“Lonchas de queso” y centros educativos: la gestión de riesgos en el colegio

queso suizo

Como creo que muchos de mis lectores ya saben, soy “relativamente nuevo” en el sector educativo: antes de comenzar mi andadura en este apasionante mundo, hacia 2010, estuve durante mucho tiempo más enfocado a otras industrias y sectores. Pues bien, os tengo que confesar que una de las cosas que más me sorprendió al profundizar en el mismo fue: i) descubrir el altísimo riesgo operacional y reputacional que teníamos como sector (en un banco un empleado “mete la pata” y la entidad pierde dinero: en este sector un educador se despista un minuto y muere un niño), y ii) evidenciar el gran recorrido existente para mejorar los modelos de gestión de riesgos aplicables. En resumen, Educación es un sector lleno de “cisnes negros esperándote a la vuelta de la esquina” (desde profesores pederastas hasta accidentes mortales derivados de alergias), y con un potencial enorme de destruir por completo un centro. Permitidme hoy que comparta algunos consejos que, en el caso de nuestros centros, nos son de gran ayuda en nuestro día a día:

  • Como punto de partida, plantéate que, en un centro educativo, todo lo que pueda ocurrir, va a ocurrir. Así de sencillo y así de duro. Los últimos tiempos sólo están acelerando esta probabilidad de ocurrencia de eventos a priori altamente improbables (después del temporal “Filomena” ya sólo nos falta sufrir una “invasión zombie” para completar el catálogo de desgracias teóricamente improbables). Problema adicional: nuestra industria es MUY dependiente del factor humano, lo que hace que lograr un riesgo cero es imposible. Asumamos esta realidad como punto de partida. A partir de ahí, ¿cómo gestionar esta situación?: sin duda es muy complejo. En el caso de nuestros centros, uno de los pilares de gestión de riesgos que seguimos es la filosofía del modelo de “lonchas de queso suizo”, tan utilizado en otros sectores como aviación o sanidad. Este modelo plantea un blindaje por fases ante cualquier riesgo contingente: asume que es difícil reducir el riesgo a 0 con una sola medida de contención, pero sí permite lograr que con la superposición de medidas preventivas (“distintas capas de queso suizo”, una encima de otra) se logrará reducir la probabilidad de ocurrencia al actuar todas estas barreras como contención. Como en toda loncha de queso suizo, cada medida de protección “tiene sus agujeros” (o fallos), pero la superposición de medidas hará que si no actúa una barrera sí actuará la otra (“los agujeros de las lonchas no coincidirán los unos con los otros, y no se generará un accidente”).
  • Ligado al punto anterior, aplicar esta metodología requiere tener perfectamente mapeados todos tus procesos y acciones susceptibles de generar situaciones de riesgo: Y cuando digo todos, me refiero a TODOS, desde las más evidentes a las de, a priori, menor relevancia. Esto debe llevarte a una revisión permanente de casuísticas susceptibles de generar situaciones de riesgo por muy pequeña que sea, a una involucración de todo el personal en el proceso, a una adopción inmediata de acciones correctoras… En el caso de nuestros centros, una vez identificadas todas las causas posibles, seguimos una matriz clásica de gestión de riesgos abordados en base a la involucración de absolutamente toda la plantilla (tenemos un proceso por el que bimensualmente informan al responsable de riesgos de pequeños o grandes puntos de conflicto a tratar) en la que ponderamos la probabilidad de ocurrencia de la acción (“si la acción X puede ocurrir con más o menos frecuencia”) y la severidad en las consecuencias (“si las consecuencias de la acción X son de menor o mayor calado”), lo que nos lleva a una segmentación de soluciones basada en estos dos factores. Obviamente, en nuestra casuística de casuísticas nos aplica también Pareto (pocas casuísticas de sucesos generan la gran mayoría de eventos)… pero ¡ay como no tengas también muy bien cubiertos esos riesgos de menor probabilidad de ocurrencia pero alto impacto!
  • Los modelos de excelencia basados en EFQM u análogos son necesarios, pero no suficientes. Todos nos enorgullecemos de nuestros modelos certificados de gestión, pero aquí estamos hablando de casuísticas muy específicas, que requieren una profundización realmente alta en los procesos, y con un potencial de “arrase” de toda tu organización inmensa. Estamos hablando de alergias todavía no detectadas en el niño que hacen que un niño fallezca en 2 minutos, accidentes de consecuencias fatales, casos de bullying online a priori no detectables de forma intuitiva… Y ante eso todavía no he visto un modelo de excelencia que te proteja si no va acompañado de: i) una política exhaustiva, real y efectiva de gestión de riesgos y ii) sobre todas las cosas, un equipo gestor plenamente concienciado.

Bola extra: en un sector en el que el factor humano tiene TANTA importancia (desde en el resultado académico o nivel de satisfacción de la familia hasta, ligado al tema que nos trae hoy, la probabilidad de ocurrencia de desgracias), no puedes (en mi humilde opinión) afrontar la gestión de un centro educativo sin intentar alcanzar una excelencia a nivel de política laboral. A día de hoy, son todavía muchísimos los centros educativos que no tienen desarrollada una política de conciliación laboral y familiar para su equipo, que no cuentan con un marco de crecimiento profesional para sus empleados, que siguen empleando de forma muy común el contrato fijo discontinuo como herramienta laboral base…  Si los accidentes ocurrirán, sí o sí por muchas medidas preventivas que adoptes, imagínate qué no va a pasar si tu docente está más preocupado por ver si el próximo junio se le renueva el contrato un año más que por lo que es en sí su trabajo. Observar cómo evolucionan las cifras macro de empleo de nuestro país tanto a inicios (al alza) como a finales del curso escolar (a la baja) a raíz de movimientos en nuestro sector no hace sino constatar que esta realidad sigue, muy por desgracia, en vigor.

Ignacio Grimá, socio-director de Grupo Alaria 

 

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