La hibridación del proyecto educativo, una realidad presente

pencils and smartphone on top of books

Hay ocasiones en los que la profesión docente depara momentos realmente gratificantes. Salgo de asistir a nuestras jornadas internas de grupo en la que nos hemos reunido directivos de los ocho centros para compartir, debatir, escudriñar y reflexionar sobre hacia donde va, o debería ir, la propuesta educativa que debemos plantear en nuestros colegios.

En esta ocasión el tema a considerar era la hibridación del proyecto educativo, entendiéndose como tal el proceso de deconstrucción de una propuesta educativa concreta: incluyendo la interdisciplinariedad, rompiendo espacios, tiempos, contextos, grupos y edades, para tratar de enriquecer la vivencia de aprendizaje de los alumnos y ajustar el proceso de enseñanza-aprendizaje a su propio ritmo. Una solución adecuada pasa, sin lugar a duda, por articular metodologías activas que faciliten y motiven dicho aprendizaje. Así, la inclusión de diferentes opciones que se ajusten a las capacidades de las distintas edades: cooperativo, PBL, ABR, gamificación, flipped classroom, son alternativas que se deben contemplar. El objetivo final es lograr un aprendizaje verdaderamente significativo. Teóricos como Ausubel, Piaget, Vygotsky, en diferentes estudios y publicaciones demuestran que solo con el objetivo de lograr un aprendizaje significativo se desarrolla un verdadero crecimiento personal y un conocimiento consolidado mediante la adquisición de nuevo saber y la reformulación de esa nueva idea con el saber previo de cada persona. Ya sea este contenido de una materia en particular, o una competencia desarrollada.

Casi de forma concurrente en el tiempo he tenido la oportunidad de leer la entrevista que han realizado en el diario El Mundo a Ana Hernández Revuelta, docente del IES Julio Verne en Leganés, e impulsora de un programa de aprendizaje multidisciplinar, con rotura de grupos y de espacios, en el que se unen diferentes materias para que, trabajándose con un enfoque metodológico activo, se logre un aprendizaje mucho más globalizado y consolidado. Este instituto es, por cierto, uno de los más demandados de la Comunidad de Madrid. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Supongo que, al momento de avanzar por estos argumentos, ya habrán salido los críticos que aducirán que esta propuesta implica que, necesariamente, desciendan los niveles académicos.

Señalaba Alvin Toffler que “el conocimiento es la fuente más democrática de poder”. El conocimiento, según Toffler, nos iguala. Y a esta aseveración se han agarrado en multitud de ocasiones personas que con ello querían reforzar la idea de que “cuánto más conocimiento atesorado, mejor”. Yo, sin embargo, sostengo que cuánto mejor conocimiento interiorizado, mejor; pero para gustos los colores. En todo caso, permítanme que les conduzca hacia la siguiente pregunta que no es otra más que la de qué debemos entender por conocimiento: ¿son niveles académicos?, ¿son conceptos multicapa superpuestos?, ¿deberíamos incluir las competencias como parte de ese conocimiento adquirido?, ¿qué es exigencia?, ¿qué destrezas requiere la sociedad futura?, ¿qué contenidos son necesarios para una adaptación futura en la sociedad?… En fin, como podrán comprobar  la sucesión de preguntas que nos pueden surgir a partir de una premisa inicial son innumerables. Y, sin embargo, desde el ámbito educativo debemos responderlas consensuadamente si queremos construir un sistema válido y estable para los próximos años. A nadie se le escapa que, aparte de las cuestiones meramente ideológicas y ligadas a la financiación de los centros educativos y su impacto, esa diferencia de conceptualización del hecho educativo es lo que ha generado la imposibilidad de llegar a acuerdos razonables para la elaboración de una ley consensuada.

Ya lo he sostenido en artículos anteriores, pero considero que por conocimiento debemos entender la amalgama de factores que he señalado en el párrafo anterior. La necesidad de que nuestra juventud adquiera conocimientos relevantes -la práctica totalidad de la comunidad educativa viene señalando desde hace muchos años, muchas leyes, la incomprensible e inútil repetición de contenidos en las distintas materias, curso tras curso-, hábitos personales, competencias, destrezas, gestión emocional. Y no podemos olvidarnos de la motivación del alumnado hacia el aprendizaje. Soy de los que piensan que sin emoción, no hay aprendizaje y ello conlleva, necesariamente, plantear una propuesta atractiva de aprendizaje que, además, incardine con las necesidades que les va a requerir el futuro profesional o académico a nuestros alumnos.

Afortunadamente parece que cada vez son más las voces que se alzan en defensa de posturas que, sin renunciar a parte de los postulados de una enseñanza más tradicional como podrían ser la memorización de contenidos o la clase magistral -ambas siguen siendo necesarias, en su justa medida-, si que establecen que una propuesta metodológica activa, encaminada a lograr un aprendizaje significativo y, por tanto, más perdurable y susceptible de configurar más adecuadamente el proceso de conocimiento de nuestros alumnos, debería ser el objetivo a lograr. Yo, por supuesto, lo defiendo; y ahondo aún más en el sentido de la propuesta, señalando que el siguiente paso, la hibridación, es el marco en el que todo esto se desarrolla con naturalidad, incluyendo , además, el factor del contexto -online/offline- cuyas posibilidades hemos descubierto en esta pandemia.

Ya tenemos reto.

Jaime García Crespo, CEO de Grupo Educación y Sistemas

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