La tecnología, ¿mejora la educación?

Julián Martín Éxito Educativo

Esta es la pregunta que se vienen planteando muchos investigadores desde hace tiempo. Y las respuestas son variadas, aunque (spoiler) en general predominan las negativas.

Esto genera dos tipos de reacciones, siguiendo la clásica distinción de Umberto Eco: “Hay que eliminar la tecnología de la educación”, piden los apocalípticos. “¿Cómo es posible que la tecnología sea beneficiosa en todas partes menos en educación? ¡No es posible!”, claman los integrados. El debate está permanentemente abierto: ¿debemos incluir más tecnología en la escuela? Incluso en las familias: ¿es bueno que nuestros hijos utilicen la tecnología en sus estudios?

¿Cuál es su postura al respecto? ¿Es usted tecnófilo educativo o tecnófobo educativo? Las dos opiniones tienen sus partidarios y detractores, y hay estudios a favor y (algunos más) en contra. Entonces, ¿qué debemos hacer con la tecnología en educación?

Lo cierto es que este debate, en los términos expresados, resulta un poco engañoso y no es del todo justo. Explicaremos por qué.

Independientemente de que seamos partidarios de la tecnología en la educación o no, lo que no podemos negar es el hecho de que vivimos en un mundo tecnológico. La tecnología ha marcado la historia de la humanidad desde sus orígenes, y es imposible comprender el mundo sin tener en cuenta el impacto que tuvieron la invención de la rueda, la polea, la ingeniería romana, las técnicas constructivas medievales, los avances en navegación, la pólvora, la imprenta, la máquina de vapor, el ferrocarril, el ascensor y los rascacielos, la producción en cadena, la aviación, los medios de comunicación de masas (radio, televisión, cine), la bomba atómica, los ordenadores, etc. Cada una de estas tecnologías provocó unos cambios sociales permanentes, que cambiaron la humanidad para siempre.

En los últimos años el avance tecnológico que más ha modificado nuestra sociedad en todos los aspectos es el de la ubicuidad y alcance masivo de los dispositivos digitales conectados a Internet. Los ordenadores personales existen de manera generalizada desde los años ochenta del siglo XX, y se masificaron en los noventa, e Internet se popularizó en los últimos años del siglo pasado. Pero fue la irrupción del primer ordenador personal de bolsillo amigable y conectado a Internet, en el año 2007, cuando el mundo aceleró su cambio.

Donde mejor se percibe esta rapidísima transformación es en el cine: hoy en día vemos películas de hace muy pocos años, y las sentimos absolutamente contemporáneas en sus espacios urbanos, los vehículos utilizados, la moda vestida, etc., pero nos damos cuenta inmediatamente de que se han quedado “antiguas” en cuanto aparece un ordenador y, sobre todo, un teléfono.

Todos vivimos en un mundo permanentemente conectado, y hasta las relaciones sociales y personales han cambiado. Hoy muchos prefieren recibir mensajes de texto frente a una conversación telefónica, por videoconferencia, o cara a cara. Son muy pocos los ámbitos tanto profesionales o laborales, como de ocio y personales, en los que no ha habido una disrupción con los ordenadores y los móviles. Y el cambio va a más. Dentro de muy poco tiempo será muy difícil vivir sin un dispositivo digital. Tan pronto como los pagos en metálico se abandonen.

El papel de la escuela y las familias

Pero estábamos hablando sobre educación. En este contexto, ¿qué debe hacer la escuela? ¿Y las familias?

Nuestras autoridades educativas dictaminaron hace tiempo la competencia digital como una de las que deben ser adquiridas por los estudiantes. Es algo expresamente establecido en toda Europa, y asumido en cualquier país del mundo. Pero esto, ¿es suficiente? En el mundo empresarial cada vez se tiene más claro que las compañías ya no deben tener un departamento digital, sino que la empresa entera es la que debe digitalizarse. De la misma forma, lo digital no debe ser “un elemento más” en educación, sino que debe impregnar toda la actividad educativa. Los estudiantes no deben alcanzar una competencia digital, separada del resto, sino que deben ser capaces de adquirir todas las competencias utilizando componentes y herramientas digitales.

No hay otra elección. Lo contrario, aunque puede quizá dar resultados a corto plazo, sería engañoso porque no se estaría preparando a los estudiantes para vivir en el mundo actual. No puede no haber tecnología en las aulas. Cualquier paso en contrario generará obsolescencia de los aprendizajes adquiridos.

Pero volvamos a la pregunta inicial. La tecnología, ¿mejora la educación?

Este debate es engañoso. Y ya hemos explicado en parte por qué: no puede no haber tecnología en educación. La pregunta no es tanto si la tecnología mejora la educación o no, sino ¿cómo debemos utilizar la tecnología en educación? ¿En qué contextos? ¿De qué maneras? ¿Qué herramientas exactamente? ¿Cómo? ¿Qué software y hardware funcionan mejor que otros para cada área curricular y nivel educativo? ¿Qué es más recomendable?

Es algo parecido a lo que viene haciendo la medicina desde hace muchos años con sus avances de investigación en nuevos métodos quirúrgicos, nuevos fármacos, nuevos tratamientos, etc. Los congresos médicos son por especialidades: no hay congresos “de medicina”, sino de oncología del pulmón, de nuevas técnicas quirúrgicas en el tratamiento de las lesiones de rodilla, etc.

Porque es necesario distinguir. También en educación. Y clarificar. Investigar a fondo. Ir por partes. Lo que tiene sentido y utilidad en algún área curricular no tiene sentido en otro, o variará en función del nivel educativo, o de las necesidades educativas especiales de los estudiantes. Sin dejarse deslumbrar por las modas.

A ello modestamente nos dedicaremos en esta columna semanal sobre tecnología en la educación.

Julián Alberto Martín

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