La vida del señor Tiza

Cuando el joven Tiza abrió los ojos vio a otros como él. Todos estaban nerviosos ante lo que se avecinaba. Tiza quería salir y ponerse a escribir como un loco. Escuchó el ruido de muchos niños sentándose y abriendo sus mochilas y no pudo evitar tener miedo.

Al poco tiempo escuchó la voz risueña de Don Joaquín y el corazón le dio un vuelco cuando este lo sacó de la caja donde esperaba y dijo:

Buenos días a todos. Hoy vamos a estudiar cómo vivían en Egipto.

Tiza estaba encantado, en pocos minutos la pizarra se llenó con su ayuda de pirámides, jeroglíficos y hermosos ojos de Isis. Cuando Don Joaquín acabó la clase estaba encantado. ¡Qué maravilloso sería ser arqueólogo!

Don Joaquín le dejó en el poyete de la pizarra y se marchó. Tiza miraba hipnotizado a los niños de la clase. Al fondo había un niño que seguía contemplando la pizarra con ese brillo especial que tienen los que disfrutan aprendiendo.

En ese momento entró en acción Don Luis y tuvo la desfachatez de borrar toda la pizarra de Don Joaquín sin decir nada. El enfado de tiza pasó pronto. ¡Aquel hombre era una verdadera metralleta! La pizarra pronto se llenó de fórmulas, gráficos y dibujos. Tiza estaba encantado, ¡así que aquello era la Física! Justo cuando estaba a punto de caerse de puro cansancio acabó la clase.

Don Luis fue interceptado por una niña y se quedó charlando con ella sobre uno de los problemas. De nuevo vio Tiza aquel extraño brillo en los ojos de la niña.

Ahora le tocó el turno a Doña Isabel y allí llegó su momento de menos trabajo. Doña Isabel cogió a Tiza y escribió en la pizarra… «La Literatura Romántica».

Dejó a tiza en el poyete y empezó a leer en voz alta poemas y textos maravillosos. De vez en cuando lo cogía y anotaba un verso especialmente bello o se detenía en alguna palabra. Y así, entre texto y texto, Tiza pudo concentrarse en la cara de una niña que desprendía ese brillo tan especial que ya reconocía en los que disfrutan sabiendo.

La siguiente sorpresa del día se la dio Don Juan Antonio. ¡Qué susto se dio, cuando entró en clase!

Los alumnos se callaron inmediatamente. Tiza aún estaba recuperándose del cambio cuando Don Juan Antonio empezó a hablar de Filosofía. ¡Qué palabra aquella! Detrás de esa palabra se encontraban todo tipo de reflexiones sesudas sobre el objeto y el sujeto que Don Juan Antonio acompañaba con un trazo ágil en la pizarra.

Para Tiza fue más difícil encontrar aquel brillo esta vez. Cuando ya pensaba que no lo encontraría, vio a aquel chico distraído de las clases anteriores que no dejaba de tomar notas como un loco y que miraba a Don Juan Antonio con ese brillo ahora tan conocido.

Tiza se contempló a sí mismo, aquel día había gastado la mitad de su cuerpo y aún quedaba una clase. Los niños cerraron los cuadernos de Filosofía y empezaron a hablar en cuanto Don Juan Antonio salió por la puerta.

Cuando llegó Doña Alicia el ambiente cambió de nuevo, algunos niños sacaron los libros y cuadernos con una rapidez asombrosa y otros comenzaron a resoplar y a refunfuñar. Tiza estaba confundido. ¡Qué podría causar aquel estado de ánimo tan distinto! Enseguida salió de dudas, Doña Alicia escribió con letra clara la palabra Geometría.

Lo que pasó a continuación fue rarísimo. Los dibujos se mezclaban con las letras y éstas se transformaban mediante precisas sucesiones de pasos en números. Tiza miraba de reojo a Doña Alicia y a los niños de la clase y de nuevo atisbó en una niña aquel brillo tan especial.

En un suspiro pasó la clase y acabó el día. Tiza estaba en el poyete de la pizarra medio consumido tras aquel día agotador. Por la noche estaba realmente agobiado porque su trabajo no servía de nada, se perdía en el aire. Después de tanto esfuerzo en llenar la pizarra, el siguiente profesor llegaba y la borraba sin reparos. Se tumbó en una esquina y comenzó a llorar.

-La culpa la tienes tú- le dijo a Borrador.

-¿Yo?- respondió éste.

-Si, tú. Me he esforzado todo el día en dibujar jeroglíficos, versos y números. Y ahora, no queda nada porque tú lo has borrado.

-¡Ven Tiza!, te contaré un secreto- contestó Borrador.

-¿Te acuerdas de esos niños a los que les brillaban los ojos?-

– Sí, contestó Tiza

– En la escuela aprenden a descubrir sus talentos y pasiones y son Don Joaquín, Don Luis, Doña Isabel, Don Juan Antonio y Doña Alicia, quienes lo hacen posible con nuestra ayuda. No temas porque el conocimiento aparezca y desaparezca en la clase. Éste sigue vivo en ellos y llegará un día en que esos niños que has visto hoy sean también Dones y Doñas.

Tiza durmió encantado desde ese momento, tras varios días de trabajo su cuerpo fue disminuyendo y disminuyendo hasta casi agotarse.

Pero sabéis una cosa, Tiza está todavía ahí, en el poyete. Si os fijáis bien, encontraréis en una esquina un diminuto trozo de tiza con el que nadie escribe ya, pero que os observa con atención buscando ese brillo.

FIN

Julián Roa González, director del Grado de Educación Infantil de la UDIMA

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