual algún tipo de evaluación, calificación o al menos un feedback a los trabajos de los estudiantes.

¿Es este un proceso de enseñanza y aprendizaje óptimo? Realmente no. Y eso que en muchos casos la situación es aún peor, con docentes y estudiantes comunicándose a través de correos electrónicos a discreción.

El valor añadido de la educación digital

Muchos miembros de la comunidad educativa están descubriendo estos días la educación digital. A fuerza ahorcan. Y muchos la están utilizando de la manera descrita, pero poco a poco van viendo que no es lo más conveniente. Y los que son conscientes de ello «despiertan» a otros usos y formas más optimizadas. No hay más que investigar un poco por Internet con cierto interés y dedicación para ver ejemplos.

Ya hemos dicho antes que la mera inclusión de la tecnología en las aulas no supone un cambio metodológico, ni una mejora en sí misma. Dependerá del software que se utilice exactamente y de cómo se utilice. Y ahí es donde está la mejora.

Un aspecto positivo de la realidad de la escuela a distancia que estamos viviendo es que, en general, el sector está más receptivo a entender el valor añadido que suponen algunos recursos digitales. Porque no todo es lo mismo.

En ese sentido, es muy pertinente e interesante la lectura de un artículo que se ha publicado estos días por parte de la Universidad de Stanford (EEUU) y que está disponible aquí en PDF. En él, se analiza cómo la inclusión de la educación digital supone al principio una mejora educativa por su novedad, que aumenta la motivación de los estudiantes. Pero una vez pasada la novedad, la mejora disminuye. Esto es algo que sabemos los que nos dedicamos a la innovación educativa con medios digitales.

La mejora de la motivación de los estudiantes suele ser uno de los principales argumentos tradicionales para defender la inclusión de la tecnología en las aulas. Sin embargo, este efecto se difumina pronto, y es necesario distinguir entre los diferentes usos de la tecnología en educación.

Por ello, la principal conclusión del citado artículo de Stanford es que la mejor manera de optimizar los procesos de enseñanza y aprendizaje es con una utilización mixta de los métodos tradicionales y los digitales. Durante el coronavirus solamente estamos en disposición de utilizar los métodos a distancia. Pero vamos a aprender mucho de la experiencia, y nos debemos quedar con lo mejor.

Una vez que podamos volver a cierta normalidad, cuando eso se produzca, sí que estaremos ante una educación mejor que antes del coronavirus, porque nos quedaremos con lo mejor de ambos mundos: el tradicional y el digital. Aprovechemos la experiencia para aprender y mejorar.

(Fotografía de Clarissa Rodríguez, obtenida en el Banco de Imágenes del INTEF).

Julián Alberto Martín

La tecnología, ¿mejora la educación?

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