La muerte del comendador

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Desarrollaba Murakami su novela en torno a un cuadro que representaba un episodio fantasmal que evocaba la caída a los infiernos de “Il Comendatore”, recogido, a su vez, en el arrebatador aria de Mozart de “Don Giovanni”.

Pues bien, este artículo va de eso, de un fantasma, o varios, y de su caída a los infiernos. Y, como ocurría en la maravillosa ópera, desprovistos de conciencia y consciencia y sumidos en un delirio de grandeza permanente. En el colmo del delirio colectivo, en el que sus adláteres son capaces de ir a una manifestación en Vallecas y pegarse un homenaje gastronómico en toda regla en un restaurante italiano de altos vuelos en el muy obrero Barrio de Salamanca de Madrid (no discuto su derecho, pero sí lo inoportuno de la elección), ni siquiera se lo advierten. Acaso es que ya ni ven ya al fantasma.

Pero, qué tiene que ver todo esto con la educación, se preguntará el lector. Al fin y al cabo, este espacio no pretende ser una columna política, ni literaria o musical, sino educativa. Pues bien, tiene que ver con los valores y como los interiorizamos y trasladamos a nuestro quehacer diario. Y tiene que ver con la honestidad que debemos transmitir y exigir, no solo a nuestros alumnos, sino a cualquier ciudadano y, claro, mucho más, a quienes son sus representantes.

Vaya por delante que no suscribo muchos de los valores de los personajes a los que me estoy refiriendo. Basta con leer la introducción de mi apartado de colaboración para ver que estamos muy separados ideológicamente y que difícilmente podría asumir algunos de sus postulados. Pero, sin embargo, sí que creo que uno tiene que ser consecuente con sus valores, su forma de defenderlos y su “manera de vivirlos”. Ha llegado momento de desenmascarar a aquellos que tienen responsabilidades y que han vendido unas ideas en campaña, para obrar de forma inversamente proporcional una vez han llegado al poder.
No debemos permitir en nuestra sociedad la mentira, la inconsecuencia, la incongruencia. En la escuela nos esforzamos porque nuestros alumnos configuren su propia personalidad, desarrollen sus valores. Los educamos en el supuesto de que todos ellos son válidos (siempre y cuando no atenten contra ningún derecho individual y colectivo). Enseñamos que los valores, que los hay de todo tipo; religiosos o éticos; de la persona, de la sociedad o universales; más prácticos o místicos; son un concepto inherente a la persona que debe ser moldeado e interiorizado por uno mismo y que, al fin y a la postre, configurarán parte de su personalidad. Es por ello que no son volubles ni superfluos, sino que deben ser consistentes y uno debe entender que debe obrar en consecuencia con uno mismo y con sus valores. Repito, sean éstos cuales sean, siempre que se respeten los de los demás.
Siendo esto así, sorprende ver, y es necesario denunciar, cuando alguno de nuestros representantes públicos decide hacer de ellos lo que nuestro querido Groucho señaló: “Estos son mis valores, si no le gustan, tengo otros”.

No, no todo vale. No todo debe ser asumido sin chistar, porque de esa manera, a nuestros jóvenes, a quien tanto tiempo dedicamos en nuestras escuelas a educar y conformar sus valores, se les traslada la idea de que, si hoy esto no me sirve, debo buscar el atajo, el camino fácil.

Una sociedad fundamenta su “modus vivendi” en sus valores compartidos. Algunos tan importantes como el espíritu democrático, que supongo todos, o al menos casi todos, queremos defender “a capa y espada”. Si trasladamos la idea de que todo se puede cambiar, todo es relativo, corremos el riesgo de aceptar propuestas vacuas, pero peligrosas. Ya nos pasó en el siglo pasado y no debemos repetir nuestra trágica historia.

Les recomiendo encarecidamente que no dejen de ojear el número de la revista Vanity Fair de esta semana.

Un sabio amigo mío, Daniel, me decía hace pocos días que, con el paso de los años, ya había perdido toda capacidad de asombro. Lo suscribo.

Jaime García Crespo, CEO en Educación y Sistemas.

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