Ni santos, ni mediocres

Pzifer fue la primera compañía en anunciar que tenía ya una vacuna segura con un 90% de eficacia. En el día de hoy otro de los grandes farmacéuticos presenta una vacuna con un 94,5% de eficacia. Es decir, un 4,5% más eficaz que la anterior. La primera, necesita guardar una cadena de frío a unos -70% y la segunda puede mantenerse en un frigorífico convencional durante 30 días.

Subió la bolsa en todo el mundo y especialmente las acciones de Pzifer, bajaron los títulos de Zoom. Pero lo más impresionante es que todos los organismos públicos se lanzaron a pre-comprar millones de vacunas sin tener datos de los 20 ensayos más que hay ahora en marcha.

La finalidad de los gigantes farmacéuticos es conseguir un antídoto para esta terrible pandemia: es decir terminar con el coronavirus. Y aunque en esta acción no van a tener rentabilidad directa, sin embargo, los resultados los recogerán en imagen y en confiabilidad en sus medicamentos.

Aterricemos en el sector educación, en los colegios. ¿Cómo se imaginan que podríamos trasladar la carrera farmacéutica a un escenario como son los colegios? ¿Es un indicador de llegar antes en la carrera de un mejor colegio las notas de los alumnos en la selectividad o en los exámenes del Bachillerato Internacional? ¿Tiene impacto como indicador el tener unas instalaciones “sobrenaturales” o ser el primero en implantar los filtros HEPA en las aulas?

En una de mis últimas lecturas sobre liderazgo, “Lecciones de liderazgo creativo” de Robert Iger, CEO de Walt Disney Company, descubrí el concepto japonés de Shokunin: el constante afán de perfección para alcanzar el bien mayor. Y me clarificó mucho pensar que nuestro afán, el de los colegios, es perfeccionar nuestra acción educadora con los alumnos para se conviertan en hombres y mujeres que cambien el mundo a través de la ciencia, las humanidades, la tecnología y la economía y convertirlo en un lugar más sostenible y justo. Tal vez la primera tarea sea la revisión o rediseño del propósito al que estamos entregados como instituciones educativas. De vuelta tendremos la imagen del tablero y dónde está nuestra ficha. Pónganse a ello y me cuentan.

En el día a día el “shokunin” requiere un orgullo por el trabajo que creas e incluso un instinto para alcanzar esa perfección. Por lo que es imprescindible tener también ese olfato ético y estratégico para poder llegar a esa perfección de la que hablamos. Así es necesario que las intenciones,  acciones y operaciones estén dirigidas a ese propósito diseñado.

Pero vale más un gramo de hacer que un kilo de decir. Y cuando tenemos que abordar cambios deberíamos evitar los siguientes comportamientos:

  1. No tengo fuerzas. Subestimar mis posibilidades y esperar poco de uno mismo como directivo aboca al equipo a subestimar sus posibilidades. Hay que esperar mucho de los demás y por lo tanto de uno mismo.
  2. No hay tiempo: el tiempo que hay es el mismo para todos. Ya no hay colegios grandes o pequeños, reputados o menos afamados. Los hay veloces o lentos.
  3. Es caro: más caro es no ser excelente, porque se irán recogiendo errores que irán erosionando y arañando la cuenta de resultados y sí, en términos económicos.
  4. Es una conversación difícil: la tarea de mantener la excelencia o la perfección requiere mantener la tensión por avanzar más y más. Y eso a veces requiere conversaciones difíciles con jefes, iguales o personas del equipo.

La llamada a los líderes educativos no es a ser unos santos, ni tampoco unos mediocres, sino estar en el camino de la perfección, del shokunin.

Jaime Úbeda, director del colegio San Patricio El Soto

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