La escuela no es el problema, es la solución

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Han aparecido en los últimos días noticias que señalan un incremento relevante en el número de alumnos contagiados en los centros educativos españoles, y lo han hecho con un sentido alarmante que me gustaría analizar. Si bien es cierto que este incremento se ha producido, algo innegable, también lo es que lo que parece estar ocurriendo es que se están identificando los casos en los colegios, más que el hecho de que se estén propagando en ellos.

Muchos de estos casos, tal y como sostienen las autoridades sanitarias, tanto las estatales como las de las diferentes comunidades autónomas, vienen determinados por dos causas bien claras. Por un lado, la incidencia creciente de la cepa británica, pese a que el Dr. Fernando Simón estimara que iba a ser residual -hay que ver qué obstinación tienen algunos en cometer los mismos errores una y otra vez-; y, por otro, por los contagios producto de las fiestas navideñas, ya sean estos debidos a reuniones de carácter familiar, botellones callejeros o raves interminables, así como su oleada posterior de contagios relacionados.

Las fiestas han terminado y nuestros alumnos han vuelto a sus centros. En algunos casos, además, el retraso en la reincorporación a las clases de muchos de esos alumnos cuyas comunidades autónomas se vieron afectadas por Filomena, ha provocado que este reingreso haya sido muy reciente. Así, tras unas semanas de puesta en marcha en algunas de estas comunidades autónomas, y escasos días en otras, podemos señalar que es insoslayable que el incremento de casos se ha producido de forma significativa en el plano porcentual. Es decir, se ha producido un incremento relevante respecto de los casos que venían arrastrando los centros antes del inicio de las fiestas, pero no, en cambio, respecto a la población escolar total.

Los centros son entornos seguros y la mayor parte de ellos han implantado severas medidas de seguridad que se cumplen a rajatabla. Ese ha sido el motivo por el que durante muchos meses hayamos estado con unos índices muy bajos de población escolar afectada (en especial los de educación infantil y los colegios) precisamente a raíz de estas medidas. La baja incidencia en niveles universitarios se ha debido, probablemente, a una replanificación de las clases y a un incremento significativo del modelo online.

He de recordar, por otro lado, que al regreso de nuestras vacaciones de verano fue cuando los centros sufrimos el mayor número de casos de COVID19. Algunos, entre los que me encuentro, auguramos que habida cuenta del maravilloso catálogo de instrucciones y protocolos con los que se habían provisto a los centros por parte de las administraciones (léaseme con ironía esta última frase, por favor), el cierre de los mismos iba a ser inminente e inevitable. Me equivoqué. Ya lo he reconocido en ocasiones anteriores y no me duelen prendas en volver a hacerlo. La realidad es que los centros hicieron un esfuerzo extraordinario y demostraron tener una capacidad asombrosa para convertirlos en espacios seguros. Y lo consiguieron.

En los últimos días he escuchado con estupefacción noticias, entre alarmantes e interesadas, que apuntaban a un incremento desmesurado de contagios en los centros. En otros casos hemos asistido cómo otros países han incluido entre las medidas de contención de la epidemia el cierre de los centros educativos. Incluso algunas asociaciones de familias de la escuela pública han solicitado el cierre de las escuelas para evitar la expansión del contagio.

Miren, no soy epidemiólogo, ni experto en salud pública, pero desde la experiencia de lo vivido,  conociendo bien cuáles son las medidas y cómo estas se siguen manteniendo con rigor en los colegios, me atrevo a decir que no solo somos un problema, sino parte de la solución para la estabilización de la curva en esta tercera ola y evitar contagios en las sucesivas.

En los centros se identifica “precozmente” los potenciales contagios a raíz de un contagio previo y permiten la rápida cuarentena de potenciales transmisores, evitando así la dispersión del virus. Además, los movimientos restrictivos que se dan en los centros porque se mantienen los “espacio burbuja”, el mantenimiento de la distancia de seguridad y de las medidas férreas de control sanitario, los convierten en espacios de prevención y detección muy cualificados. Los colegios, sobre todo en edades más avanzadas, permiten tener controlados a el alumnado que deja de estar “a su libre albedrío”, en cuanto a movimiento y actitudes, al menos el tiempo en que deben estar escolarizados.

Permítaseme la reflexión, pero convendría casi plantearse si incluso en algunos casos, mantener a algunas edades más tiempo de permanencia en el centro educativo, sería lo conveniente. Dicho de otra manera, si en muchos centros se cambiara la jornada continuada obligando a mantener a esos alumnos más tiempo en el colegio, seguro que se seguirían evitando contagios allá donde se producen. Esto es, fundamentalmente: contactos sociales, restauración donde uno no se puede sentar y no puede establecer distancias de seguridad sin movimiento ni contacto estrecho y también conseguir evitar la movilidad densa en calles y parques, etc.

No voy a ahondar en cuestiones ya sabidas como el impacto que tiene el confinamiento de los alumnos, su estancia en las casas, y su relación con el decremento de la productividad de aquellas familias que están teletrabajando. Es evidente que no es fácil compatibilizar ambas actividades: trabajar y cuidar a los hijos. Por no mencionar que no en muchos casos se dispone de varios dispositivos en el hogar.

La presión hospitalaria es la que es. Y la presión de la ocupación de las UCIS se acerca peligrosamente a una situación crítica y es algo que debemos atender y poner nuestro mayor interés en minimizarlo. Pero no nos equivoquemos, los centros educativos, en esto, somos una herramienta fundamental para mermar, detectar con premura y, si cabe, podríamos serlo aún más si se ampliara el horario y se controlara así el flujo de personas en zonas donde sí se están produciendo esos contagios.

Espero haber sido capaz de trasladar la relevancia de la escuela en el control de la pandemia, el potencial para poder hacerlo aún más y su importancia para poder hacer compatible el teletrabajo de muchas familias. Por no hablar de la importancia que tiene no volver a “quebrar” un curso escolar y lo que ello conllevaría para el aprendizaje de toda una generación de alumnos.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas.

 

 

 

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