La escuela y la Ilustración

Laura Lara y María Lara con el libro 'Brevario de Historia de España', en Brihuega (Guadalajara).

«Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás» afirmó el dramaturgo británico de origen checo Tom Stoppar, nacido en 1937.

Tiempo atrás, a caballo entre Las Luces y el Romanticismo, Rousseau (1712-1778) fue el abanderado de la infancia al considerar que la razón ilustrada estaba cargada de límites. Desde esta perspectiva escribe Emilio o De la educación. Un tratado en el que el ginebrino abogaba por no sacar a los niños de su «estado de santidad» y permitirles disfrutar de ese breve período de tiempo en sus vidas. Aunque luego, en su vida personal, Jean-Jacques no se portaba con sus hijos tan bien como recomendaba en el libro.

En el primer tercio del XX decía Ortega y Gasset que a España le faltó «el gran siglo educador». El filósofo madrileño hacía referencia a la Ilustración como período cultural y, aunque es cierto que en la Península Ibérica el movimiento fue tímido, tuvo en espíritus particulares sus mejores apoyos.

A diferencia de Francia, en España no tuvieron tanto éxito los salones de las damas, si exceptuamos el de María Francisca de Sales Portocarrero. Como futura heredera de la casa, recibió una excelente educación en el convento de las Salesas, allí aprendió a hablar francés con total corrección, se inició en los clásicos y recibió las primeras nociones de pintura y música. Era todavía alumna cuando, a los 9 años, asumió el título de condesa de Montijo al fallecer su abuelo.

Recién cumplidos los 14, dejaba el colegio para casarse con Felipe de Guzmán Palafox y Croy de Abré, hombre de alcurnia aunque le doblaba la edad. Como madre y esposa, se creía capaz de hacer más cosas que bordar manteles. No tenía 20 años cuando, a instancias de un religioso, aceptó la tarea de traducir del francés la obra titulada Instrucciones sobre el sacramento del matrimonio.

Como relatamos en uno de nuestros libros, el Breviario de Historia de España, para entonces, su salón era uno de los más solicitados de Madrid, en las tertulias se platicaba de física, de matemáticas, de arte y de filosofía. Sus dotes intelectuales la llevaron a ingresar en la primera hornada de mujeres de la Sociedad Económica Matritense.

La condesa de Montijo pasó a ocuparse de la supervisión de una Escuela Patriótica gratuita, donde las niñas de los barrios pobres recibían una educación elemental. Durante esta etapa como miembro de la Junta de Damas, Francisca protagonizó una anécdota singular cuando, para atajar la vanidad, un autor anónimo sugirió la creación de un traje nacional femenino. Se trataba de diseñar un uniforme para cada estamento social. Floridablanca quiso analizar la propuesta, pero la condesa redactó un memorial explicando lo absurdo de aquel proyecto.

Viuda desde 1790 y casada por segunda vez, trabajó activamente en la mejora de las condiciones de la inclusa madrileña, consiguiendo no solo que el número de niños fallecidos en el orfanato se redujera a la mitad, sino que el rey Carlos IV legitimara a todos los expósitos. Murió en 1808, le faltaron 18 años para conocer a su nieta Eugenia, quien estaba llamada a sentarse, con Napoleón III, en el trono de Francia: Eugenia de Montijo.

En verdad, «nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz« (Tom Robbins). La infancia transcurre en contextos sociopolíticos diversos, en coyunturas económicas distintas… Pero debe haber una misma voluntad de que los niños y las niñas sean protegidos como sujetos con derechos especiales en virtud de edad, lejos de la injusticia de milenios en que los infantes fueron contemplados como adultos en miniatura y mano de obra barata.

Por eso, como afirmara el crítico literario Graham Greene siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro. Ahora que comienza un nuevo año, 2020, esa puerta debemos abrirla entre todos para que los niños del tercer milenio tengan respetados todos sus derechos y sean plenamente felices. De lo contrario, incumpliremos la máxima del Talmud: «Quien salva una vida salva al mundo entero«.

Doctoras Laura Lara y María Lara, Profesoras de la UDIMA, Escritoras Premio Algaba y Académicas de la Academia de la Televisión.

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