La originalidad de los artículos académicos, en entredicho

“Está claro que se ha entrado en un sistema competitivo que no prima la calidad y está más enfocado a una cantidad exagerada”, afirma a ÉXITO EDUCATIVO Fernando Martínez Vallvey, catedrático en la Universidad Pontificia de Salamanca, tras conocerse que en los últimos 20 años casi medio millón de artículos científicos serían plagios, resultado de trabajos académicos pagados casi al por mayor a empresas productoras responsables de escribirlos.

El negocio es sencillo. Lo que se conoce como PDI, personal docente investigador, el profesor universitario de toda la vida, precisa para su desarrollo profesional (y salarial) demostrar ante las agencias acreditadoras que, además de la docencia, que va de suyo, practican también la investigación en forma de lo que se conocen como ‘papers’. En no pocos casos, los autores han de pagar por publicar, lo que representa, a veces, un coste de hasta 10.000 euros por artículo, que se embolsan las editoriales.

Ahora cabe la duda de si estos artículos científicos, cuya publicación en revistas determinadas es obligatoria a efectos de ser reconocidos y sus autores recompensados, son originales o una suerte de plagio. El responsable del estudio que determina que casi medio millón de estos artículos publicados en las dos últimas décadas habrían sido plagiados es Adam Day, director de la empresa de servicios de datos académicos Clear Skies en Londres, quien realizó el análisis utilizando un software de aprendizaje automático que desarrolló llamado Papermill Alarm, según se explica en un artículo publicado en Nature.

Para Fernando Peinado, director del Departamento Periodismo y Comunicación Global en la Universidad Complutense de Madrid “el problema surge cuando el académico pierde su condición de artesano del saber y participa del negocio de la producción del conocimiento”, como defienden Michael Gibbons, Camille Limoges, Helga Nowotny, Simon Schwartzman, Peter Scott y Martin Trow en ‘La nueva producción del conocimiento. La dinámica de la ciencia y la investigación en las sociedades contemporáneas’ (Ediciones Pomares – Corredor S.A.).

Y entonces, agrega en declaraciones a ÉXITO EDUCATIVO, “se entra en el negocio, lo que es criticable”. De hecho, este mismo año el Consejo de Competitividad de la Unión Europea concluyó que el acceso abierto e inmediato y sin restricciones debe ser lo que rija la publicación de investigaciones científicas donde haya presencia de ayudas públicas.

El caso no es nuevo y frente a él ya se han alzado voces de denuncia defendiendo la calidad en un sistema que valora la cantidad, como ya apuntaron en su día otros tantos expertos consultados por ÉXITO EDUCATIVO. Un sistema, como ya se ha explicado, en el que las publicaciones sirven para medir el buen funcionamiento del profesorado, evaluado a partir de sus artículos y que les reconoce económica y académicamente en su carrera docente e investigadora.

“Puede ser esta una de las razones de la existencia de las ‘fábricas de estudios’, del plagio, de la falta de calidad en este denominado capitalismo académico que ya a finales del XX nos hablaban diferentes autores, como Slaughter y Leslie, en su ‘Academic capitalism: politics, policies and the entrepreneurial university’, sobre la búsqueda de financiación externa que requiere una necesaria adaptación al mercado, más competencia en la captación de recursos tanto para investigadores como para instituciones y donde los académicos son un recurso más”, explica Fernando Peinado.

Un mercado que controlan, desde los años setenta del siglo XX, editores y grandes compañías con intereses comerciales ubicados en Estados Unidos, Reino Unido, Países Bajos y Alemania. Sólo Taylor & Francis, Elsevier, Wiley-Blackwell y Springer controlan el 21% del total de revistas científicas publicadas en el mundo. Sobre este gran negocio Ramón Reig, catedrático de la Universidad de Sevilla, critica la complicidad de los poderes públicos en España, pues “esto lo está permitiendo un gobierno que se llama progresista pero que entrega la investigación al plagio y a las multinacionales extranjeras que consideran los papers como “bussines”. Así perdemos la dignidad como país y como cabeza visible que deberíamos ser de la Hispanidad en lugar de fortalecer instituciones como Latindex dejamos que nos evalúen sobre todo desde fuera, es una postura indigna y hasta acomplejada”.

“De ahí que surjan voces diferentes”, apunta Peinado, “que plantean que el problema se solucionaría si los filtros de calidad se cumplieran, empezando por las propias revistas, matrices y sistemas de revisión, que deberían ser conscientes de la importancia que suponen para todo el sistema académico e investigador”.

Fernando Martínez Vallvey recuerda, casi en forma de lamento, que no debe olvidarse que “la principal tarea de un docente es la enseñanza”. “Lógicamente, también hay que mejorar siempre los conocimientos a través de la investigación, pero hay mucha investigación que busca esa cantidad y no un avance absoluto o interesante en la investigación”, advierte.

Otra cuestión distinta son los tipos de plagio. Este es, para Martínez Vallvey, “un tema más complejo, puesto que también está motivado por esa urgencia de conseguir sexenios y conseguir acreditaciones, etcétera. Muchas veces aquí puede que haya habido alguno que haya plagiado, pero tampoco podríamos determinar que una manzana podrida en el cesto, pues lleve a que todo el cesto esté podrido. Eso también debemos tenerlo en cuenta”, apunta

Por su parte, Álvaro de Diego, director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales y catedrático de Periodismo en la Universidad CEU San Pablo admite, en declaraciones a ÉXITO EDUCATIVO, que, “aunque extraordinariamente grave, se trata de otro aspecto más de la perversión y fraude en que han incurrido una parte de las revistas académicas”.

Lamenta De Diego que “los sistemas de promoción del profesorado y de financiación (pública) de la investigación dependen en especial del presunto impacto de las contribuciones científicas. En este sentido”, agrega, “la correlación que se establece entre factor de impacto de las revistas y calidad de las publicaciones sugiere una nefasta desviación: la búsqueda de la cita ajena a cualquier o, mejor dicho, al más alto precio”.

Tanto es así, denuncia, que “hay cabeceras que sólo admiten trabajos previo pago de los firmantes y ‘cocinan’ artificialmente las citas que ese trabajo va a obtener. De este modo, una gran parte de los investigadores no se preocupan tanto de la calidad de sus investigaciones, cuanto de colocar sus trabajos en el lugar adecuado”.

Atribulado como pocos, Álvaro de Diego, quien fuera en su día director de los programas de Doctorado de la Universidad UDIMA, afirma con pesar que “la investigación pasa a ser un descarnado y millonario negocio en el que la calidad se convierte en la gran damnificada, siendo el plagio, una práctica antiacadémica, inmoral y aberrante, el último eslabón en la cadena”.

Concluye De Diego subrayando la paradoja que representa que, “preocupada por la posibilidad del plagio en los trabajos de los alumnos gracias a ChatGPT y otras aplicaciones de la Inteligencia Artificial, una parte de la comunidad científica puede incurrir en prácticas similares, pero igualmente deleznables”.

 

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