¿Libros de texto en las escuelas? «Tempus fugit»

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Hemos asistido en los últimos años a un proceso bien interesante en el seno de algunos colegios que tiene que ver con una nueva visión metodológica y un enfoque del proceso de enseñanza-aprendizaje absolutamente centrado en el alumno. Atrás quedaron los postulados “magistocéntricos”, en los que el protagonista era el maestro, el profesor, tan propios del siglo pasado; e incluso los “logocéntricos”, en los que el contenido, la materia, era el argumento sobre el que giraba todo ese proceso. Si bien, en el caso de los primeros aún se puede encontrar a ese docente “estrella” con el que todos nos hemos topado en esta vida y que justifica el sentido de su enseñanza en una capacidad innata de comunicación y de atraer la atención sobre los contenidos que imparte, y en muchos casos, sobre sí mismos; por el contrario, en el caso de la utilización de los libros de texto tal y como fueron concebidos en un inicio, recordemos que hemos de remontarnos hasta “La Encyclopédie, o diccionario de las ciencias, artes y oficios”, del S.XVIII, parece que el asunto cada vez carece de más sentido.

Ya hay muchos países en los que esta práctica, digámoslo claro, más propia de docentes con escasa preocupación y conocimiento metodológico, amor a su profesión y a lo que ella significa, se ha desterrado en busca de desarrollar capacidades y competencias más acordes con las necesidades de la sociedad.

Los libros de texto, conceptualizados como aún lo son en muchos casos, uniforman un aprendizaje que nada tiene que ver con el ecosistema de un aula. “Seguir el libro de texto” es una práctica abominable que a lo único a lo que conduce es a que entremos en “la dinámica del pelícano”: uno deglute el contenido que se le ofrece y lo regurgita, como hace la mamá pelícano con sus polluelos, en el momento del examen. Control que, en consonancia, se suele centrar única y exclusivamente en verificar el grado de asimilación del contenido y que éste se ajuste lo más posible, incluso formalmente hablando, a lo estipulado en el libro de texto.

No sé ustedes, pero si me pongo a pensar en profesionales o en universitarios, me vienen pocos ejemplos a la cabeza en los que esa acumulación temporal de contenidos les vaya a ser de utilidad futura. Incluso en aquellas profesiones donde se pide una baja cualificación profesional se suele, en cambio, valorar competencias que demuestren que es lo que ese profesional aporta al puesto. No quiero poner ejemplos que conduzcan a distorsionar este debate, pero les pido que hagan el ejercicio de imaginar algunas de esas profesiones y pensemos en qué valoraríamos nosotros: ¿comunicación?, ¿simpatía?,¿capacidad de resolver problemas a situaciones sobrevenidas?, ¿toma de decisiones sencillas que apliquen a su trabajo?, ¿conocimiento básico de idiomas?, ¿empatía con el cliente?, ¿amabilidad? Seguro que a ustedes se les ocurren muchas más.

No ayuda en nada, todo hay que decirlo, ni el desarrollo del modelo de evaluación propuesto por la administración educativa para el acceso a otros niveles educativos; ni la formación que han recibido muchos de nuestros docentes en las respectivas escuelas de magisterio, por no hablar de la que no han recibido muchos de quienes provienen de carreras o grados y que han tenido que adaptarse a la realidad de la escuela tras cursar un CAP o máster del profesorado mal planteado y enfocado; ni tampoco, claro, un modelo educativo que se sustenta sobre el libro de texto y la secuenciación general, temporal, indiscriminada y lineal del aprendizaje. Ninguno de estos factores contribuye a que se desarrollen propuestas metodológicas basadas en un aprendizaje activo, enriquecedor, que atienda la diversidad y las diferentes necesidades del alumno en base a sus ritmos de aprendizaje, enfocado a competencias y con un soporte necesario del autoconocimiento basado en preceptos de la educación emocional.

Sin embargo, algunos centros, como señalaba anteriormente, llevan años preocupados por romper este tipo de dinámicas poniendo al alumno en el centro de todo el proceso y entendiendo cuáles son sus necesidades, las de sus familias y las de la sociedad en general.

La estructuración de un proyecto educativo soportado en plataformas de gestión LMS, que facilitan la inclusión de contenidos propios y ajenos, se vislumbra como la opción que más peso gana en las circunstancias actuales. Ello implica, por un lado, la selección adecuada de dicha plataforma, por otro, la implicación de un profesorado capaz de desarrollar los contenidos adecuados para guiar el aprendizaje y, en su caso, atender las diferentes necesidades del alumnado de su clase generando itinerarios académicos y adecuados a cada una de esas necesidades y, finalmente, la inclusión de contenidos externos de calidad que colaboren a configurar un proyecto propio, sin secuenciación predeterminada de contenidos.

Y, entonces, ¿para que quedará ese esfuerzo ímprobo y bien fundamentado de confección de los actuales libros de texto? Sin duda continuarán siendo necesarios como libros de consulta e investigación en el aula, como un elemento más en las bibliotecas con las que deberá contar cada centro educativo y que serán parte esencial de su proyecto y sus dotaciones. Las editoriales se deberán afanar en proponer contenidos digitales de calidad que nutran el banco de recursos de cada centro y reconvertir los libros de texto en libros para el análisis y la investigación. Así el docente podrá trabajar el pensamiento crítico de sus alumnos, la capacidad de indagación, la discriminación de contenidos en base a la fiabilidad del origen o fuente de los mismos, la utilización de los mismos para el trabajo colaborativo o en proyectos…un uso bien diferente del mismo contenido, como el lector podrá comprobar.

Como escribió Virgilio, “Tempus fugit”.

Jaime García Crespo, CEO de Educación y Sistemas

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